¿Cómo se sabe si alguien murió envenenado hace 200 años?

Esta pregunta me la hizo OlgaLú desde el formulario del blog. Quería saber cómo se hacen «autopsias químicas a grandes personajes». Es una pregunta mejor de lo que parece, porque esconde una trampa en la que es muy fácil caer, incluso para los científicos.
Napoleón Bonaparte murió el 5 de mayo de 1821 en Santa Elena, una isla perdida en el Atlántico sur, donde los británicos lo tenían preso. Al día siguiente, su médico le hizo la autopsia delante de los médicos ingleses: cáncer de estómago. Caso cerrado, durante 140 años.
En 1961, un dentista sueco, Sten Forshufvud, y un químico de la Universidad de Glasgow, Hamilton Smith, publicaron en la revista Nature que el pelo de Napoleón tenía muchísimo arsénico, el veneno clásico de la época. La idea de que lo habían asesinado se volvió famosísima, y todavía circula por internet como si fuera un hecho. Cuarenta y siete años después, unos físicos italianos repitieron la medición con la misma técnica y llegaron a la conclusión contraria.
Las dos mediciones eran correctas. Lo que cambió fue otra cosa, y para entenderla hay que responder la pregunta de OlgaLú desde el principio:
¿Cómo se sabe si alguien murió envenenado hace 200 años?
¿Por qué el arsénico era el veneno perfecto?
Durante siglos, el arsénico fue el veneno ideal porque no se podía detectar. El trióxido de arsénico es un polvo blanco que casi no sabe a nada y se disuelve en la comida. Sus síntomas, vómitos, diarrea, debilidad, se parecían a los de enfermedades comunes de la época, como el cólera. En Francia lo llamaban «polvo de sucesión», porque apuraba las herencias.
Eso cambió en 1836, cuando el químico británico James Marsh inventó una prueba ingeniosa. Si el arsénico está en una muestra, una reacción química lo convierte en un gas, la arsina. Al calentar ese gas y pasarlo cerca de una superficie fría de porcelana, deja una mancha metálica brillante, como el vaho de tu respiración en una cuchara fría, pero de metal. Si hay espejo, hay arsénico.
Cuatro años después, en 1840, la prueba de Marsh llegó a un tribunal en Tulle, Francia. Marie Lafarge estaba acusada de envenenar a su esposo. Tras análisis contradictorios, el famoso toxicólogo Mathieu Orfila repitió la prueba en el cuerpo exhumado y encontró arsénico. Lafarge fue condenada. Fue uno de los primeros juicios en que la química decidió un caso de asesinato.
Pero la prueba de Marsh necesitaba tejido. Con un muerto de hace dos siglos, a veces lo único que queda es un mechón de pelo guardado como recuerdo.
¿Qué guarda un pelo?
Un pelo es un diario. Mientras crece, la raíz toma de la sangre lo que circula por ella, incluidos los metales como el arsénico o el plomo, y lo deja atrapado en la fibra. Lo que entra en la sangre aparece en el pelo una o dos semanas después y ya no se va.
El pelo de la cabeza crece más o menos un centímetro al mes, según la agencia de salud ambiental de Estados Unidos (ATSDR). Así que si cortas un cabello en trozos de un centímetro, cada trozo es un mes de vida. El más cercano a la raíz es el último mes; el de la punta, el más antiguo. Piensa en los anillos de un árbol, pero estirados en línea recta.
Eso permite algo que una autopsia no puede: ver cuándo entró el veneno. Una sola dosis grande deja un pico en un punto del cabello. Muchas dosis pequeñas dejan varios picos. Una exposición constante, por ejemplo por vivir rodeado de algo tóxico, deja un nivel alto pero parejo de punta a raíz.
El problema es medir cantidades minúsculas en un cabello que pesa unos miligramos, sin destruirlo. Ahí entra la física nuclear.
¿Cómo se lee un pelo en un reactor nuclear?
Con una técnica que se llama activación neutrónica. Se mete el cabello dentro de un reactor nuclear de investigación, donde hay muchísimos neutrones, las partículas sin carga que forman el núcleo de los átomos junto con los protones. Algunos átomos de arsénico del cabello atrapan un neutrón y se vuelven radiactivos: el arsénico normal (arsénico-75) se convierte en arsénico-76.
