Volcán El puracé, ¿va a estallar?
¿Cómo saben los científicos que un volcán va a estallar? El Puracé

El 1 de agosto de 2026 el Servicio Geológico Colombiano (SGC) subió el volcán Puracé, en el Cauca, de alerta amarilla a naranja. Desde el 20 de julio los instrumentos venían registrando algo que no habían visto en 33 años de vigilancia: columnas de gas y ceniza de hasta 3.400 metros sobre la cima, emisiones a unos 140 °C y un flujo de dióxido de azufre que llegó a 4.200 toneladas por día. Son los valores más altos desde que el monitoreo permanente empezó, en 1993.
Nueve días después vino el terremoto de magnitud 7,4 en el Chocó, y el Puracé respondió con una nueva emisión de ceniza que cerró el aeropuerto de Popayán. Entre el 15 y el 18 de agosto el SGC contó trece emisiones más. Al 21 de agosto, la alerta sigue en naranja y unas 15.000 personas de Coconuco, Puracé y Paletará viven, literalmente, en la falda del problema.
Yo crecí oyendo que los volcanes "avisan". Y es verdad. Pero cuando uno lee que el Puracé ya estuvo en naranja entre noviembre de 2025 y enero de 2026 y no pasó nada, aparece la pregunta que vale la pena hacer: ¿cómo sabe un científico que un volcán va a hacer erupción, y hasta dónde puede saberlo de verdad?
¿Qué es un volcán, visto desde adentro?
Un volcán es el punto donde roca fundida del interior de la Tierra encuentra un camino hasta la superficie. A esa roca fundida, mientras está abajo, la llamamos magma; cuando sale, lava. El magma no está solo: trae disuelta una cantidad enorme de gas, sobre todo vapor de agua, dióxido de carbono y dióxido de azufre.
Piensa en una botella de gaseosa cerrada. El gas está ahí, pero disuelto en el líquido; no lo ves. Mientras la tapa aguanta la presión, no pasa nada. El magma es exactamente eso: un líquido espeso con gas disuelto, sometido a una presión gigantesca por los kilómetros de roca que tiene encima.
Una erupción es lo que ocurre cuando ese gas deja de estar disuelto y necesita espacio. Si el magma sube, la presión baja, las burbujas se forman y empujan. Es la gaseosa que agitaste y abriste.
Entonces, si la erupción depende del gas y del movimiento del magma, la pregunta de fondo es otra: ¿cómo se ve, desde afuera, lo que pasa a varios kilómetros bajo tierra?
¿Qué miden los vulcanólogos para vigilar un volcán?
Nadie puede mirar dentro del Puracé. Lo que hacen los vulcanólogos es lo mismo que hace un médico con un paciente que no puede abrir: escuchar, medir y comparar con lo normal. El Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Popayán tiene decenas de estaciones alrededor de la cadena de Los Coconucos, y todas responden a tres preguntas.
¿Se está moviendo algo? Cuando el magma o el gas avanzan por una grieta, la roca cruje. Ese crujido son sismos diminutos que un sismómetro registra aunque nadie los sienta. En el Puracé, los sismos de fractura de roca están a un kilómetro bajo el cráter, y los de movimiento de fluidos a menos de dos. Es como oír, con un estetoscopio, que algo se mueve en una tubería dentro de la pared.
¿Se está hinchando la montaña? Si entra magma nuevo, el volcán se infla unos milímetros, como un globo que alguien sopla despacio. Estaciones GPS e inclinómetros miden esa deformación con precisión de milímetros.
¿Qué está respirando? Los gases que salen por el cráter y por el suelo se miden con espectrómetros, unos aparatos que leen la "huella" de cada gas en la luz. Aquí es donde el Puracé se puso raro: el dióxido de azufre se multiplicó y el dióxido de carbono en el suelo llegó a 688 partes por millón, según el SGC.
Ninguna de las tres señales, sola, dice mucho. Lo que importa es que las tres cambien juntas y en la misma dirección. Esa coincidencia es lo que subió la alerta.
¿Qué significa exactamente la alerta naranja?
La alerta naranja no significa "va a estallar". Significa, en palabras del propio SGC, que "la posibilidad de que el volcán haga erupción ahora es mayor, sin que esto signifique que vaya a ocurrir". Es una escala de cuatro colores: verde es el volcán tranquilo, amarillo es que cambió su comportamiento, naranja es que la probabilidad de erupción aumentó de forma clara, y rojo es erupción en curso o inminente.
