¿Puede una tormenta solar apagar el internet y el GPS?

Tormenta Eléctrica con auroras Boreales.

El 19 de enero de 2026, a las 2:38 de la tarde hora del este, una nube de plasma lanzada por el Sol golpeó el campo magnético de la Tierra. El Centro de Predicción del Clima Espacial de Estados Unidos, que es algo así como el servicio meteorológico del espacio, la clasificó como la mayor tormenta de radiación solar en más de 20 años: nivel S4 en una escala que llega a 5. Hubo auroras en latitudes donde nunca se ven y aviones reportando problemas de GPS. En México, el Servicio de Clima Espacial de la UNAM la registró como la tormenta más extensa del ciclo solar actual.

No pasó nada grave. Y justamente por eso vale la pena hablar ahora, con calma, y no el día que sí pase algo.

Porque cada vez que el Sol estornuda, los titulares prometen "apocalipsis de internet" y el grupo de la familia pregunta si hay que cargar el celular. Después de haber escrito sobre cómo reconocer un bulo científico, me debo la pregunta seria: ¿puede de verdad una tormenta solar dejarnos sin internet y sin GPS?

La respuesta corta es: casi todo lo que dicen los titulares es exagerado, y lo poco que no lo es merece más atención de la que le damos. Vamos por partes.

¿Qué es exactamente una tormenta solar?

El Sol no es una lámpara quieta: es una olla gigante de plasma cargado eléctricamente, revuelto por campos magnéticos que se enredan como cables detrás del televisor. Cuando esos campos se enredan demasiado, se rompen y se reconectan de golpe, y sueltan energía en tres formas.

Primero, un destello de luz y rayos X: la fulguración. Viaja a la velocidad de la luz y llega en 8 minutos; puede interrumpir radios de onda corta en el lado diurno del planeta. Segundo, una ráfaga de partículas veloces que llega en decenas de minutos. Y tercero, la artillería pesada: una eyección de masa coronal, miles de millones de toneladas de plasma escupidas al espacio. Esa nube tarda entre uno y tres días en llegar, si es que viene hacia nosotros.

Cuando esa nube choca con el campo magnético de la Tierra, lo sacude. A esa sacudida la llamamos tormenta geomagnética. Y aquí está la clave de todo: un campo magnético que se agita genera corrientes eléctricas en cualquier conductor largo que encuentre. ¿Tienes estufa de inducción en tu casa? Es el mismo principio: nadie toca la olla, pero la olla se calienta, porque un campo magnético variable induce corrientes en el metal. En una tormenta geomagnética, la "estufa" es el cielo y las "ollas" son los cables de alta tensión, las tuberías, las vías de tren.

¿Qué ha pasado las veces que el Sol pegó fuerte?

No hace falta imaginar: tenemos historial. Y te confieso un sesgo personal: pasé años trabajando junto a imanes superconductores en el CERN, y si algo aprendí ahí es a tenerles un respeto reverencial a las corrientes inducidas. Cuando leas la lista que sigue, piensa en eso: nada de esto es exótico, es la física de la estufa a escala planetaria.

1859, el evento Carrington. La tormenta más intensa jamás registrada. Se vieron auroras en La Habana y en Ciudad de Panamá, y los registros de barcos las ubican hasta los 12 grados de latitud norte. En Nueva York se podía leer el periódico de madrugada con la luz del cielo. La única red eléctrica de la época era el telégrafo, y le fue como en feria: chispas en los equipos, cintas de papel incendiadas, y operadores que descubrieron que podían transmitir con las baterías desconectadas, porque los cables traían corriente del propio cielo.

1989, Quebec. Una eyección de masa coronal golpeó la Tierra y la red eléctrica de Hydro-Québec colapsó en unos 90 segundos. Seis millones de personas amanecieron sin luz ni calefacción, a 2:44 de la madrugada de un marzo canadiense, durante 9 horas. La geología ayudó al desastre: la roca de Quebec conduce mal la electricidad, así que las corrientes inducidas por la tormenta se metieron por el camino fácil, la red eléctrica.

2022, Starlink. Una tormenta ni siquiera fuerte calentó la alta atmósfera, que se expandió como pan en el horno. El aire enrarecido a la altura de órbita subió el rozamiento hasta un 50%, y 40 de los 49 satélites recién lanzados por SpaceX cayeron y se quemaron. Nadie los apagó: la atmósfera los frenó.

2024, la tormenta Gannon. Nivel G5, el máximo de la escala, la más intensa desde 2004. Millones de personas vieron auroras, incluidos lugares tan insólitos como el norte de México. Y hubo un daño que me encanta por lo concreto: tractores de agricultura de precisión en Estados Unidos se quedaron sin GPS en plena siembra, porque la ionosfera agitada se llenó de turbulencias que distorsionan la señal de los satélites. No se cayó "el internet"; se torcieron los surcos.

¿Y entonces puede apagarse el internet global?

Aquí conviene separar el cable del satélite, porque les va muy distinto.

La fibra óptica, por donde viaja casi todo el internet del mundo, es de vidrio: inmune a las corrientes inducidas. Pero los cables submarinos que cruzan los océanos llevan, cada 100 kilómetros más o menos, repetidores alimentados con electricidad que reamplifican la señal. Un estudio de la investigadora Sangeetha Abdu Jyothi, de la Universidad de California en Irvine, señaló en 2021 que esos repetidores son el eslabón débil. En una tormenta clase Carrington, fallas en cadena podrían dejar continentes enteros mal conectados. Y las reparaciones tomarían semanas: hay pocos barcos en el mundo capaces de izar un cable del fondo del océano.

