¿Cómo funciona el sistema inmune? El viaje de una infección

El 2 de octubre de 2026 murió en Siberia Daria Shipilova, de 28 años, técnica del Instituto Antipeste de Irkutsk. Había ingresado tres días antes a un hospital de Shelekhov con una neumonía grave y conectada a un ventilador. Cerca de doscientas personas que habían estado en contacto con ella quedaron en observación y, según medios regionales rusos, varios hospitales entraron en cuarentena preventiva.
Al 16 de octubre, dos semanas después, sigue sin haber una causa oficial. El regulador sanitario ruso, Rospotrebnadzor, la describe como "neumonía de etiología desconocida", afirma que la trabajadora estaba vacunada contra los patógenos con los que trabajaba y dice haber hecho cerca de 5.000 pruebas de laboratorio sin encontrar microorganismos peligrosos. La Organización Mundial de la Salud respondió, por boca de Maria Van Kerkhove, que no sabe qué causó la muerte ni cómo se infectó, y le pidió a Rusia más información.
Que el nombre de la peste apareciera en los titulares bastó para que medio mundo mirara hacia Irkutsk. Detrás del susto hay una pregunta que casi nunca se responde bien, aunque la respuesta sea de las historias más raras que cuenta la biología.
¿Qué hace exactamente tu cuerpo cuando una bacteria así entra en tus pulmones?
Es un relato de unas dos semanas, con reparto de personajes y un giro en la mitad.
Las primeras horas: una guardia que no pregunta nombres
La primera reacción no distingue entre una bacteria y otra. Es rápida, bruta y empieza en minutos.
Las células de esa primera línea, sobre todo neutrófilos y macrófagos, reconocen moléculas que muchísimos microbios comparten y ninguna célula tuya tiene: cierto azúcar en la pared, cierta forma del material genético. Piensa en un guardia que no sabe caras, pero sabe uniformes. No tiene idea de quién es el que entró; sabe que ese uniforme no es de la casa.
Lo que sigue lo has sentido mil veces. Los vasos sanguíneos de la zona se abren y se vuelven porosos para dejar pasar células y líquido. Eso es la inflamación: el calor, el enrojecimiento, la hinchazón y el dolor no son el daño del microbio, son tu propia respuesta instalándose. Los macrófagos, mientras tanto, engullen invasores y los digieren por dentro.
Esta guardia rara vez gana sola contra una bacteria que se multiplica rápido. Lo que hace es contener y, sobre todo, avisar. Mientras pelea, alguien ya salió a buscar refuerzos.
El cartel de «se busca» que viaja al ganglio
Entre esas células hay una con un trabajo distinto: la célula dendrítica. En vez de quedarse peleando, engulle al invasor, lo despedaza y se guarda un fragmento. A ese fragmento se le llama antígeno: el trozo del enemigo que sirve para identificarlo.
Con ese trozo en su superficie, la dendrítica abandona el pulmón y viaja al ganglio linfático más cercano. Los ganglios son estaciones repartidas por el cuerpo y conectadas por conductos que drenan el líquido de los tejidos. Si alguna vez te has tocado un bulto doloroso en el cuello durante una gripe, eso era un ganglio trabajando a toda máquina.
Lo que lleva la dendrítica es, en esencia, un cartel de «se busca». Y aquí viene el detalle que más me gusta de todo el proceso: hasta que ese cartel no llega al ganglio, la defensa específica ni siquiera ha empezado. El cuerpo no puede responder a medida contra algo cuya identidad nadie ha llevado todavía a la oficina.
¿Por qué tu cuerpo ya tenía la llave antes de la infección?
Aquí la intuición falla, y falla de manera espectacular.
Lo natural sería imaginar que el ganglio recibe el cartel, lo estudia y diseña un anticuerpo a la medida del invasor. Es como si un cerrajero mirara la cerradura y limara una llave para ella. No es así. Cuando el cartel llega, la llave ya existe desde hace años, guardada entre millones de llaves inútiles.
