¿Por qué El Niño apaga los huracanes del Atlántico?
Al 6 de septiembre de 2026, el Atlántico lleva cinco tormentas con nombre y cero huracanes. Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly y Edouard nacieron, soplaron un par de días con vientos de entre 65 y 95 kilómetros por hora, y se deshicieron. Ninguna cruzó la línea de los 119 kilómetros por hora que convierte una tormenta en huracán.

Eso no es normal. Desde que hay satélites mirando el océano, en 1966, el primer huracán más tardío de una temporada llegó el 11 de septiembre. Pasó dos veces: Gustav en 2002 y Humberto en 2013. Si esta semana no se forma ninguno (y el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos no espera formación en los próximos siete días), 2026 entra en territorio que nadie ha medido.
Mientras tanto, del otro lado de México, el Pacífico lleva 15 tormentas con nombre, 6 huracanes y 4 de categoría mayor. Uno de ellos, Lowell, alcanzó categoría 5 con vientos de 260 kilómetros por hora. Dos océanos, un mismo planeta, dos temporadas opuestas.
La pregunta que me hicieron esta semana, y que yo también me hice, es simple: ¿por qué El Niño apaga los huracanes del Atlántico y al mismo tiempo enciende los del Pacífico?
Empecemos por el huracán: una chimenea sobre el mar
Un huracán es una máquina de vapor. Su combustible es agua tibia, y necesita mucha: el mar tiene que estar a 26,5 grados o más, según los umbrales que usa la agencia oceánica de Estados Unidos, la NOAA. Esa agua se evapora, el vapor sube, y al subir se enfría y se condensa en nubes. Condensarse libera calor (es el mismo calor que el sol gastó en evaporarla) y ese calor calienta el aire de la columna, que sube con más ganas, que succiona más aire húmedo desde la superficie, que se evapora, que sube.
Piensa en una chimenea. Si enciendes fuego abajo, el aire caliente sube por el tubo y arrastra aire nuevo desde la habitación. Mientras más caliente el fuego, más fuerte el tiro. Un huracán es esa chimenea puesta sobre el mar, con el mar de leña, y con una particularidad: como la Tierra gira, el aire que entra por abajo no entra en línea recta sino en espiral. Por eso el huracán es un remolino y no una simple nube.
Para que la chimenea funcione, el tubo tiene que estar entero. Y aquí es donde empieza la respuesta.
¿Qué es la cizalladura del viento?
La cizalladura del viento es la diferencia entre el viento que sopla cerca de la superficie y el viento que sopla a diez o doce kilómetros de altura. Si abajo el aire va hacia el oeste a 20 kilómetros por hora y arriba va hacia el este a 60, la cizalladura es grande. Si arriba y abajo el aire se mueve igual, es cero.
Ahora vuelve a la chimenea. Imagina que el tubo está hecho de aros apilados, uno sobre otro, como una torre de vasos. Si soplas de lado sobre los vasos de arriba, la torre se inclina. Y una chimenea inclinada no funciona: el calor que sube por la base sale por un costado, la columna se desarma y el tiro se apaga.
Eso hace la cizalladura con un huracán. La tormenta necesita que su columna de aire caliente esté vertical, alineada desde el mar hasta la estratosfera. Un viento fuerte en altura la decapita: se lleva la parte alta de la tormenta hacia un lado, separa el calor de la base, y el motor se ahoga. Los meteorólogos han medido el límite: por encima de unos 10 metros por segundo de diferencia entre abajo y arriba (unos 36 kilómetros por hora, o 20 nudos en su jerga) un huracán ya formado se debilita, y uno que está intentando formarse no lo consigue.
Fíjate en el detalle: el mar puede estar hirviendo, y aun así no hay huracán. El agua tibia es condición necesaria, no suficiente. Falta que arriba haya calma.
¿Qué tiene que ver El Niño con el viento sobre el Caribe?
Aquí conectan dos historias. Hace unas semanas escribí sobre qué es El Niño y por qué el de 2026 podría ser récord. La versión corta: los vientos alisios que normalmente empujan el agua caliente del Pacífico hacia Asia se cansan, y esa agua caliente se viene hacia América. Frente a Perú y Ecuador, el mar se pone entre dos y tres grados más tibio de lo normal.