Imagina el semáforo de tu barrio. El amarillo no te dice cuántos segundos faltan para el rojo. Te dice que dejes de acelerar. La alerta naranja es eso: una orden de prepararse, no un pronóstico de fecha.
Y por eso el episodio de noviembre a enero no fue una falsa alarma. Fue el sistema funcionando: el volcán cambió, subió la alerta, el volcán se calmó, bajó la alerta. Que no haya erupción después de una alerta naranja no es un error del científico. Es la respuesta honesta a una pregunta difícil.
¿Por qué los gases cuentan más que los temblores?
Aquí viene lo que a mí, como físico, más me gusta de todo esto, y es la idea que no esperaba cuando empecé a leer sobre el Puracé.
Uno pensaría que la señal más importante de un volcán es que tiemble. Pero los temblores te dicen que algo se mueve, no qué se mueve ni de dónde viene. Los gases sí.
La clave es que no todos los gases se disuelven igual en el magma. El dióxido de carbono se disuelve muy mal: a medida que el magma sube y pierde presión, el CO₂ es el primero en escapar, todavía a muchos kilómetros de profundidad. El dióxido de azufre y el vapor de agua se quedan disueltos más tiempo y se liberan cuando el magma ya está cerca de la superficie, a unos 5 o 10 kilómetros.
Vuelve a la gaseosa. Si abres una botella y solo sale un poco de gas, sabes que lleva días abierta. Si sale espuma a chorros, sabes que alguien la acaba de agitar. La mezcla de gases que sale del volcán es una especie de etiqueta que dice de qué profundidad viene ese magma y si está subiendo.
Un volcán no avisa con ruido; avisa con su aliento. Un aumento de CO₂ respecto al SO₂ suele leerse como señal de magma profundo que empieza a subir. Un aumento fuerte de SO₂, como el del Puracé, suele indicar magma que ya está cerca y desgasificando con fuerza. Por eso el SGC insiste tanto en el azufre y en el carbono del suelo, y no solo en los sismos.
Esto es, además, un ejemplo bonito de algo que ya discutimos en el artículo sobre inteligencia artificial: los datos no hablan solos. Un sismómetro y un espectrómetro producen números; lo que convierte esos números en una alerta es una persona que entiende la física de lo que está midiendo.
¿Se puede predecir el día de una erupción?
La respuesta honesta es: no. Y quien diga lo contrario no está leyendo al SGC, cuyo comunicado es explícito: "no es posible establecer si ocurrirá una erupción ni determinar fecha u hora".
Lo que la vulcanología sabe hacer bien es pronosticar, no predecir. Suena a lo mismo, pero no lo es. Predecir es decir "el martes a las tres". Pronosticar es decir "la probabilidad subió y estos son los escenarios". Es la diferencia entre adivinar el número de la lotería y saber que cargaste el dado. El pronóstico del tiempo funciona igual: nadie te promete lluvia a las 4:17, pero un 80 % de probabilidad te hace sacar el paraguas.
Hay una razón física para ese límite. El magma no sube por un tubo limpio sino por una red de grietas que nadie ha visto, con roca que se rompe o se sella según presiones que solo se conocen indirectamente. Dos volcanes con las mismas señales pueden hacer cosas distintas. El propio Puracé, con registros desde 1827, tiene erupciones grandes como la del 26 de mayo de 1949, que mató a 16 estudiantes del Liceo Alejandro de Humboldt de Popayán, y periodos largos de inquietud que terminaron en nada. La última erupción de tamaño considerable fue en marzo de 1977.
Lo que sí se puede decir, y el SGC lo dice, son los dos caminos posibles: el sistema se estabiliza y la alerta vuelve a amarilla, o la actividad sigue escalando hacia una erupción. Cuál de los dos, nadie lo sabe hoy. Y en mi opinión, que una institución pública lo reconozca así, en voz alta, es una señal de madurez, no de debilidad.
¿Por qué Colombia vigila tan de cerca sus volcanes?
Porque ya aprendió, de la peor manera, lo que cuesta no hacerlo.
