¿Qué es una estrella de agujero negro? El hallazgo del James Webb

El 12 de agosto de 2026 la revista Nature publicó el retrato de un objeto que no encaja en ninguna categoría conocida. Se llama MoM-BH*-1, lo vio el telescopio James Webb y existió unos 660 millones de años después del Big Bang, cuando el universo tenía menos del 5 % de su edad actual. Tiene el tamaño de nuestro sistema solar. Brilla 100.000 millones de veces más de lo que cualquier estrella puede brillar. Y, según el equipo que lo estudió, en su centro hay un agujero negro de unas 100.000 masas solares.
No es un caso aislado. Desde 2024 el Webb ha encontrado cientos de "pequeños puntos rojos" en casi todas sus imágenes profundas: objetos compactos, rojísimos, que abundan en el universo joven y desaparecen casi por completo en el universo de hoy. Nadie sabía qué eran. El nuevo objeto es el mejor candidato para explicarlos, y el telescopio Nancy Grace Roman, que despegó el 30 de agosto, tiene entre sus primeras tareas contarlos.
Los astrónomos le pusieron un nombre nuevo: estrella de agujero negro. Suena a contradicción. Un agujero negro es lo que no deja escapar la luz; una estrella es lo que la produce. Así que la pregunta de hoy es: ¿qué es una estrella de agujero negro, y por qué cambiaría lo que creíamos sobre los primeros agujeros negros del universo?
¿Cómo puede brillar un agujero negro?
Un agujero negro no brilla. Brilla lo que cae en él. La diferencia parece menor y es todo el artículo.
Imagina el desagüe de un lavamanos lleno. El agua no cae en línea recta: gira, forma un remolino, y cuanto más cerca del hueco, más rápido da vueltas. Alrededor de un agujero negro pasa lo mismo con el gas, pero a velocidades cercanas a la de la luz. Las capas de gas rozan unas con otras, y ese roce las calienta hasta millones de grados. A ese remolino caliente se le llama disco de acreción, y es una de las fuentes de luz más potentes del universo. Los cuásares, esos faros que vemos a miles de millones de años luz, son exactamente eso: un agujero negro comiendo con un plato brillante alrededor.
Ya conté en el episodio sobre Isaac Newton que la gravedad es la misma fuerza para una manzana y para la Luna. Aquí es la misma fuerza para el lavamanos y para un monstruo de cien mil soles. Solo cambia la escala.
¿Por qué los primeros agujeros negros eran "demasiado grandes"?
Porque comer tiene un límite de velocidad, y los agujeros negros más antiguos parecían haberlo violado.
El límite lo calculó Arthur Eddington hace un siglo y funciona así. Cuanto más gas cae, más brilla el disco. Pero la luz empuja: es un empujón pequeño, aunque cuando hay mucha luz se vuelve enorme. Es como poner la mano frente a un secador de pelo con una hoja de papel: si el aire sale con suficiente fuerza, la hoja no llega a tu mano. Con un agujero negro, la luz del disco hace de secador y el gas que intenta caer hace de papel. Llega un punto en que la comida sale despedida por el brillo de la comida anterior.
A ese punto se le llama límite de Eddington.
Con esa dieta máxima, un agujero negro que nace del colapso de una estrella, con unas decenas de masas solares, necesita más de mil millones de años para llegar a mil millones de masas solares. El problema es que el Webb y otros telescopios ven cuásares con esa masa cuando el universo tenía menos de mil millones de años. No da el tiempo. O nacieron gigantes, por el colapso directo de nubes enormes de gas, o comieron más rápido de lo que Eddington permite, o algo estamos midiendo mal.
¿Qué son los pequeños puntos rojos que encontró el Webb?
Son cientos de manchas diminutas y muy rojas que aparecieron en las primeras imágenes profundas del Webb, en 2024, y que existen sobre todo entre 600 y 1.500 millones de años después del Big Bang. La primera explicación fue la obvia: polvo. El polvo cósmico enrojece la luz igual que el humo de un incendio enrojece el sol de la tarde.
Pero un objeto rompió esa explicación. En julio de 2024, el equipo de Anna de Graaff, del Instituto Max Planck de Astronomía, encontró uno al que llamaron The Cliff, el acantilado, a unos 11.900 millones de años luz. Su luz caía de golpe en una longitud de onda concreta, con un escalón el doble de profundo del que cualquier modelo de estrellas puede producir. Ese escalón tiene nombre, salto de Balmer, y ocurre cuando una capa de hidrógeno absorbe la luz más azul que un cierto umbral. Imagina un vidrio ahumado que deja pasar el rojo y bloquea el azul: cuanto más grueso el vidrio, más profundo el escalón.
El acantilado exigía un vidrio de hidrógeno absurdamente grueso. No polvo: gas, y muchísimo.
Y aquí es donde entra MoM-BH*-1, con el salto de Balmer más profundo jamás medido, casi tres veces más marcado que el de una estrella normal como Vega. El nombre del sondeo que lo encontró lo dice todo: Mirage or Miracle, espejismo o milagro.
¿Y si el agujero negro se viste de estrella?
