100.000 centenarios en Japón: ¿cuántos son de verdad?

El lunes 15 de septiembre, Día del Respeto a los Mayores, el Ministerio de Salud de Japón anunció que el país tiene 107.677 personas de 100 años o más. Es la primera vez que un país cruza los 100.000. Son 7.914 más que el año pasado y el aumento lleva 56 años seguidos: cuando empezaron a contar, en 1963, había 153. De esos 107.677, 94.298 son mujeres. El 88 %.
La noticia salió en una docena de medios de Latinoamérica con el mismo tono de asombro, y casi todos remataron con la receta: dieta de pescado, comunidad, caminar, el «ikigai». Y yo, que vivo entre datos, me acordé de otra noticia japonesa, de 2010, que casi nadie volvió a mencionar: la del hombre más viejo de Tokio, que llevaba 32 años muerto en su cama mientras la familia cobraba su pensión.
Así que la pregunta de hoy no es la que sale en los titulares. Es esta: ¿cuántos de esos centenarios son de verdad, y qué nos dice eso sobre los «secretos de la longevidad» que nos venden?
Adelanto la respuesta corta, porque tiene dos partes que parecen contradictorias: la cifra de Japón sí es fiable. Los secretos, casi ninguno.
¿Cómo se cuenta a una persona de 100 años?
Se cuenta con un papel. Y ese papel es el problema. Para saber que alguien tiene 100 años hacen falta dos documentos separados por un siglo: uno que diga cuándo nació y otro que confirme que sigue viva hoy. Si falla cualquiera de los dos, aparece un centenario que no existe.
Piensa en el cuaderno de fiado de la tienda de tu barrio. Cada cliente que entra se apunta; cada cliente que se va, se tacha. Si nadie tacha a los que se fueron, dentro de un año el cuaderno dirá que la tienda está llena de gente, y estará vacía. Los registros de población funcionan igual: son fáciles de llenar y muy difíciles de limpiar.
Japón lo aprendió a la fuerza.
En julio de 2010 la policía fue a felicitar a Sogen Kato por sus 111 años y encontró su cuerpo momificado; llevaba muerto desde 1980. El Gobierno revisó entonces el koseki, el registro familiar que existe desde 1872, y encontró 234.354 personas nacidas antes de 1910 que nadie había tachado. Unas 77.000 tendrían más de 120 años. Y 884 tendrían más de 150.
¿Entonces la cifra de este lunes es falsa?
No, y aquí está la primera sorpresa. Los 107.677 de 2026 no salen del koseki, sino de otro registro, el de residentes, que se basa en dónde vive cada persona hoy y que los municipios verifican todos los años, en buena parte por culpa del escándalo de 2010. En aquella auditoría, el registro de residentes solo tenía 584 centenarios sin localizar, frente a los 234.354 del registro familiar. Un demógrafo lo explicó con calma en la revista Demographic Research en 2012: los fantasmas vivían en el cuaderno viejo, no en el que se usa para las estadísticas.
Además, la cifra japonesa es consistente con todo lo demás que sabemos del país: esperanza de vida altísima, sistema de salud universal desde 1961, tabaquismo en caída. Que un país así tenga 87 centenarios por cada 100.000 habitantes no es un milagro. Es aritmética. Si leíste lo que me enseñó una clínica china sobre la calidad de los datos, ya sabes por dónde va esto: el problema nunca es el modelo, es el registro.
Y esa aritmética tiene una regla que vale la pena conocer. Desde el siglo XIX se sabe que, pasados los 30 años, tu probabilidad de morir en el próximo año se duplica cada ocho años, más o menos. Es la ley de Gompertz, y es implacable: a los 100 años la probabilidad de no llegar al siguiente cumpleaños ronda entre el 30 y el 50 %. Llegar a 100 no requiere un secreto; requiere haber nacido en una generación grande y haber pasado los 80 y los 90 en un país donde cada escalón mata un poco menos que antes.