El arsénico-76 no dura: la mitad desaparece en unas 26 horas. Al desintegrarse, suelta rayos gamma con una energía muy concreta, 559 kiloelectronvoltios, que funciona como su huella. Es como una campana que siempre da la misma nota (con el cuidado de que otros elementos, como el bromo, tienen notas muy cercanas y hay que separarlas). Pones un detector al lado del cabello, escuchas cuántas veces suena esa nota y sabes cuánto arsénico había.
Lo bonito es que funciona con muestras diminutas y no las destruye. Para un mechón histórico, que es casi una reliquia, eso es oro.
Esa fue la técnica que usaron en 1961 Forshufvud y Smith, con el bombardeo de neutrones hecho en el centro de energía atómica de Harwell, en Inglaterra. Encontraron arsénico alto y con picos, y concluyeron que Napoleón había recibido dosis repetidas. La historia del emperador envenenado nació en un reactor nuclear.
Y en 2008, otro reactor nuclear la desmontó.
¿Por qué el mismo análisis dio dos respuestas?
En 2008, un equipo dirigido por el físico Ettore Fiorini, de la Universidad de Milán-Bicocca y del Instituto Nacional de Física Nuclear de Italia, metió en el reactor de la Universidad de Pavía cabellos de Napoleón de cuatro momentos: de niño en Córcega, de su exilio en la isla de Elba en 1814, del día de su muerte y del día siguiente. Y midieron, en el mismo laboratorio, el pelo de su hijo, el de su primera esposa, Josefina, y el de diez personas vivas. Esa comparación lo cambió todo.
El resultado fue claro. Todo el pelo de hace 200 años tenía unas 100 veces más arsénico que el de las personas de hoy, alrededor de 10 partes por millón. Y el Napoleón niño tenía tanto como el Napoleón moribundo. No había un pico al final de su vida. Su hijo y Josefina también estaban cargados.
El veneno no era un asesino: era la época.
A comienzos del siglo XIX, el arsénico estaba en todas partes. Se usaba en medicinas, en tintes y en el famoso verde de Scheele, un pigmento con arsénico que coloreaba papeles de colgadura, telas y hasta juguetes. En 1980, el químico David Jones habló de esto en la radio de la BBC y una oyente le escribió: tenía en un álbum familiar un trozo del papel tapiz de la casa de Napoleón en Santa Elena. Se analizó en la Universidad de Glasgow con rayos X, sin destruirlo, y tenía arsénico: unos 0,12 gramos por metro cuadrado. Suficiente para enfermar a alguien, según Jones, pero probablemente no para matarlo.
Aquí va lo que me parece la lección más importante, y es de físico. En física de partículas, antes de anunciar que viste algo nuevo, tienes que medir el fondo: todo lo que tu detector registraría aunque lo nuevo no existiera. Una señal solo vale si sobresale del fondo. El análisis de 1961 midió bien la señal, pero el fondo de la época era altísimo. Comparar el pelo de Napoleón con el de la gente de hoy, y no con el de la gente de su tiempo, es como oír un grito en un estadio lleno y concluir que alguien está en peligro.
La autopsia de 1821, por cierto, sigue en pie. En 2007, un equipo de patólogos comparó sus descripciones con 135 casos modernos y concluyó que Napoleón tenía un cáncer de estómago avanzado.
¿Qué dicen las pruebas sobre Bolívar, Neruda y Beethoven?
La química dice qué había en un cuerpo. No dice quién lo puso ni si eso fue lo que mató, y no sirve para confirmar ni para desmentir rumores: mide. Tres casos famosos muestran tres problemas científicos distintos que cualquier análisis serio tiene que resolver.
El problema de la exposición: Simón Bolívar. Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta. En julio de 2010, el gobierno venezolano ordenó exhumarlo para estudiar sus restos y la causa de su muerte. En julio de 2011, la comisión científica confirmó que los restos eran suyos, pero no pudo establecer con certeza la causa de muerte. Según la patóloga Yanoacelis Cruz, citada en la prensa, tenía una enfermedad respiratoria agravada por arsénico, que era un componente común de los medicamentos de la época. Es el caso de Napoleón otra vez: encontrar arsénico en alguien de 1830 no indica un crimen, porque los propios médicos lo recetaban. La tuberculosis sigue siendo la causa mejor documentada por los boletines de su médico.
