¿Por qué hay sal de mar en Nemocón?
Nemocón es un pueblo de unos once mil habitantes en la Sabana de Bogotá, a 45 kilómetros de la capital y a 2.585 metros sobre el nivel del mar. El mar más cercano, el Caribe, queda a unos 300 kilómetros en línea recta y dos kilómetros y medio más abajo. Y sin embargo, debajo del pueblo hay una mina de sal: 80 metros de profundidad, 1.200 metros de galerías que hoy se recorren a pie, pozos de agua tan cargada de sal que reflejan el techo como espejos, y una capilla que los mineros tallaron en la roca en 1946.

La sal se saca de ahí desde antes de que llegaran los españoles en 1537. Los muiscas la hervían en ollas de barro y la cambiaban por oro y algodón. Alexander von Humboldt pasó en 1801 y recomendó excavar túneles. La mina industrial cerró en 1967, reabrió como museo en 2005, y en 2026 el Senado de Colombia aprobó en segundo debate declararla Patrimonio Cultural de la Nación.
Todo eso es historia. Lo que me interesa es la pregunta que está debajo de la historia, y que cualquier niño de Nemocón puede hacer mirando hacia arriba desde el fondo de la mina: ¿qué hace sal de mar en lo alto de una cordillera, a cientos de kilómetros de cualquier mar?
Empecemos por la olla: cómo se hace un pan de sal
Los muiscas ya sabían la respuesta práctica, y su técnica es la mejor manera de entender la geológica. Cerca de Nemocón, de Zipaquirá, de Tausa y de Sesquilé brotan manantiales de agua salada. Los muiscas recogían esa salmuera, la ponían en unas vasijas grandes de barro que llamaban gachas, y las dejaban al fuego con leña hasta que el agua se iba. Tardaba entre 18 y 20 días, según describió el cronista fray Pedro Simón. Cuando la vasija se enfriaba, adentro quedaba un bloque duro y blanco. Para sacarlo había que romper la olla, que solo servía una vez. Ese bloque era el pan de sal, y con panes de sal se pagaba.
Fíjate en lo que hicieron: separaron la sal del agua evaporando el agua. Puedes repetirlo en tu cocina. Pon un vaso de agua de mar en una olla, o un vaso de agua con dos cucharadas de sal, y déjalo hervir hasta que no quede nada. En el fondo aparece una costra blanca. La sal estaba disuelta, invisible; el calor se llevó el agua y dejó la sal.
Ahora piensa en escala. Los muiscas hacían eso en veinte días con una olla. Lo que hay debajo de Nemocón es lo que pasa cuando la olla es un mar y el fuego es el sol durante miles de años.
¿Cómo se convierte un mar en una capa de sal?
Hace unos 90 millones de años, en el Cretácico, gran parte de lo que hoy es Colombia estaba bajo el agua. No era el Caribe ni el Pacífico: era un mar poco profundo que cubría el continente, un mar con mosasaurios y plesiosaurios, cuyos huesos aparecen en Santander. La Sabana de Bogotá no existía. Existía un fondo de mar.
Para que ese mar deje sal hay que atraparlo. Si el agua circula libremente con el océano abierto, se evapora y vuelve a entrar, y la sal nunca se concentra. Pero si una parte del mar queda medio encerrada, en una bahía con la boca casi cerrada, en un clima seco y caliente, el agua se va y la sal se queda. Es la olla muisca con la tapa medio puesta. Los geólogos lo llaman una cuenca restringida, y en el área de Bogotá han contado al menos cuatro capas de sal intercaladas entre las rocas del Cretácico; la más conocida, la de la Sabana, se formó hace unos 90 millones de años.
La cifra que a mí me impresiona es esta. Para que la sal empiece a caer al fondo hay que evaporar cerca del 90 % del agua. Y de cada kilómetro de altura de agua de mar, cuando se va todo, quedan unos 13 metros de sal. Trece metros.
Las capas de sal de Zipaquirá y Nemocón tienen decenas de metros. Eso no es un mar que se secó una tarde: es un mar que se llenaba y se secaba una y otra vez, durante mucho tiempo, dejando cada vez su costra en el fondo, como una olla que nadie lava.
Después, el fondo siguió recibiendo barro y arena. La sal quedó enterrada bajo cientos de metros de roca, oscura, apretada, tranquila. Y ahí habría seguido, si el suelo se hubiera quedado quieto.
Después la montaña: un mar puesto de pie
El suelo no se quedó quieto. Las placas que hoy hacen temblar tanto a Colombia empezaron a apretar el continente desde el oeste, y ese fondo de mar, con su sal adentro, se dobló y se levantó. La Cordillera Oriental empezó a subir hace unos 35 millones de años, pero el empujón grande fue reciente en términos geológicos: entre hace 5 y 2,5 millones de años. Los registros de polen que Henry Hooghiemstra y sus colegas sacaron del subsuelo de la Sabana muestran que hacia la mitad del Plioceno el altiplano ya estaba a unos 2.000 metros.
Imagina una alfombra sobre la que has regado sal. Ahora empuja la alfombra desde un extremo. Se arruga. Las arrugas son las cordilleras, y la sal que estaba en el piso ahora está en lo alto de las arrugas. Eso es Nemocón: la sal no subió sola a la montaña. La sal estaba en el piso y el piso se convirtió en montaña.