Japón mejoró cada escalón durante medio siglo. Los 107.677 son lo que pasa cuando una población entera envejece bien, no lo que pasa cuando un pueblo come algo especial.
¿Y las «zonas azules»? Aquí empieza el problema
Las zonas azules son cinco lugares del mundo, Okinawa, Cerdeña, Icaria en Grecia, Loma Linda en California y la península de Nicoya en Costa Rica, que un periodista y una fundación convirtieron desde 2005 en marca, libros, dieta y serie de Netflix. La promesa es que allí la gente llega a 100 con una frecuencia anómala, y que la causa es su estilo de vida.
En septiembre de 2024, el demógrafo Saul Newman, de University College London, recibió el primer Ig Nobel de Demografía de la historia por decir, con datos, que buena parte de eso es un artefacto. Sus hallazgos, publicados como preprints y todavía en revisión, son estos:
- En Estados Unidos, cuando cada estado empezó a expedir certificados de nacimiento, los registros de personas de 110 años o más cayeron entre un 69 y un 82 %. Nadie empezó a morir antes: simplemente se pudo comprobar la edad.
- Solo el 18 % de los «supercentenarios» del mundo tiene certificado de nacimiento. Sus fechas de nacimiento se amontonan en el día 1 de cada mes y en los días divisibles por 5, que es lo que hace alguien que se inventa una fecha, no lo que hace el azar.
- En Reino Unido, Italia, Japón y Francia, las regiones con más centenarios «excepcionales» son las que tienen más pobreza, más pobreza en la vejez, menos alfabetización, más delincuencia y peor salud. Y, lo más revelador, menos personas de 90 años. Un lugar sano produce muchos nonagenarios y algunos centenarios. Un lugar con registros malos produce centenarios sin nonagenarios.
Es como si en una carrera de 10 kilómetros hubiera un pueblo donde casi nadie cruza el kilómetro 9 pero decenas de personas aparecen en la meta. No corren más rápido. Alguien está apuntando mal la llegada.
¿Qué pasó con Okinawa y con Nicoya?
Lo que predice Newman: al mejorar los datos, la ventaja se esfuma. Okinawa era la prefectura más longeva de Japón en 1985. En 2000 sus hombres cayeron al puesto 26 de 47, y en 2020 estaban entre el 36 y el 43 según la fuente; sus mujeres salieron del top 10 por primera vez desde que hay registros. La explicación oficial es la dieta occidentalizada. Newman añade otra: Okinawa fue siempre una de las prefecturas más pobres y peor documentadas de Japón, justo el perfil donde sus datos predicen récords inflados.
Nicoya es el caso que más nos toca, y lo estudió desde adentro el mejor demógrafo de Costa Rica, Luis Rosero-Bixby, con una base de 550.000 adultos seguidos entre 1990 y 2020. Su artículo de 2023 se titula, sin rodeos, «La ventaja de longevidad de Nicoya se desvanece». Los hombres nicoyanos nacidos en 1905 tuvieron una mortalidad adulta 33 % menor que el resto de los costarricenses. Los nacidos en 1945 la tienen un 10 % mayor. La zona azul se ha encogido a un corredor entre Hojancha y la playa de Sámara, y las generaciones nuevas no muestran nada excepcional.
Con honestidad: Rosero-Bixby no dice que Nicoya fuera un fraude. Sus datos indican que los nicoyanos nacidos antes de 1930 que siguen vivos sí son personas fuera de lo común, y él mismo midió en su momento una mortalidad por cáncer 23 % menor. Lo que dice es que la ventaja fue de una generación concreta, criada con una dieta y un trabajo físico que ya no existen, y que un lugar no es una fuente de la juventud.
Costa Rica entera, dicho sea de paso, tiene una esperanza de vida de unos 81 años, comparable a la de Estados Unidos, con una fracción de su gasto. Ese sí es un dato que vale la pena imitar, y no se debe a una playa.