Ojo con el matiz, que es donde el titular se vuelve bulo: ese estudio es un ejercicio de planeación para el peor escenario, no un pronóstico. La probabilidad de una tormenta tipo Carrington existe y no es despreciable a escala de décadas, pero nadie sabe cuándo. Lo honesto es decirlo como el propio campo lo dice: sabemos qué puede pasar, no cuándo. Igual que con los volcanes: se pronostica, no se predice.

Lo que sí es frágil, y lo vimos con los tractores, es el GPS. Y de él dependen cosas que no parecen GPS: la sincronización de las redes eléctricas, las transacciones bancarias con su sello de tiempo, la aviación, los puertos. Una tormenta grande no "apaga" el GPS del planeta, pero lo degrada horas o días. Es menos cinematográfico que el apagón mundial y mucho más probable.

El giro: lo peor no llega en el pico, llega en la bajada

Si has leído que "el máximo solar ya pasó" y respiraste aliviado, tengo malas noticias con dato incluido.

El ciclo solar dura unos 11 años, y el ciclo 25 alcanzó su máximo de manchas en 2024-2025; la NOAA lo tiene oficialmente en fase de descenso. Pero estadísticamente, varias de las tormentas más violentas de la historia llegaron años después del máximo, durante la bajada del ciclo. Las tormentas de Halloween de 2003, con fulguraciones de las más potentes de la era espacial, apagones en Suecia y transformadores dañados en Sudáfrica, ocurrieron tres años después del pico del ciclo 23. Es como el boxeador que ya va perdiendo el combate: tira menos golpes, pero los que tira van con toda la mala intención, porque los campos magnéticos del Sol en esa fase se retuercen de maneras especialmente inestables.

Traducción práctica: 2026 y los años siguientes no son la retirada del riesgo. Son, si acaso, su temporada menos vigilada por los titulares. Si te llega un mensaje diciendo que "el peligro ya pasó porque el máximo terminó", ya sabes qué responder.

¿Qué no se sabe?

Con honestidad: no sabemos cuándo vendrá la próxima tormenta extrema, y las estimaciones de su costo (una muy citada habla de unos 2 billones de dólares para un Carrington moderno) tienen barras de error enormes, porque nunca hemos sometido a una red eléctrica del siglo XXI a un golpe del siglo XIX. Tampoco sabemos con certeza cómo respondería la constelación de decenas de miles de satélites que pusimos en órbita baja en los últimos cinco años: el caso Starlink fue un aviso con tormenta pequeña. En mi opinión, esa combinación —evento raro, sistema nuevo, experiencia cero— es exactamente el tipo de riesgo que las sociedades gestionan peor.

Qué puedes hacer tú (spoiler: no es comprar velas)

  • Desconfía del titular con hora exacta. Ya sabes por qué: la ciencia real da probabilidades y escalas (G1 a G5), no fechas de apocalipsis.
  • Consulta las fuentes de verdad: el SWPC de la NOAA publica el pronóstico diario, y en la región el SCiESMEX de la UNAM reporta en tiempo real lo que miden sus magnetómetros en México.
  • Si hay alerta G4 o G5, espera fallas de GPS, no el fin del mundo: apps de mapas imprecisas, drones y maquinaria de precisión con problemas.
  • Y si la alerta es grande, sal a mirar el cielo. La tormenta de mayo de 2024 regaló auroras hasta México. Es el mismo consejo del eclipse: los avisos del cielo también son espectáculo gratis.

Los que vigilan el estornudo

El final, como siempre, no es el plasma: es la gente que lo espera despierta.

En Boulder, Colorado, los pronosticadores del clima espacial de la NOAA hacen turnos las 24 horas. Vigilan los datos de satélites centinela como DSCOVR y ACE, estacionados en un punto entre el Sol y la Tierra donde el viento solar pasa antes de llegar a nosotros. En Morelia, un equipo del Instituto de Geofísica de la UNAM montó el Servicio de Clima Espacial México con su propia red de magnetómetros, para que la región no dependa solo de ojos ajenos. Y en Quebec, los ingenieros que vivieron el apagón de 1989 recalibraron las protecciones de toda la red; desde entonces han pasado tormentas intensas y la luz no se ha ido.

Ese es el patrón que me gusta subrayar: cada fila de esta historia —telegrafistas de 1859, operadores de 1989, agricultores de 2024— aprendió del golpe y dejó el sistema un poco más duro. El Sol no se negocia; la vulnerabilidad sí.

¿Viste las auroras de mayo de 2024, o conoces a alguien que las vio desde su ciudad? Cuéntamelo en los comentarios, y comparte este artículo con esa persona que cada tanto te reenvía que "viene la tormenta solar que apagará el mundo".

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1 comentarios

  • Olga

    Aprecio la claridad con la que presenta estos datos y el esfuerzo por separar la evidencia de las interpretaciones apresuradas. En momentos en que circulan tantas afirmaciones sin fundamento, es valioso recordar que la ciencia avanza con mediciones verificables, comparación de series históricas y revisión entre pares.

    Muchos de los mensajes alarmistas que se difunden en redes omiten justamente ese contexto: toman un fenómeno puntual y lo presentan como algo extraordinario, cuando los registros muestran que forma parte de patrones conocidos y estudiados. Su explicación ayuda a entender por qué es importante distinguir entre variaciones naturales, tendencias de largo plazo y verdaderos indicadores de riesgo.

    Gracias por aportar datos, fuentes y un análisis que permite despejar dudas. Este tipo de comunicación rigurosa es esencial para contrarrestar la desinformación y para que el público pueda interpretar las novedades del planeta con serenidad y criterio.

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