El problema del origen: Pablo Neruda. Neruda murió el 23 de septiembre de 1973 en Santiago; el certificado decía cáncer de próstata. La justicia chilena investiga desde 2011 si fue envenenado. En 2017 se encontró en uno de sus molares la bacteria Clostridium botulinum, que produce una de las toxinas más potentes que existen. La pregunta científica es difícil: una bacteria hallada en un diente enterrado durante décadas puede venir del cuerpo, del suelo o de una contaminación. Un panel de expertos de Canadá, Dinamarca y Estados Unidos estudió justamente eso y entregó su informe en febrero de 2023. Según una de las investigadoras, Debi Poinar, la bacteria estaba en su sangre cuando murió, pero eso no dice por sí solo cómo llegó ahí. A septiembre de 2026, la ministra Paola Plaza, jueza a cargo del caso, seguía consultando a laboratorios y peritos, sin una resolución final. Mientras no la haya, cualquier titular que diga «confirmado» va más rápido que la ciencia.
El problema de la muestra: Ludwig van Beethoven. Aquí la lección es anterior a cualquier medición: hay que saber de quién es el pelo. En 2023, un estudio genético en la revista Current Biology descubrió que uno de los mechones más famosos atribuidos a Beethoven, sobre el que se habían hecho análisis de plomo, era de otra persona, una mujer. En 2024, un estudio en la revista Clinical Chemistry midió en dos mechones auténticos entre 64 y 95 veces más plomo de lo esperado, además de arsénico y mercurio. Probablemente venía del vino endulzado con plomo, de la comida y de los tratamientos médicos. Según los autores, no basta para explicar su muerte, pero sí pudo contribuir a sus problemas de salud y de audición.
En mi opinión, estos tres casos dicen lo mismo que Napoleón: la medición es la parte fácil. Lo difícil es saber de quién es la muestra, de dónde vino lo que encontraste, con qué compararlo y qué preguntas puede responder.
Qué puedes hacer tú con esto
- Pregunta siempre «¿comparado con qué?». Cuando una noticia diga que encontraron «niveles altos» de algo, busca el grupo de comparación. Si no lo hay, la cifra no dice nada.
- Distingue exposición de causa. Que algo esté en un cuerpo no significa que lo haya matado. Bolívar y Beethoven tenían metales; eso no responde por sí solo cómo murieron.
- Pregunta de dónde salió la muestra. Antes de creer un análisis histórico, pregunta cómo se comprobó que el pelo o el hueso son de esa persona. Beethoven enseña que no es un detalle.
- Desconfía del pico único. Un mechón tiene fecha: un buen análisis te dice cuándo entró algo, no solo cuánto.
- Mira la historia de los objetos. El verde de Scheele estaba en paredes y juguetes. Si te gusta este tipo de historias, te va a gustar también cómo funciona un reloj nuclear, otro uso pacífico de los núcleos atómicos, y por qué cinco sigmas es la vara con la que los físicos separan una señal real del fondo.
OlgaLú, Fiorini y la gente que vuelve a medir
Ettore Fiorini se dedicó buena parte de su carrera a medir cosas casi imposibles, como señales diminutas de neutrinos. La historia del emperador asesinado vende mucho más. Su equipo volvió a medir, esta vez con el fondo, y publicó la respuesta aburrida: probablemente fue una muerte natural.
Para mí, eso es lo más valioso de la ciencia: alguien que vuelve sobre una medición famosa y se pregunta si se hizo bien. La medición de 1961 era buena; lo que le faltaba era el fondo, y en 2008 Fiorini lo midió. Así es como avanza: no con rumores que se repiten, sino con alguien que vuelve a medir.
Y todo esto empezó, en este blog, con la curiosidad de una lectora. Gracias, OlgaLú. ¿Qué otro personaje histórico te gustaría que «analizáramos» la próxima vez?
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Pregúntame lo que quieras de ciencia, o propón un tema. Las mejores preguntas se vuelven entradas del blog.
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1 comentarios
atrex
Lo curioso respecto al uso medicinal del trioxido de arsénico hoy en día es para el tratamiento final contra cierto tipo de leucemias y su origen dicen se remonta a china imperial , más luego estudiado y perfeccionado en este milenio .