Agua tibia significa evaporación, y evaporación significa tormentas. Durante El Niño, el Pacífico ecuatorial oriental se convierte en una fábrica gigante de nubes de tormenta, una fábrica que en años normales está en Indonesia. Y una fábrica así no solo produce lluvia: produce aire.
Piensa en una olla hirviendo con la tapa puesta. El vapor sube, choca con la tapa y se escapa por los bordes, hacia los lados. Las tormentas del Pacífico hacen lo mismo con la tapa de la atmósfera: el aire sube en enormes columnas, llega a la altura donde ya no puede seguir subiendo, y se derrama hacia los lados a diez o doce kilómetros de altura. Una parte se derrama hacia el este. Y al este del Pacífico ecuatorial están Centroamérica, el Caribe y el Atlántico tropical.
Ese aire derramado es un río de viento del oeste, en altura, justo encima de la región donde nacen los huracanes del Atlántico. Abajo siguen soplando los alisios hacia el oeste. Arriba, el chorro hacia el este. Diferencia máxima. Cizalladura máxima. Cada vaso de la torre empujado en dirección contraria al de abajo.
Gerry Bell, que durante años fue el meteorólogo a cargo de los pronósticos de huracanes de la NOAA, lo explicó así en el blog de la agencia: El Niño produce "vientos del oeste más fuertes en altura y alisios del este más fuertes cerca de la superficie", y ambos aumentan la cizalladura. Y hay un segundo efecto que a mí me pareció el más elegante: el aire que subió sobre el Pacífico tiene que bajar en algún lado. Baja sobre el Caribe. Aire que desciende se calienta y se seca, y una atmósfera seca y estable es lo contrario de una chimenea: es una tapa.
El giro: El Niño no apaga los huracanes, los cambia de océano
Esta es la parte que a mí me reordenó la cabeza, y sospecho que a ti también te va a pasar.
Lo que El Niño hace no es quitar energía del sistema. La energía está: el Atlántico tropical sigue tibio, el sol sigue evaporando agua. Lo que El Niño hace es mover la calma de un océano al otro. Ese mismo aire que se derrama hacia el este y decapita las tormentas del Caribe, sobre el Pacífico oriental hace lo opuesto: refuerza una zona de alta presión que aplaca los vientos en altura. Menos cizalladura sobre el Pacífico mexicano. Torre de vasos estable. Y debajo, un mar que El Niño ha puesto un grado más caliente de lo normal.
Por eso los dos océanos van en direcciones opuestas y no es casualidad. La NOAA lo pronosticó en mayo: temporada por debajo de lo normal en el Atlántico, por encima de lo normal en el Pacífico oriental, y la razón declarada para ambos pronósticos fue la misma palabra. Al 6 de septiembre, el Pacífico va en 15 tormentas y 6 huracanes; el Atlántico, en 5 tormentas y ninguno.
Y aquí viene lo que importa si vives en Latinoamérica. "Temporada tranquila" es una frase que se lee desde Miami. Desde Acapulco, desde Guerrero, desde la costa de Oaxaca, desde Guatemala y El Salvador, 2026 no es una temporada tranquila. Boris, que ni siquiera llegó a huracán, dejó cuatro muertos y unos 87 millones de dólares en pérdidas comerciales en Acapulco. Cristina dejó muertos en Guatemala, Honduras y Chiapas por las lluvias.
Y el recuerdo más duro es reciente. En octubre de 2023, también un año de El Niño, Otis pasó de tormenta tropical a huracán de categoría 5 en menos de 12 horas y tocó tierra en Acapulco con vientos de 270 kilómetros por hora. Fue el huracán más fuerte que ha golpeado la costa Pacífica de México. La NASA midió el agua frente a Guerrero un grado por encima del promedio, y atribuyó ese grado a la suma de El Niño y del calentamiento del océano. La calma del Atlántico de ese año no le sirvió de nada a Acapulco.
¿Es una regla o una tendencia?
La respuesta honesta es: una tendencia fuerte, con una excepción que los científicos todavía discuten.
