¿Qué es una inmunodeficiencia? Cuando falla una pieza

David Phillip Vetter nació el 21 de septiembre de 1971 en Houston y pasó doce años dentro de una burbuja de plástico. Sus padres ya habían perdido un hijo: David Joseph III, con la misma condición, murió a los siete meses. Al segundo lo metieron en una cámara estéril al nacer, antes de que el aire de la sala lo tocara.

La NASA le construyó un traje en 1977 para que pudiera salir. Lo usó seis veces. Después le quedó pequeño y nunca estrenó el repuesto. El 21 de octubre de 1983 le trasplantaron médula ósea de su hermana Katherine, que no era compatible: un procedimiento experimental y la única carta que quedaba. El 7 de febrero de 1984 lo sacaron de la burbuja porque se había enfermado. Murió quince días después, de un linfoma de Burkitt. La autopsia encontró un virus de Epstein-Barr dormido en la médula de Katherine, invisible para las pruebas de entonces.

Ayer conté cómo funciona el sistema inmune cuando todo va bien: la bacteria entra, las dendríticas llevan el aviso, los ganglios prueban llaves al azar hasta que una encaja. David nació sin esa maquinaria. Eso abre la pregunta contraria.

¿Qué significa exactamente que a alguien «no le funcione» el sistema inmune?

No es una enfermedad: son 559

Lo primero que hay que desarmar es la idea de «tener las defensas bajas», que médicamente no significa nada. El sistema inmune no es un volumen que suba o baje. Es una cadena de pasos muy específicos, y una inmunodeficiencia es uno de esos pasos roto.

La Unión Internacional de Sociedades Inmunológicas lleva el catálogo. Su actualización de 2024 lista 508 genes y 559 cuadros clínicos distintos, repartidos en diez familias: fallas de anticuerpos, fallas combinadas de linfocitos, defectos de los fagocitos, defectos del complemento, desregulación inmune y algunas más. Desde la versión anterior, de junio de 2022, se añadieron 67 defectos nuevos.

Esas son las primarias, o errores innatos de la inmunidad: vienen escritas en el genoma. Son raras una por una. La más común, la deficiencia selectiva de IgA, aparece en cerca de 1 de cada 500 personas y muchas ni se enteran.

¿Y si el sistema inmune funcionaba y dejó de hacerlo?

Entonces hablamos de la otra mitad del asunto. A esta categoría se entra, no se nace en ella. Las inmunodeficiencias secundarias son las que provoca algo externo: una quimioterapia que arrasa la médula ósea, los medicamentos que se dan tras un trasplante, o un virus que ataca específicamente a los linfocitos.

Ese último caso es el VIH, que infecta justamente a los linfocitos T CD4: en la cadena de ayer, los que daban la orden de ataque. Según el informe especial de ONUSIDA de julio de 2026, en 2025 hubo 153.000 nuevas infecciones en América Latina y el Caribe y 32.800 muertes por enfermedades relacionadas con el sida. En América Latina las nuevas infecciones subieron un 25 % desde 2010, aunque las muertes bajaron. La Organización Panamericana de la Salud calcula que cerca de 900.000 personas con VIH en la región no reciben tratamiento, y que uno de cada tres diagnósticos llega tarde.

Esa asimetría me llama la atención. Las primarias son el objeto de estudio elegante, el que llena las revistas de genética. Las secundarias casi no se nombran, y sin embargo la línea entre «defensas normales» y «comprometidas» la cruza muchísima gente, a veces solo durante unos meses: cualquiera en tratamiento oncológico, cualquiera con un trasplante reciente. Eso también estaba detrás de buena parte de lo que pasó durante la pandemia de covid-19.

El cuerpo deja una pista, y es el microbio

Aquí es donde la cosa se pone bonita, y es lo que a mí me parece más elegante de toda esta rama de la medicina.

Si el sistema inmune fuera un volumen general, un paciente con las defensas tocadas se enfermaría de todo por igual. No pasa eso. Pasa algo mucho más raro: cada pieza rota deja su propia firma de microbios, y la firma se repite de paciente en paciente.