Mucho antes de que te infectaras de nada, tu médula ósea estuvo fabricando linfocitos B. Cada uno, al nacer, baraja al azar los segmentos del gen que construye su receptor, el molde del anticuerpo que esa célula sabrá producir. Ese barajado se llama recombinación V(D)J y es una lotería deliberada: hay alrededor de mil combinaciones posibles por cada cadena del anticuerpo, que se multiplican por las de la otra cadena, y además la célula inserta y borra letras al azar en las uniones. El resultado es una variedad enorme.
Cuánto de enorme exactamente, nadie lo sabe: medir el repertorio real de una persona a partir de muestras pequeñas es, como admiten Mora y Walczak, intrínsecamente difícil.
El cerrajero, entonces, no lima nada. Fabricó millones de llaves distintas antes de ver ninguna cerradura, y lo que hace cuando llega el cartel es buscar entre las que ya tiene. La que encaja, aunque encaje regular, es la ganadora: recibe la señal de multiplicarse y empieza a hacer copias de sí misma. A esto se le llama selección clonal, y el principio genético que lo hace posible le valió a Susumu Tonegawa el Nobel de Medicina de 1987.
Si esto te suena a cómo aprende un algoritmo, es porque la lógica es la misma: generar mucha variedad al azar y dejar que la selección decida, en lugar de intentar diseñar la solución correcta de entrada. La naturaleza llegó primero por un margen difícil de exagerar.
El concurso: copiar con errores hasta que el anticuerpo mejora
La llave ganadora encaja, pero casi nunca encaja bien. Lo que pasa después es, para mí, lo más elegante de toda la historia.
Dentro del ganglio se forma una estructura llamada centro germinal. En una infección respiratoria tarda alrededor de siete días en aparecer y unos doce en estar en pleno funcionamiento. Ahí las copias de la célula ganadora se dividen una y otra vez, pero con una trampa: mientras copian el gen de su anticuerpo, lo copian mal a propósito. La tasa de error ronda una mutación por cada mil letras en cada división, del orden de un millón de veces la tasa normal de una célula cualquiera.
Cada copia sale con un anticuerpo ligeramente distinto, y acto seguido compiten: las que se agarran mejor al antígeno reciben señales para sobrevivir y seguir dividiéndose, y las que se agarran peor mueren ahí mismo. Es evolución por selección natural, con sus mutaciones y su criba, ocurriendo dentro de ti y en cuestión de días en lugar de milenios. Es también el mismo truco del azar amplificado por la selección que aparece una y otra vez en biología.
Conviene decir que este cuadro se sigue discutiendo. Un trabajo publicado en Nature en 2025 por el grupo de Merkenschlager propone que esa tasa de error no es fija, como se creía, sino regulada: las células que ya tienen un anticuerpo bueno se dividirían más y mutarían menos. La idea de fondo aguanta; el detalle fino está abierto.
¿Por qué los linfocitos T pasaron por una escuela antes?
Mientras los B hacen esto, los T hacen otra cosa. Unos dirigen la respuesta y dan el permiso que los B necesitan para entrar al concurso; otros matan células propias ya infectadas por dentro, donde ningún anticuerpo las alcanza.
Lo interesante es que esos T pasaron por un filtro muy exigente antes de salir a trabajar, y lo pasaron mucho antes de esta infección. El filtro es el timo, un órgano que está detrás del esternón, trabaja sobre todo durante la infancia y se va encogiendo con los años.
Dentro del timo, cada linfocito T nuevo aprueba un examen de dos partes. ¿Sabe leer las credenciales que llevan todas las células de este cuerpo? Si no las reconoce es inútil, porque nunca podrá inspeccionar nada. ¿Reacciona con demasiada fuerza contra lo propio? Entonces es peligroso, porque atacaría tejido sano.
Solo alrededor del 5 % de las células que empiezan el proceso salen del timo como linfocitos T maduros. El otro 95 % muere ahí dentro, y conviene no romantizarlo: la mayoría no muere por haber resultado peligrosa, sino por no haber recibido nunca la señal de que servía para algo. Qué parte del total corresponde a cada motivo sigue siendo materia de debate entre inmunólogos.
El contraataque, y después la limpieza
Con los T dando permiso y el concurso produciendo anticuerpos cada vez mejores, las células B ganadoras se vuelven fábricas. Se llaman células plasmáticas y hacen una sola cosa, a una velocidad difícil de creer: segregan entre cien y diez mil moléculas de anticuerpo por segundo, cada una.
