¿Cómo seguimos oyendo a la Voyager 1 a un día luz de la Tierra?

Una gran antena parabólica blanca de radiotelescopio en una ladera seca a la hora azul, apuntando a un cielo oscuro, y en primer plano una mesa de madera con una linterna metálica, unos audífonos, un cuaderno y una lámpara encendida
Imagen generada con IA

El 18 de noviembre de 2026, a las 06:16 en tiempo universal, la sonda Voyager 1 de la NASA estará a unos 25.900 millones de kilómetros de la Tierra. En Bogotá será la 1:16 de la madrugada; en Ciudad de México, las 00:16. A esa distancia, una señal de radio tarda un día en llegar. Ningún otro objeto fabricado por personas ha llegado tan lejos.

La Voyager 1 despegó el 5 de septiembre de 1977. Pasó por Júpiter y Saturno, salió en 2012 de la burbuja que forma el viento del Sol y hoy viaja a 61.155 kilómetros por hora, según el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA. Va tan rápido que el Sol ya no la puede retener: a diferencia de los satélites en órbita baja, que el aire acaba frenando hasta que caen, no va a volver. Habla con la Tierra mediante un radio de unos 20 vatios, más o menos lo que consume el bombillo de una nevera.

El 18 y el 19 de octubre, las antenas de la NASA la buscaron dos veces y no oyeron nada. El 20 volvió a aparecer. Un grupo de propulsores se había apagado y la nave había pasado sola a los de repuesto.

¿Cómo se oye, desde la Tierra, un aparato de 20 vatios que está a un día luz?

¿Qué es un día luz?

Un día luz es una distancia, no un tiempo: lo que recorre la luz en un día, unos 25.900 millones de kilómetros.

Lo hacemos todo el tiempo sin pensarlo. Cuando dices que la tienda queda «a diez minutos», estás midiendo una distancia con un reloj. Eso funciona si todos caminamos a la misma velocidad, y ahí la analogía cojea: la gente camina distinto. La luz, en el vacío, no. Siempre va a 299.792 kilómetros por segundo, y por eso sirve de regla.

Con esa regla, la Luna está a poco más de un segundo luz. El Sol, a unos 8 minutos y 20 segundos. Por eso, cuando miras lejos, ves el pasado: la luz de las estrellas lleva años en camino. Con la Voyager pasa lo mismo. Lo que oigamos de ella el 18 de noviembre lo transmitió el 17.

La luz recorre en un día lo que a la Voyager le costó 49 años. A la velocidad actual de la sonda, la luz es unas 17.650 veces más rápida. Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, está a 4,2 años luz: a la Voyager le tomaría unos 75.000 años recorrer esa distancia, aunque no va en esa dirección.

La Voyager siempre se aleja del Sol, pero la Tierra le da vueltas al Sol a unos 30 kilómetros por segundo, casi el doble de lo que avanza la sonda. Durante unos tres meses de cada año, la Tierra corre hacia ella más rápido de lo que ella se aleja, y la distancia entre las dos se acorta. Según mi cálculo, eso pasará entre finales de enero y finales de abril de 2027, pero sin volver por debajo del día luz.

¿Qué tan débil llega la señal de la Voyager?

Hice la cuenta: a una antena de 70 metros llegan unas tres décimas de una trillonésima de vatio. Escrito con ceros: 0,0000000000000000003 vatios.

La culpa es de la distancia. Piensa en un aspersor de jardín. Si te paras cerca, te empapa. Lejos, el mismo chorro se reparte sobre un círculo enorme y apenas te caen unas gotas. Con las ondas de radio pasa igual: al doble de distancia, la misma potencia se reparte sobre cuatro veces más área. Si la distancia se multiplica por mil, la señal se divide entre un millón.

La Voyager se ayuda con una antena parabólica de 3,7 metros, que concentra el chorro como el reflector de una linterna. Aun así, a esta distancia el haz se abre tanto que es casi tan ancho como la órbita de la Tierra: unos 270 millones de kilómetros, según mi cálculo. A nosotros nos toca una tajada diminuta.

¿Cuánta energía es eso? Para levantar un grano de arroz un milímetro, habría que juntar la señal de la Voyager durante unos 25.000 años.

¿Por qué no se pierde entre el ruido?

Porque las antenas escuchan en una frecuencia conocida, con receptores enfriados casi al cero absoluto.

Todo lo que tiene temperatura emite ondas de radio: el suelo, el aire, los cables, el propio receptor. Ese murmullo de fondo se llama ruido térmico, y tapa las señales débiles. Un susurro se pierde en una fiesta y se oye en una biblioteca. La Red de Espacio Profundo de la NASA, con antenas en California, cerca de Madrid y cerca de Canberra, convierte sus receptores en bibliotecas. Durante décadas usó amplificadores enfriados a unos 4 grados por encima del cero absoluto, la temperatura del helio líquido.