Imagina una fábrica con varias estaciones en línea. Si se para la que pinta, salen piezas sin pintar; si se para la que atornilla, salen piezas sueltas. Un supervisor con experiencia no necesita entrar a mirar: le basta ver qué sale defectuoso al final de la cinta. El cuerpo hace exactamente eso, solo que el producto defectuoso es una infección.

¿Puede un médico deducir el gen roto mirando las infecciones?

Buena parte de las veces, sí. Y esa es la idea que reordena todo.

Piensa en las cuatro firmas principales. Si a alguien le fallan los anticuerpos, los linfocitos B del artículo de ayer, se enferma una y otra vez de neumonías y sinusitis por bacterias encapsuladas: neumococo, Haemophilus influenzae. Llevan una cápsula resbaladiza, y la manera de agarrarlas es cubrirlas de anticuerpos. Sin anticuerpos no hay por dónde cogerlas.

Si falla la parte final del complemento, un grupo de proteínas que perforan membranas, el patrón es casi de manual: infecciones graves por Neisseria, y casi nada más. Dos meningitis por Neisseria mandan al paciente directo al estudio del complemento.

Si fallan los fagocitos, las células que se tragan al invasor, aparece la enfermedad granulomatosa crónica: el fagocito traga, pero no logra fabricar el peróxido con el que mata. Entonces sobreviven justo los microbios que traen su propia enzima para destruir peróxido, las catalasa positivas: estafilococo, Serratia, Burkholderia y el hongo Aspergillus.

Y si fallan los linfocitos T, como en el caso de David, se cae todo lo demás con ellos, porque los T coordinan. Ahí enferma cualquier cosa, incluso virus y hongos que en otro niño no harían nada.

El ejemplo más visual es el que acaba de llegar a la farmacia. En la deficiencia de adhesión leucocitaria tipo I falla un gen llamado ITGB2, que fabrica la proteína CD18. CD18 es el gancho con el que el glóbulo blanco se agarra a la pared del vaso sanguíneo para poder salirse hacia el tejido infectado. Sin ese gancho, el glóbulo blanco pasa de largo por el sitio donde lo necesitan, como si viajara en un tren que no puede frenar en la estación.

El resultado es extrañísimo: hay infección, hay muchísimos glóbulos blancos dando vueltas en la sangre y no se forma pus, porque el pus es el montón de glóbulos blancos que llegaron. A estos bebés se les cae tarde el cordón umbilical y se les infecta el ombligo. Un pediatra que conozca el cuadro lo sospecha ahí mismo.

¿Cuánto de este catálogo todavía no conocemos?

Bastante, y los que lo escriben son los primeros en decirlo. Los autores de la clasificación de 2024 advierten que, al ritmo al que se descubren defectos nuevos, su propia lista quedará desactualizada antes de llegar a imprenta. Se calcula que unos 2.000 genes participan en la inmunidad humana. Vamos por 508: alrededor de una cuarta parte.

Hay otra brecha, menos glamorosa. En Estados Unidos se estima que alrededor de 1 de cada 500 personas nace con alguna inmunodeficiencia primaria, contando las leves; pero las encuestas de hogares solo encuentran diagnosticada a 1 de cada 1.200. Esa diferencia no es biología: es gente que todavía no tiene un nombre para lo que le pasa.

Y las reglas tienen excepciones. Hay al menos un paciente descrito sin nada de CD18 que, contra todo pronóstico, sí formaba algo de pus. La firma del microbio es una pista excelente; no es un veredicto.

De la burbuja a la copia de repuesto del gen

Los tratamientos van en tres escalones, y la historia de cada uno vale la pena.

El más antiguo es reponer lo que falta. A quien no fabrica anticuerpos se le inyectan anticuerpos ajenos, cada tres o cuatro semanas, de por vida. Vienen del plasma de donantes de sangre, y ahí hay un dato que casi nadie conoce: cada lote mezcla plasma de no menos de mil donantes, y en la práctica suelen ser varios miles. Es un medicamento que no se puede fabricar si miles de desconocidos no se sientan en una silla a donar.

El segundo es el trasplante de médula ósea: cambiar la fábrica entera. Es lo que intentaron con David en 1983 y falló por un virus que nadie podía ver. Hoy funciona mucho mejor, sobre todo en los tres primeros meses de vida.

