¿Cómo se formó el Valle de Aburrá? El valle que se abrió de lado

Si alguna vez has llegado a Medellín por la carretera de Las Palmas, conoces la vista. De repente la montaña se abre y abajo aparece una ciudad entera metida en una cuchara: un valle de unos 60 kilómetros de largo, de apenas 3 kilómetros de ancho en Copacabana y de 8 a 10 en Medellín. Las alturas van de unos 1.300 metros en su punto más bajo hasta 2.800 en los bordes.
Yo nací en Medellín, y durante años di por hecho la explicación más obvia: un río que lleva millones de años cavando. Es lo que uno imagina mirando el río Medellín correr de sur a norte por el centro del valle.
Resulta que esa explicación se queda corta. Los geólogos de Antioquia llevan décadas estudiando este valle, y lo que encontraron es bastante más raro.
La pregunta es esta: ¿cómo se formó el Valle de Aburrá, y qué tiene que ver eso con las laderas donde vive media ciudad?
¿Qué es una falla y por qué se desliza de lado?
Empecemos por debajo de nuestros pies. La corteza de la Tierra no es una sola pieza: está partida en bloques, y las grietas entre esos bloques se llaman fallas. Como expliqué en el artículo sobre por qué tiembla tanto en Latinoamérica, Colombia está justo donde chocan varias placas, y eso llena los Andes de fallas.
No todas se mueven igual. En algunas, un bloque sube y el otro baja. En otras, los dos bloques se deslizan de lado, uno junto al otro, como dos carros que se cruzan en una carretera. Esas se llaman fallas de rumbo. Al oeste del valle pasa una de las grandes zonas de fallas del país, la de Romeral.
¿Cómo se abre un valle de lado?
Aquí está lo raro. Según una guía geológica publicada en 2003 por Jorge Julián Restrepo, Diego Rendón, Gloria Elena Toro y Juliana Estrada, el valle se empezó a formar hace unos 3 a 4 millones de años como una cuenca de tracción. En inglés se dice pull-apart: un hueco que se abre cuando dos fallas se deslizan de lado.
Hazlo tú mismo con un mantel o con una toalla. Pon las dos manos sobre la mesa, una un poco más adelante que la otra, y jálalas en direcciones opuestas. Donde las manos no quedan alineadas, la tela se estira y se forma un pliegue hundido. La corteza hace lo mismo: donde la falla da un pequeño escalón, el terreno se estira y se hunde.
Un estudio de 2022 publicado en el Boletín Geológico por investigadores de la Universidad EAFIT y de la Universidad de Florida, entre ellos Santiago Noriega-Londoño, María Paula Ruiz y María Isabel Marín-Cerón, afina la idea. El Aburrá no sería un solo hueco, sino varias cuencas que se fueron uniendo: Itagüí, Medellín, Bello y Barbosa, una detrás de otra, entre la zona de Romeral y el gran bloque de granito que llamamos el Batolito Antioqueño. Y encontraron señales de que algunas de esas fallas se han movido en los últimos miles de años. El valle no está terminado: se sigue abriendo, solo que tan despacio que ninguna generación alcanza a notarlo.
¿Por qué las montañas suben cuando se erosionan?
Si la tectónica abrió el hueco, el agua lo excavó. Pero aquí aparece la física más bonita de toda esta historia.
La corteza de la Tierra flota sobre el manto, una capa más densa que está debajo. Flota de verdad, como un bloque de madera en el agua. A eso se le llama isostasia, y es el mismo principio de Arquímedes que explica por qué un barco flota.
Ahora imagina un barco lleno de carga. Si le quitas cajas, el barco sube. Con las montañas pasa igual: cuando la erosión les quita roca, pesan menos y la corteza rebota hacia arriba. Con las densidades típicas de la corteza y del manto, si el agua se lleva 1.000 metros de roca, el terreno rebota unos 820. El paisaje solo baja unos 180 metros.
Esto significa que la erosión no solo destruye montañas: también ayuda a mantenerlas arriba. Es una de las razones por las que las cordilleras no desaparecen aunque el agua nunca deje de llevarse roca.
Y es un proceso lento: en el Altiplano Antioqueño, la meseta que rodea el valle, un estudio de 2009 calculó que la erosión promedio de los últimos 25 millones de años fue de unos 0,04 milímetros por año, con pulsos más rápidos de 0,2 a 0,4. Parece nada, pero a 0,3 milímetros por año, en un millón de años se van unos 300 metros de roca.