Los anticuerpos, por sí solos, no matan nada. Lo que hacen es pegarse. Tapan las partes del microbio que usa para engancharse a tus células, lo dejan cubierto de marcas que los macrófagos reconocen al instante y agrupan a los invasores en racimos fáciles de tragar. Es como si en vez de disparar les pegaras chicle: el enemigo queda señalado, pegoteado e inutilizado.
Y luego viene la parte de la que nadie habla: la limpieza. La inflamación tiene que apagarse, porque mantenerla encendida haría más daño que el microbio. Los macrófagos recogen ahora los restos: bacterias muertas, neutrófilos agotados, células propias destruidas. El tejido se repara, la fiebre baja. Ese cansancio raro que queda días después de una infección, cuando ya no tienes síntomas, es en buena parte esto.
Lo que queda al final no es solo un cuerpo limpio. Quedan linfocitos B y T de memoria, descendientes de los ganadores, instalados a esperar. Si el mismo invasor vuelve, el concurso no empieza de cero: la respuesta sale en días en lugar de semanas, y muchas veces ni te enteras de que estuviste infectado. Eso es exactamente lo que busca una vacuna, y por eso una vacuna no es un escudo sino un ensayo general hecho con tiempo.
Entonces, ¿por qué la peste a veces gana?
Porque todo lo que acabas de leer tarda alrededor de una semana, y hay enemigos que no dan una semana. La peste neumónica es el ejemplo extremo. Según la Organización Mundial de la Salud, puede ser mortal entre 18 y 24 horas después del inicio de los síntomas si no se trata. Pon eso al lado del calendario del ganglio, donde el centro germinal todavía está formándose al séptimo día, y se ve el problema: no es que la defensa esté mal diseñada, es que llega tarde a esa carrera concreta. El sistema inmune es magnífico resolviendo problemas que le den tiempo de resolver.
De ahí vienen las dos cosas que sí cambian el desenlace. Los antibióticos, que contra la peste funcionan bien si se dan pronto. Y la vacunación, que es haber corrido el concurso antes, cuando no había prisa. Por eso Rospotrebnadzor insistió tanto en que la trabajadora estaba vacunada: esa frase, si es cierta, dice que su cuerpo ya tenía el ensayo hecho.
Sobre Irkutsk, lo honesto es decir que no sabemos. No hay diagnóstico confirmado, el origen de la infección no se ha establecido, la historia del tubo de ensayo roto no la ha confirmado ninguna autoridad, Rusia desmintió un segundo caso y la OMS sigue pidiendo información. Ninguno de los casi doscientos contactos desarrolló síntomas, que es el dato más tranquilizador de todos. Cuando una noticia viene así de incompleta, vale más leerla con método que con miedo, igual que aprendimos durante la pandemia.
Tonegawa, Milstein y las llaves que nadie patentó
Todo esto se entendió hace poco. Que el cuerpo fabricara el anticuerpo a medida parecía tan obvio que costó décadas aceptar que no era así.
Tres años antes del Nobel de Tonegawa, en 1984, el premio había ido a otra pieza de la misma historia. César Milstein, nacido en Bahía Blanca, Argentina, lo compartió con Georges Köhler y Niels Jerne por una técnica para fabricar anticuerpos monoclonales: tomar una sola de esas células ganadoras y multiplicarla para producir un anticuerpo idéntico, dirigido contra una diana elegida. Hoy esa idea es la base de medicamentos contra cánceres, enfermedades autoinmunes e infecciones.
La técnica nunca se patentó. Milstein la presentó al organismo británico que gestionaba los inventos de su laboratorio y ese organismo decidió no patentarla, una decisión que en el Reino Unido todavía se recuerda como un error costoso. Él, por su parte, repartió sus células con quien se las pidiera y defendió que los avances de la ciencia básica pertenecen al conocimiento público. Creo que esa postura, discutible y todo, dice bastante sobre qué clase de gente estaba detrás del hallazgo.
Y dice algo también sobre la historia completa. Un cuerpo que se defiende lanzando millones de intentos al azar y quedándose con el que sirve se parece mucho a cómo avanza la ciencia. ¿Cuántas llaves inútiles habrá que fabricar para encontrar la que abre?
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