¿Qué es El Niño y por qué el de 2026 podría ser récord?
El 13 de agosto de 2026, la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos (la NOAA) publicó su boletín mensual sobre el Pacífico. Dos números se salieron de lo normal. El primero: hay más de un 90% de probabilidad de que el fenómeno de El Niño que ya está en marcha alcance la categoría "muy fuerte" hacia fin de año. El segundo es el que hizo ruido en todos los servicios meteorológicos de América Latina: un 69% de probabilidad de que, entre octubre y diciembre, este evento supere a todos los que se han medido desde 1950.
Dicho de otra forma: al corte del 13 de agosto, lo más probable es que ninguna persona viva haya visto un El Niño medido como este.
Una semana antes, la ONU había puesto la otra cara de la moneda: según el Programa Mundial de Alimentos, este fenómeno podría empujar a 49 millones de personas adicionales al hambre aguda hacia finales de 2027, muchas de ellas en nuestra región.
La pregunta aparece sola: ¿qué es exactamente El Niño, y cómo puede un pedazo de océano tibio reorganizar el clima de medio planeta?
Vamos a construir la respuesta desde cero. Te prometo que al final los dos números del boletín van a tener sentido, y también vas a entender por qué "récord" no significa "catástrofe garantizada".
Empecemos por el mar: una tina inclinada
Lo primero que hay que saber es que el océano Pacífico ecuatorial no está quieto ni parejo. Sobre él soplan de forma casi permanente los vientos alisios, que van de América hacia Asia.
Haz este experimento mental. Sopla de manera sostenida sobre una taza de sopa caliente. La capa de superficie, la más caliente, se corre hacia el borde contrario. Eso mismo hacen los alisios con el Pacífico, pero a escala de 15.000 kilómetros: durante décadas empujan el agua superficial cálida hacia el lado de Indonesia y Australia. Tanto la empujan que el nivel del mar en el oeste del Pacífico queda medio metro más alto que frente a Sudamérica. El océano es, literalmente, una tina inclinada.
¿Y qué queda de nuestro lado, frente a Perú y Ecuador? Aquí viene la parte que alimenta a millones.
El agua fría es la despensa
Cuando el viento se lleva el agua caliente de la superficie, algo tiene que subir a reemplazarla. Y lo que sube es agua profunda: fría y cargada de nutrientes. Es el mismo principio que cuando revuelves una limonada que lleva rato servida: el azúcar asentado en el fondo vuelve a circular.
Ese ascenso de agua fría (los oceanógrafos lo llaman afloramiento) es el motor de la corriente de Humboldt y la razón de que el mar peruano sea uno de los más productivos del mundo. Con nutrientes hay plancton, con plancton hay anchoveta, y la pesquería de anchoveta del Perú es una de las más grandes del planeta.
Los pescadores del norte peruano conocían este equilibrio mucho antes que la ciencia. También conocían su excepción: algunos años, hacia diciembre, el mar amanecía tibio y los peces de siempre desaparecían. Como la tibieza llegaba cerca de la Navidad, la llamaron la corriente del Niño, por el Niño Jesús. El marino peruano Camilo Carrillo dejó el nombre por escrito en 1892. El fenómeno climático más influyente del planeta se llama así por la observación paciente de gente que salía a pescar.
¿Qué pasa cuando el viento se cansa?
El Niño es, en esencia, esto: los vientos alisios se debilitan. Deja de soplar sobre la sopa y la capa caliente que estaba arrinconada regresa y se reparte. Toda esa agua cálida acumulada en el oeste del Pacífico se devuelve hacia el este y se estaciona frente a las costas de Sudamérica.
Con el agua caliente encima, el afloramiento se apaga: la capa tibia funciona como una tapa que impide subir al agua fría y a sus nutrientes. La despensa se cierra.
Y aquí el sistema tiene una trampa elegante: el viento y el agua se empujan mutuamente. Los alisios existen, en parte, porque el oeste del Pacífico es más cálido que el este; cuando el agua caliente avanza hacia el este, esa diferencia se reduce y los alisios se debilitan todavía más, lo que deja pasar más agua caliente. Es un ciclo que se retroalimenta, como un micrófono que se acerca al parlante: un chillido pequeño se amplifica solo. Por eso El Niño, una vez arranca, tiende a crecer durante meses en lugar de disiparse.
¿Y por qué eso cambia las lluvias en medio continente?
Porque la lluvia tropical persigue al agua caliente. Sobre el mar más cálido el aire sube con fuerza, forma nubes de tormenta y descarga. Cuando la piscina de agua caliente se muda del oeste del Pacífico hacia el este, las fábricas de lluvia se mudan con ella.
Piensa en la atmósfera como en una sala alfombrada de pared a pared: no puedes levantar la alfombra en una esquina sin que se formen arrugas al otro lado de la sala. Mover esas fábricas de lluvia (los meteorólogos lo llaman convección) miles de kilómetros arruga los patrones de viento de todo el planeta.
En América Latina esas arrugas tienen un patrón conocido. La costa de Ecuador y Perú, de repente con mar caliente al frente, recibe lluvias torrenciales donde casi nunca llueve. El norte de Suramérica (Colombia, Venezuela) y Centroamérica quedan del lado seco, igual que el este peruano y boliviano. Y el sureste del continente (Argentina, Uruguay, sur de Brasil) suele recibir más lluvia de la normal, que a veces trae inundaciones y a veces salva cosechas.