La excepción es 2023. Ese año hubo un El Niño fuerte y, según la regla, el Atlántico debía estar quieto. No lo estuvo: 20 tormentas con nombre, 7 huracanes, 3 mayores, más energía ciclónica que el promedio.
Philip Klotzbach y sus colegas de la Universidad Estatal de Colorado publicaron el análisis en 2024 en el boletín de la Sociedad Meteorológica Americana, y su explicación es la que tú mismo esperarías de la chimenea: el Atlántico tropical estaba a temperaturas récord, tan caliente que su propia convección alteró los vientos en altura y la cizalladura de agosto a octubre terminó por debajo de lo normal. Era la primera vez desde 1950 que un El Niño moderado o fuerte coincidía con un Atlántico más cálido de lo normal. En palabras de ellos, "ganó el Atlántico cálido".
Entonces, ¿por qué en 2026 sí está funcionando la regla? Con un El Niño que la Organización Meteorológica Mundial, en su actualización del 3 de septiembre, espera que llegue a "intensidad muy fuerte" hacia fin de año, la cizalladura es mayor que en 2023. Pero el Atlántico también sigue tibio.
Por eso la NOAA mantiene una probabilidad, pequeña, de que el resto de la temporada sorprenda. En su actualización de agosto dio 75 % a una temporada por debajo de lo normal, 20 % a una normal y 5 % a una activa, y sigue esperando entre dos y seis huracanes antes de que termine noviembre. Ken Graham, director del Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos, lo dijo con la cautela justa: El Niño "a menudo suprime el desarrollo de huracanes, pero sigue habiendo incertidumbre en cómo se desarrolla cada temporada".
Y hay algo que no sabemos bien: cuánto pesa el calentamiento del océano en el equilibrio entre la tapa de El Niño y la leña del Atlántico. 2023 fue un aviso de que la balanza puede inclinarse hacia la leña. En mi opinión, la lección no es "El Niño protege al Caribe". La lección es que la regla se cumple mientras el Atlántico no esté demasiado caliente, y esa condición cada vez es menos segura.
Qué puedes hacer tú, hoy
- Si vives en la costa Pacífica de México o en Centroamérica, este es tu año de riesgo, no el de descanso. Revisa las alertas del Servicio Meteorológico Nacional de tu país en septiembre y octubre, que es cuando el Pacífico oriental alcanza su pico.
- Si vives en el Caribe colombiano, en San Andrés o en Providencia, no bajes la guardia por el silencio de este año. Iota llegó en noviembre de 2020, después de la fecha en que casi todo el mundo deja de mirar el mar.
- Aprende a leer un pronóstico de temporada. "Por debajo de lo normal" no significa cero. Significa menos tormentas en promedio; una sola que toque tierra es suficiente.
- Cuando veas "el Atlántico tranquilo" en un titular, pregunta por el otro océano. Es el hábito más útil que te deja este artículo.
Las personas que miden el viento a doce kilómetros
Los huracanes no se ven venir mirando el mar. Se ven venir mirando arriba. Cada día, sin importar si la temporada es quieta o violenta, alguien lanza globos con sensores desde islas del Caribe, desde la costa de México, desde bases en el Pacífico, para medir el viento a doce kilómetros de altura y saber si la torre de vasos aguanta. Con esos datos, los meteorólogos de la NOAA, del Servicio Meteorológico Nacional de México y del IDEAM en Colombia deciden cuándo avisar y cuándo no. Nadie los aplaude cuando aciertan que no pasará nada.
Y luego están los que reconstruyen. En Providencia, la isla colombiana que Iota arrasó al 98 % en noviembre de 2020, más de mil familias viven hoy en casas nuevas, algunas de acero, diseñadas con la comunidad raizal para resistir vientos por encima de 250 kilómetros por hora. La reconstrucción ha tenido sobrecostos, denuncias y casas entregadas a medias; la comunidad lo ha dicho en voz alta y las auditorías lo confirman. Pero cinco años después la isla está de pie, y está de pie porque su gente no esperó a que el próximo huracán decidiera por ellos. De eso escribí hace tiempo, hablando de la resiliencia y la perseverancia: el junco que se dobla y no se rompe.
¿Y tú, en qué océano estás mirando este año?
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