El tercero es la terapia génica, y creo que aquí conviene contar la parte incómoda antes que la triunfal. Alrededor del año 2000, un ensayo francés trató a diez niños con SCID ligado al cromosoma X. La inmunidad les volvió. Después, dos desarrollaron leucemia; hacia 2007 eran cuatro de los diez.

El vector que metía el gen bueno se había insertado cerca de un oncogén y lo había encendido. Quienes estudiaron el caso señalan que probablemente hicieron falta además otras alteraciones genéticas, así que no fue una causa única. Los ensayos se detuvieron y los vectores se rediseñaron.

Lo que vino después justifica esa pausa. En octubre de 2025, el New England Journal of Medicine publicó el seguimiento de 62 niños con una forma de SCID llamada ADA-SCID, tratados entre 2012 y 2019 con vectores de nueva generación, 33 en Estados Unidos y 29 en el Reino Unido. Con una mediana de 7,5 años: supervivencia del 100 %, supervivencia libre de evento del 95 % y ningún caso de leucemia ni de expansión clonal. Los propios autores recuerdan que el estudio no es aleatorizado ni tiene grupo control, lo cual importa al leer la cifra, por las razones que conté en cuándo un hallazgo es un descubrimiento.

El capítulo más reciente tiene seis meses. En marzo de 2026 la FDA aprobó Kresladi para la deficiencia de adhesión leucocitaria tipo I: se le sacan al niño sus propias células madre de la sangre, se les introduce una copia funcional de ITGB2 y se le devuelven. Es la primera terapia génica aprobada para ese cuadro. La aprobación fue acelerada y el beneficio clínico se confirmará con seguimiento a largo plazo: una gran noticia con letra pequeña, y la letra pequeña también es parte de la noticia.

Una gota de sangre en el talón

A David Vetter le prometieron que la cura llegaría en pocos años. Llegó cuarenta años tarde, pero llegó. Solo que sirve de poco si el niño no se diagnostica a tiempo, y ahí se juega hoy la partida.

La prueba existe y es sencilla. En la misma gota de sangre que se saca del talón del recién nacido se pueden contar unas moléculas llamadas TRECs, los restos que dejan los linfocitos T cuando se fabrican en el timo. Si no hay linfocitos T, no hay TRECs. Detectado así, con el bebé todavía sano, el SCID se trata con una supervivencia a cinco años cercana al 90 %. Detectado cuando llega la primera infección grave, la historia es otra.

En septiembre de 2022, esa prueba cubría al 100 % de los recién nacidos en Estados Unidos y Australia y al 78 % en Europa. En América Latina es la excepción. El registro de LASID, la sociedad latinoamericana de inmunodeficiencias, tenía apenas 195 casos de SCID en toda la región en marzo de 2018, y los propios inmunólogos de acá dicen abiertamente que el problema no es solo el subdiagnóstico, sino también el subregistro: casos que existen y nadie anota.

Hay gente empujando. En Chile, una revisión de la Sociedad Chilena de Infectología Pediátrica sostiene que el país tiene la capacidad técnica y le falta el programa nacional. En México, la Unidad de Investigación en Inmunodeficiencias Primarias del Instituto Nacional de Pediatría lleva años trabajando para que los TRECs entren en el tamiz neonatal.

Todo esto empezó en 1952, cuando un pediatra militar llamado Ogden Bruton atendió a un niño de ocho años que llevaba desde los dos acumulando infecciones graves. Bruton probó una técnica recién inventada, la electroforesis de suero, que separa las proteínas de la sangre en picos. En el perfil del niño faltaba un pico entero: el de las gammaglobulinas. Fue el primer caso descrito de inmunodeficiencia primaria, y es exactamente el mismo razonamiento de hoy: mirar qué le pasa al paciente y deducir qué pieza falta.

De Bruton leyendo un gráfico a una copia de repuesto de un gen pasaron setenta y cuatro años. ¿Cuánto falta para que esa gota del talón se mire igual en Bogotá, en Quito y en Ciudad de México que en Sídney?

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