Esa es la idea. Una estrella de agujero negro es un agujero negro joven que come tan rápido que el gas a su alrededor no forma un disco delgado, sino un capullo grueso, del tamaño de un sistema solar. El capullo es tan denso que la luz del centro no puede atravesarlo directamente: rebota, se calienta, se enrojece y sale por fuera como sale la luz de la superficie del Sol. Desde lejos parece una estrella. Por dentro no hay fusión nuclear: hay gravedad. Es la analogía del artículo que más me gusta: una bombilla dentro de un frasco lleno de niebla. No ves el filamento, ves el frasco brillar.
Y ahora viene el giro, que para mí es lo más importante de esta historia.
Los agujeros negros primitivos "demasiado grandes" podrían ser un error de báscula. La masa de un agujero negro lejano se estima por lo ancho de sus líneas de luz: cuanto más rápido gira el gas, más anchas, y cuanto más rápido gira, más masa hay en el centro. Pero si hay un capullo de gas denso, las líneas se ensanchan por otra razón: los fotones chocan con electrones dentro de la niebla, como una bola de billar que se desvía mil veces antes de salir. Un artículo en Nature de enero de este año, del equipo de Vadim Rusakov en Copenhague, hizo esa cuenta con los mejores espectros del Webb y concluyó que las masas de los puntos rojos podrían estar sobreestimadas en dos órdenes de magnitud: no millones de soles, sino cientos de miles.
Y un capullo tan denso permite, además, comer por encima del límite de Eddington, porque atrapa la luz que debería empujar el gas hacia fuera.
Si eso es cierto, los monstruos no eran monstruos. Eran bebés bien alimentados, en una fase de la vida de los agujeros negros que dura poco y que hoy ya no existe en ninguna parte. Por eso los puntos rojos desaparecen: no se apagan, crecen y cambian de traje.
¿Es real o es un espejismo?
La respuesta honesta es que todavía no se sabe, y el propio equipo lo dice en el artículo: "nuestra imagen de este objeto está evolucionando muy rápido".
Hay tres dudas abiertas. La primera es trivial y por eso peligrosa: una estrella fría y cercana, una enana marrón de nuestra propia galaxia, puede imitar el espectro de un objeto a 13.000 millones de años luz. De ahí el "espejismo" del nombre. La segunda es de modelo: el Instituto Max Planck, donde trabaja de Graaff, publicó este año una nota titulada, literalmente, "¿Son reales las estrellas de agujero negro?", y la respuesta es que la existencia del objeto sigue sin probarse.
La tercera es la más interesante: Kohei Inayoshi y Luis Ho, en una revisión crítica de diciembre de 2025, concluyen que la acreción sobre un agujero negro es la explicación "plausible" para los puntos rojos y que un origen puramente estelar es "improbable", pero admiten que nadie explica todavía por qué el gas coexiste con las señales que vemos.
Lo que sí hay son más ejemplos. En junio de 2026, el equipo de Vasily Kokorev, de la Universidad de Texas en Austin, publicó el espectro de otro punto rojo, GLIMPSE-17775, amplificado por un cúmulo de galaxias que hace de lupa gravitacional: 30 horas de Webb que valen por 80, más de 40 líneas espectrales y 16 de hierro, un "bosque de hierro". Su frase fue: "Todo encaja, nada está roto". Y el Roman, con un campo de visión cien veces más ancho que el del Hubble, va a medir si los puntos rojos de verdad desaparecen con el tiempo o si simplemente no los habíamos buscado.
Escribí sobre el cometa 3I/ATLAS que la astronomía avanza a base de objetos que no encajan. Este es otro. Y en mi opinión, la señal más sana de esta historia es que los descubridores le pusieron "espejismo" en el nombre a su propio sondeo.
Qué puedes hacer tú, hoy
- Cuando leas "objeto nuevo" o "rompe la física", busca la palabra "candidato". En el artículo original está. En el titular, casi nunca.
- Pregunta cómo se midió la masa. Si la respuesta es "por el ancho de las líneas", ya sabes que un capullo de gas puede engañar a la báscula.
- Mira las imágenes tú mismo. Las del Webb son públicas en webbtelescope.org; los puntos rojos son visibles a simple vista en los campos profundos.
- Aplica el método en cuatro pasos para detectar noticias de ciencia falsas. Esta noticia es verdadera, pero sus titulares no siempre.
Los que le pusieron "espejismo" a su propio descubrimiento
Rohan Naidu, becario Hubble de la NASA en el MIT, lleva desde marzo de 2025 defendiendo un objeto que él mismo bautizó con la duda incorporada, y se tomó 17 meses de revisión antes de que Nature lo publicara. Anna de Graaff encontró el acantilado que rompió la explicación cómoda y, en lugar de declarar la victoria, dejó que su propio instituto preguntara en público si su objeto existe. Vasily Kokorev se sentó 30 horas frente al Webb para escuchar el bosque de hierro de un punto rojo, y ahora apunta el Roman a contarlos todos. Y en la lista de autores del artículo de Nature hay una estudiante de pregrado del MIT, Wendy Sun, de la promoción de 2026.
Esas son las historias de gigantes de esta semana: gente que mira a 13.000 millones de años luz y escribe "espejismo o milagro" en la portada, porque todavía no sabe cuál de los dos es.
¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que le pusiste "espejismo" a algo que te moría de ganas de creer?
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1 comentarios
Olga
Muy motivador leer este Blog. La claridad produce tranquilidad.