El 13 de noviembre de 1985 el Nevado del Ruiz, en el Tolima, hizo una erupción relativamente pequeña. El calor fundió parte del glaciar y el agua, mezclada con ceniza y piedra, bajó por los ríos a unos 60 kilómetros por hora. Armero, un pueblo de unos 30.000 habitantes, desapareció bajo el lodo. Murieron más de 25.000 personas.
Lo más duro es que los científicos habían advertido. Había un informe, había un mapa de amenaza publicado semanas antes. Lo que falló no fue la ciencia; fue la cadena entre la ciencia y la gente: la comunicación, la decisión, la evacuación. Los vulcanólogos colombianos sacaron de ahí una lección que hoy define al SGC: medir no sirve de nada si el dato no llega, a tiempo y en lenguaje claro, a quien vive en la falda del volcán.
Por eso hoy Colombia tiene más de 600 estaciones vigilando 23 volcanes activos, según el propio servicio geológico, y por eso el SGC publica un boletín diario del Puracé y se reúne con los cabildos indígenas de Puracé, Coconuco y Paletará. Armero convirtió un problema de física en un problema de personas.
Qué puedes hacer tú, hoy
Si vives en Popayán, en el Cauca o en cualquier zona volcánica de la región, esto es lo que sí está en tus manos:
- Sigue solo fuentes oficiales: los boletines diarios del Servicio Geológico Colombiano, la Ungrd y tu alcaldía. Un video viral de "erupción inminente" no es un dato.
- Ubícate en el mapa de amenaza. El SGC publica cuáles zonas de Puracé, Popayán y Sotará están expuestas a flujos de ceniza y lodo. Saber si tu casa está en una de ellas cambia todo lo demás.
- Ten lista la ruta y el punto de encuentro que defina tu comunidad, y participa en los simulacros. Armero no murió por falta de datos; murió por falta de ruta.
- No subas a los cráteres de Puracé, Piocollo y Curiquinga mientras dure la alerta. La recomendación es del SGC y es la más simple de cumplir.
- Protege la respiración si cae ceniza: tapabocas, ventanas cerradas, agua cubierta.
Las personas detrás del boletín
Mientras escribo esto, en el Observatorio de Popayán hay un equipo de técnicos y geólogos que lleva más de un mes leyendo, cada hora, el aliento de una montaña. Gente como Jaime Raigosa, que coordina el observatorio, y el personal que mantiene las estaciones en páramo, a más de 4.000 metros, con lluvia y ceniza. Su trabajo no es adivinar la fecha. Es mirar números que nadie más entiende y traducirlos, en un boletín de dos páginas, para que una familia en Coconuco sepa si hoy toca preocuparse.
Y del otro lado hay comunidades que aprendieron a convivir con el volcán mucho antes de que existieran los espectrómetros. Los pueblos coconuco y puracé le tienen nombre, historia y respeto a esa montaña. La vigilancia moderna funciona cuando esas dos formas de saber se sientan en la misma mesa.
Creo que esa es la verdadera historia de gigantes aquí. No el volcán, que solo hace lo que la física le manda, sino las personas que decidieron que Armero no se repite. Eso, como ya hablamos al escribir sobre la resiliencia y la perseverancia, no se logra en una noche: se construye con décadas de estaciones, boletines y reuniones de cabildo que casi nadie ve.
¿Sabes si tu casa está en un mapa de amenaza? ¿Sabes cuál es tu ruta? Si la respuesta es no, hoy es un buen día para averiguarlo.
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6 comentarios
Gloria Luz
Muchas gracias, excelente pedagogia, importante publicar está información, clara , seria y responsable.
José Otálora
Excelente y responsable artículo. Gracias por la información.
Huberto Ortiz
Somos Piscícola el Molino HVL, empresa asociativa productora de trucha y estamos ubicados en el corregimiento de Coconuco, cabecera municipal. Nos gustaría saber qué zona de riesgo es en caso de una erupción y la ruta de evacuación.
Donde se puede consultar a diario el estado de riesgo o alerta de esas eventualidades
Gracias
Socorro pancho
Como hago para saber la ruta, si mi casa no está ahi
Blanca Inés Medina Mapallo
En la población de coconuco no hay capacitación sobre el tema del volcán purace y tampoco se le a dado a conocer a la población cuáles son los albergue en un caso de erupción del volcán ni mucho menos ayudas a las veredas más afectados
Alberto
Para tener la información más actualizada, por favor consultar https://sgc.gov.co/