¿Qué sabemos y qué no?
Lo que sabemos con seguridad es poco y sólido. Que la ventaja femenina es real y enorme: 88 % de los centenarios japoneses, y unas 25 mujeres por cada hombre a los 100 años en todo el mundo. Que esa ventaja aparece ya en la infancia, así que no es solo que los hombres fumen y conduzcan peor; hay biología detrás.
Los candidatos son la segunda copia del cromosoma X, donde vive el 5 % de nuestros genes, los telómeros más largos y el efecto protector de las hormonas femeninas sobre el corazón. Pero la respuesta honesta de la literatura es que no hay un mecanismo único aceptado. Es una de esas preguntas que llevan un siglo abiertas, y si tienes una abuela de 95, ya sabes de qué lado cae la estadística.
Lo que no sabemos es si el récord humano es real. Jeanne Calment murió en Francia en 1997 con 122 años, y en 2018 dos investigadores rusos alegaron que en realidad era su hija, que habría suplantado a la madre en 1934 para no pagar impuestos de herencia. Los validadores originales respondieron con una montaña de documentos y el consenso es que el récord se sostiene. Pero que la duda haya sido razonable durante meses, sobre el caso mejor documentado de la historia, te da la medida del problema: si hasta Calment se discute, imagina los récords de un pueblo sin partidas de nacimiento.
En mi opinión, la conclusión de Newman es más incómoda que interesante, y por eso ganó un Ig Nobel y no un Nobel: el secreto de los centenarios no es una dieta; es un buen registro civil y salud pública para todos. Donde los papeles son buenos, como en Japón o en los países nórdicos, los centenarios abundan sin misterio. Donde los papeles son malos, aparecen los milagros.
Qué puedes hacer tú, hoy
No tengo una dieta que venderte, y esa es la buena noticia. Pero sí hay cosas que salen de todo esto.
- Desconfía del pueblo milagroso. Si un lugar tiene «muchísimos centenarios» pero no muchísimos abuelos de 90, sospecha de los papeles antes que de la comida. Es la misma regla que usé para saber si una noticia de ciencia es falsa: pregunta cómo se midió.
- Mira el promedio, no el récord. Que un país tenga un centenario famoso no dice nada; que su esperanza de vida a los 65 suba cada año lo dice todo. Costa Rica y Chile lideran Latinoamérica en eso, y no por una playa, sino por vacunas, agua potable y atención primaria.
- Cuida los escalones, no la meta. La ley de Gompertz manda: lo que te lleva a 100 es no morirte a los 70. Presión arterial, tabaco, movimiento y vínculos son lo que reduce la mortalidad en cada escalón, y eso sí está medido hasta el aburrimiento.
- Ten tus papeles en orden. Suena burocrático, pero un registro civil confiable es la única razón por la que sabemos algo de todo esto.
Los que cuentan a los vivos
La historia de gigantes de hoy no son los centenarios, que ya tienen bastante con serlo. Son los que se atreven a contarlos bien. Si te preguntas quién hace ese trabajo: los funcionarios japoneses que desde 2010 visitan a cada persona de 100 años para comprobar que existe, aunque la ley de privacidad les ponga trabas. Luis Rosero-Bixby, que construyó la zona azul de Nicoya con sus propios estudios en los años 2000 y tuvo la honestidad de publicar en 2023 que se estaba desvaneciendo, contra el negocio turístico de su propio país.
Saul Newman, que pasó años pidiendo registros de nacimiento en cuatro países para demostrar algo que nadie quería oír, y que lo premiaron con un galardón que hace reír primero y pensar después.
Ninguno de ellos descubrió cómo vivir más. Descubrieron cómo saber quién vive de verdad. Y sin eso, todo lo demás son cuentos.
¿Y tú? ¿Conoces a alguien que haya llegado a los 100 con los papeles en regla? Cuéntame su historia, que esa sí me interesa más que cualquier dieta.
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