Y luego llovió durante millones de años. El agua de lluvia se cuela por las grietas, encuentra la capa de sal enterrada, disuelve un poco, y sale por donde puede convertida en manantial de agua salada. Esos son los manantiales que los muiscas encontraron. Los espejos de salmuera que hoy se visitan a 80 metros bajo Nemocón son la misma cosa: agua que ha pasado por la sal y ha salido saturada. La montaña lleva millones de años goteando su mar viejo.
El giro: la sal no estaba escondida en la montaña, ayudó a hacerla
Hasta aquí la historia que uno esperaría: la sal es pasiva, la montaña la lleva a cuestas. Lo que me reordenó la cabeza es que es al revés en parte.
La sal es una roca rara. Es menos densa que las rocas que la cubren: unos 2,2 gramos por centímetro cúbico frente a 2,5 de los sedimentos compactados. Y no se rompe como las demás: bajo presión y con tiempo, fluye. Piensa en un bloque de plastilina en el fondo de una caja llena de arena mojada. Si aprietas la caja, la arena se agrieta; la plastilina se escurre por donde encuentra hueco. Eso hace la sal enterrada. Como es más liviana que lo que tiene encima, tiende a subir; como es blanda, se cuela. Los geólogos llaman diapiro a esa columna de sal que asciende a través de las rocas, y al oeste de Zipaquirá hay uno.
Un equipo de la Universitat Autònoma de Barcelona, Vanessa Parravano, Antoni Teixell y Andrés Mora, estudió estas sales cretácicas en la Cordillera Oriental y encontró que, cuando los Andes empezaron a apretar, la sal fue "exprimida" por su debilidad mecánica y produjo geometrías que nadie había entendido hasta entonces. Tanto, que una empresa petrolera perforó un pozo carísimo en el lugar equivocado por no haber contado con ella.
En otras palabras: la sal de Nemocón no es una pasajera de la cordillera; es una de las bisagras por donde la cordillera se dobló. Los pliegues donde hoy aparece la sal, los anticlinales con forma de domo de Zipaquirá y Nemocón, tienen esa forma en parte porque la sal estaba ahí, cediendo.
Cuando bajes a la mina, piénsalo así: no estás entrando en una montaña que guarda sal. Estás entrando en un mar de hace 90 millones de años que la Tierra dobló, y que al doblarse, se dobló por la sal.
¿Qué no se sabe todavía?
Bastante, y me parece justo decirlo. La edad exacta de cada capa de sal se discute: hubo quien las puso en el Jurásico, y la evidencia hoy favorece el Cretácico, pero con cuatro niveles distintos es difícil saber cuál alimenta cada manantial. Tampoco está claro cuánto de la forma de los pliegues de la Sabana es obra de la sal y cuánto de la compresión pura; el trabajo de Barcelona se hizo en el frente oriental de la cordillera, y extenderlo a Zipaquirá y Nemocón es una inferencia razonable, no una medición.
Y la cifra de "350 millones de años" que aparece en algunos folletos turísticos no cuadra con nada de esto: en esa época no había mar cretácico porque no había Cretácico. Si la lees, es un error que se ha copiado de folleto en folleto.
Lo que sí está bien medido es lo que importa para el pueblo: la sal es marina, es cretácica, y la cordillera que la levantó sigue subiendo.
Qué puedes hacer tú, hoy
- Haz el experimento de la olla con tus hijos o tus alumnos: un vaso de agua, dos cucharadas de sal, hervir hasta el fondo. Es la mina de Nemocón en diez minutos.
- Si visitas la mina, en los espejos de salmuera pregunta por el camino del agua: de dónde entra, por dónde pasa, por qué sale salada. Los guías lo saben y casi nadie les pregunta.
- Pasa por el Museo de Historia Natural de la Sabana, en el mismo pueblo. Tiene un maxilar y un colmillo de mastodonte encontrados cerca, de cuando la Sabana era un lago y no un altiplano seco.
- Si eres de Nemocón, cuenta esta historia. Un pueblo que sabe por qué tiene sal cuida mejor su mina que uno que solo sabe que la tiene.
La gente que ha vivido de este mar viejo
En el valle del río Checua, a un paso del pueblo, hay un cerro donde vivieron cazadores y recolectores desde hace 9.500 años hasta hace 5.000. Ana María Groot, de la Universidad Nacional, lleva desde los años ochenta excavándolo con sus colegas, con la paciencia de la que ya hablé a propósito de Alfonso Caso y la arqueología mexicana. Entre lo que han encontrado hay una flauta hecha con un radio humano de hace unos 8.000 años, quizás la más antigua de América, y señales de que ahí empezó a asentarse gente antes que en casi cualquier otro lugar de Colombia. No es casualidad que fuera junto a la sal.
Después vinieron los muiscas con sus gachas, y con ellos la sal se volvió moneda. Después los mineros de galería que Humboldt recomendó, y que en 1946 se tomaron el tiempo de tallar una capilla a 80 metros bajo tierra. Y hoy, los guías que bajan cada día con visitantes, la gente del museo, y una alcaldía que ha empujado en el Congreso para que la mina sea patrimonio de todos. Cinco mil años de personas viviendo de un mar que murió mucho antes de que existiera nadie para verlo. Esa es, para mí, la historia de gigantes de Nemocón.
¿Cuál es la roca, el río o el cerro de tu pueblo cuya historia nunca te contaron?
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