Además, sabe exactamente dónde escuchar. La Voyager transmite en una frecuencia asignada y conocida, cerca de 8.400 megahercios. Es como saber en qué emisora está el programa que quieres oír: no barres todo el dial, te quedas en un punto y descartas el resto.

Separar una señal del fondo es el mismo problema de decidir cuándo un dato es un descubrimiento y no una casualidad. Pero con antenas grandes y receptores fríos todavía no alcanza. Falta el truco principal.

El truco es hablar despacio

La Voyager se sigue oyendo, sobre todo, porque transmite muy despacio: 160 bits por segundo. Cuando las Voyager pasaron por Júpiter, en 1979, mandaban hasta 115.200. Hoy la Voyager 1 habla 720 veces más lento. Desde entonces, la señal que llega a la Tierra se volvió más de mil veces más débil, según mi cálculo, y esa lentitud compensa buena parte de la caída.

Piensa en dictar un número de teléfono por una llamada que se corta. No lo gritas: lo dices despacio, cifra por cifra, y repites las que se perdieron. Cada cifra recibe más tiempo, y en ese tiempo se acumula más señal por encima del ruido.

Con los bits pasa lo mismo. Lo que cuenta no es solo la potencia de la señal, sino la energía que le toca a cada bit. Si la potencia cae a la mitad y transmites a la mitad de velocidad, cada bit llega con la misma energía que antes. En 1948, el ingeniero estadounidense Claude Shannon demostró que cada canal tiene un límite: cuántos bits por segundo caben en él, según cuánta señal y cuánto ruido haya. Por debajo de ese límite, con un buen código, los errores se pueden corregir casi todos.

La Voyager lleva códigos de corrección de errores. Cada paquete viaja con información de sobra, calculada para que en la Tierra se puedan reconstruir los bits que el ruido estropeó. Es lo que haces cuando deletreas «B de Bogotá»: la palabra extra no dice nada nuevo, pero si la letra se pierde, la recuperas.

Con un matiz: la lentitud no es el único truco ni una elección libre. Sin las antenas de 70 metros y los receptores fríos, ni siquiera 160 bits por segundo pasarían. Y transmitir más rápido no serviría: con la señal que llega, la Tierra ya no podría separar los bits del ruido.

¿Cuánto tiempo más podremos oírla?

Nadie tiene una fecha. La NASA no la da, y lo que la va acortando es la energía.

La Voyager funciona con generadores que convierten en electricidad el calor del plutonio radiactivo. Al despegar daban unos 470 vatios entre los tres. Pierden unos 4 vatios cada año, según el JPL. A medida que se van los vatios, hay que apagar cosas: en abril de 2026 la NASA apagó el instrumento de partículas cargadas de baja energía, y la nave quedó con dos instrumentos científicos encendidos, el magnetómetro y el de ondas de plasma.

En septiembre, los ingenieros cambiaron tres aparatos que mantienen caliente la nave por otros que gastan menos. Sin ese cambio, otro instrumento habría tenido que apagarse ya en el verano de 2027. La pausa de octubre recordó la otra amenaza: piezas de casi 50 años que fallan sin aviso. La causa del apagón de los propulsores todavía se investiga. «Es la primera vez que vemos a la nave hacer algo así», dijo Kareem Badaruddin, gerente de la misión en el JPL, «pero estamos en un punto de la misión en el que hay que esperar lo inesperado».

La distancia también resta, pero despacio: según mi cálculo, cada año la señal llega un 4 % más débil.

Un saludo para el 17 de noviembre

La NASA propone algo concreto. Después del atardecer del martes 17 de noviembre, apunta una linterna o el celular al cielo y repite durante un minuto las letras V-G-R en código Morse:

  • V: tres destellos cortos y uno largo (···–)
  • G: dos largos y uno corto (––·)
  • R: corto, largo, corto (·–·)

Si no quieres contar destellos, la página go.nasa.gov/vgr lo hace por ti desde el teléfono. Ninguna linterna se va a ver desde allá: es un saludo simbólico. Y tiene la demora correcta. «Si quieres saludar a la Voyager, mandas tu mensaje y te vas a casa», dijo Suzanne Dodd, gerente del proyecto en el JPL. La respuesta tarda dos días.

En la Voyager viaja también un disco de cobre bañado en oro, con sonidos y música de la Tierra. Entre las piezas están «El Cascabel», interpretado por Lorenzo Barcelata y el Mariachi México, y una pieza de zampoñas y tambor de Perú recopilada por la Casa de la Cultura de Lima. Desde el 18 de noviembre, esa es la música latinoamericana que está a un día luz de casa.

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