Las consecuencias son muy concretas. Colombia genera cerca del 70% de su electricidad con agua embalsada: menos lluvia significa tarifas presionadas al alza. En el episodio de 2023-24, el Canal de Panamá tuvo que recortar los tránsitos diarios de unos 40 buques a 29 por falta de agua dulce. Y el evento de 1997-98, uno de los más potentes registrados, dejó inundaciones devastadoras en Perú y un brote de cólera, además de matar cerca del 16% de los arrecifes de coral del mundo.
El giro: El Niño no es el clima fallando
Aquí va la idea que a mí me reordenó la cabeza cuando estudié este tema.
El Niño no es una avería del sistema climático: es el sistema funcionando. Es el mecanismo natural con el que el Pacífico suelta, cada cierto número de años, el calor que estuvo acumulando bajo la superficie. Un péndulo que oscila desde mucho antes de que existiera la civilización. Los sedimentos y los corales guardan huellas de El Niño de hace miles de años.
Entonces, ¿por qué tanto alarma con el de 2026? Por el escenario, no por el actor. Este péndulo natural está oscilando sobre un océano de fondo más caliente que el de 1997 o el de 1982, con más gente viviendo en las zonas expuestas y con cadenas de suministro globales que convierten una sequía local en precios altos en todas partes.
De hecho, el calentamiento del océano obligó a cambiar la vara de medir. Desde febrero de 2026 la NOAA usa un índice nuevo, el RONI, que compara el calor del Pacífico central contra el promedio de todos los trópicos, en lugar de contra un pasado fijo. Es como medir la fiebre de un paciente en un cuarto que se calienta año tras año: si el termómetro del cuarto sube solo, necesitas restar esa subida para saber cuánta fiebre es de verdad del paciente. Con la vara vieja, varios El Niño recientes parecían más fuertes de lo que eran. Con la nueva, este de 2026 destaca incluso descontando el calentamiento global. Eso es lo que lo hace serio.
¿Es seguro que será el más fuerte de la historia?
No. Y conviene decirlo con todas las letras, porque en mi opinión el titular del récord importa menos que el calendario que nos regala.
Un 69% de probabilidad deja casi una posibilidad entre tres de que el récord no llegue. Los pronósticos de El Niño son probabilidad, no profecía, el mismo tipo de razonamiento estadístico del que hablamos cuando exploramos cómo funcionan los algoritmos de inteligencia artificial: patrones que vuelven lo incierto manejable, no adivinación.
Hay más honestidad pendiente. La ciencia todavía no sabe si el cambio climático hace los El Niño más fuertes o más frecuentes; los modelos discrepan y es un debate abierto. Y un océano récord no garantiza impactos récord: el evento de 2015-16 fue comparable al de 1997-98 en el mar, pero sus efectos en Perú fueron bastante menores. La intensidad se mide en el agua; el daño se decide en tierra, y depende de cuánta preparación encuentre. Algo parecido aprendimos con la pandemia de Covid-19, el mismo virus golpea distinto según el sistema que lo recibe.
Qué puedes hacer tú, hoy
No puedes frenar el Pacífico, pero sí puedes usar los meses de ventaja que da el pronóstico. El pico se espera entre septiembre y diciembre de 2026, con efectos que seguirán durante 2027.
- Si vives en Colombia, Venezuela o Centroamérica: el escenario probable es seco. Cuidar el agua y la energía desde ya no es paranoia, es aritmética de embalses.
- Si vives en la costa de Ecuador o Perú: el riesgo es el contrario, lluvias intensas. Techos, canaletas y drenajes se revisan antes de diciembre, no después.
- Si vives en Argentina, Uruguay o el sur de Brasil: más lluvia puede ser buena noticia agrícola, pero sigue los avisos de crecidas de tu servicio meteorológico.
- En todos los casos: las cifras de este artículo tienen fecha de corte del 13 de agosto de 2026. Los boletines se actualizan cada mes; la fuente confiable es el servicio meteorológico de tu país, no las cadenas de WhatsApp.
Para cerrar: gente mirando el mar
Confieso que me gusta pensar esta historia como una que empieza y termina igual: con gente mirando el mar.
Empezó con pescadores de Piura y Tumbes que, sin satélites ni boyas, detectaron el patrón y le pusieron nombre. Y sigue hoy con miles de personas que convierten el pronóstico en tiempo ganado: los técnicos que mantienen las boyas del Pacífico, los meteorólogos de cada país que traducen índices a avisos locales, y los equipos de acción anticipatoria del Programa Mundial de Alimentos, que desde mayo de 2026 ya trabajan en Guatemala y El Salvador, entre otros países, entregando ayuda antes del golpe. Su cuenta es simple: cada dólar invertido antes del desastre ahorra entre tres y siete después.
Esa es la diferencia entre 1892 y 2026. El fenómeno es el mismo péndulo de siempre; lo que cambió es que ahora lo vemos venir con meses de anticipación. El récord, si llega, no está en nuestras manos. Lo que hacemos con el aviso, sí. De eso se trata la resiliencia: no evitar el viento, sino llegar doblados a tiempo, como el junco.
¿Ya sabes qué escenario le toca a tu región? Cuéntame en los comentarios cómo se está preparando tu país, y comparte este artículo con alguien que todavía crea que El Niño es "un invento de los noticieros".
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