¿Una cascada que camina hacia atrás?
Hay otro mecanismo que me parece fascinante. Cuando una falla se mueve y baja el nivel del río Medellín, en el lecho del río se forma un escalón, un pequeño salto. Los geólogos lo llaman knickpoint, punto de quiebre.
Ese escalón no se queda quieto. El agua que cae por él lo va comiendo desde abajo, y el salto se va corriendo río arriba, metiéndose por cada quebrada que baja de las montañas. Es una ola de erosión que camina contra la corriente.
Piénsalo como una fila de fichas de dominó que se cae al revés: el empujón empieza en el río principal y va subiendo por las quebradas. En 2008, Edier Aristizábal y Shuichiro Yokota estudiaron este proceso en la quebrada La Iguaná. Encontraron que, cuando ese escalón llega a una zona, la quebrada empieza a cortar más hondo y las laderas que antes eran estables se vuelven inestables.
Medellín vive sobre deslizamientos antiguos
Aquí está lo que nadie me contó de niño. Muchas de las laderas suaves donde está construida la ciudad no son roca firme: son depósitos de deslizamientos y flujos de lodo y escombros que bajaron de las montañas.
Y no son todos de la misma época. Un modelo de Diego Rendón, Gloria Elena Toro y Michel Hermelin los ordena en al menos cuatro etapas, como escalones. Los más antiguos están en la parte alta de las laderas y, según la datación de cenizas volcánicas atrapadas entre ellos, tienen entre 1,8 y 3,1 millones de años.
Los más jóvenes forman abanicos al pie de las montañas, y algunos tienen apenas decenas de miles de años. Todo junto es el registro de cómo respondió el valle a la última fase de levantamiento de los Andes. Además, el clima tropical húmedo descompone la roca en profundidad y la convierte en un suelo arcilloso, rico en minerales como la caolinita, mucho más débil que la roca original.
Esto no es solo geología antigua. El 27 de septiembre de 1987, unos 20.000 metros cúbicos de tierra se desprendieron del cerro Pan de Azúcar sobre el barrio Villatina y murieron unas 500 personas. El 5 de diciembre de 2010, en el barrio La Gabriela, en Bello, unos 50.000 metros cúbicos de tierra sepultaron cerca de 40 casas y murieron 84 personas. El valle sigue haciendo lo que lleva haciendo millones de años.
Lo que todavía se discute
La historia no está cerrada. Hay dos grandes modelos sobre el origen del valle, uno más tectónico y otro más erosivo, y los estudios recientes tienden a combinarlos. La edad de 3 a 4 millones de años es una estimación, no una fecha exacta, y todavía falta datar muchos de los depósitos de ladera. Tampoco hay acuerdo completo sobre cuánto se mueven hoy las fallas del valle.
En mi opinión, la conclusión honesta es que el Aburrá es un paisaje vivo: la tectónica, el agua y la gravedad siguen trabajando, solo que a un ritmo que no notamos en una vida.
Qué puedes hacer tú, hoy
- Mira la forma de tu barrio. Si vives en una ladera con forma de escalón suave, es posible que estés sobre un depósito antiguo. No es motivo de pánico, pero sí de atención.
- Consulta los mapas de riesgo. El Área Metropolitana del Valle de Aburrá y el SIATA publican información sobre amenazas y lluvias en tiempo real.
- Fíjate en las señales. Grietas nuevas en paredes o en el piso, postes inclinados o agua que brota donde antes no salía son motivos para avisar a las autoridades.
- Mira el valle con otros ojos. La próxima vez que subas en el Metrocable, del que hablé en el artículo sobre por qué Medellín tiene metrocable, recuerda que estás cruzando laderas con una historia geológica mucho más larga que la de la ciudad.
Las personas que habitan las laderas
El valle no siempre fue una ciudad, pero siempre fue un lugar para vivir. El proyecto de divulgación Proyecto AD, sobre la arqueología del Valle de Aburrá, dirigido por el antropólogo Julián Pérez, muestra que la gente vivió aquí durante unos 12.000 años antes de 1541, y no solo en el plano: también en los valles de las quebradas, los piedemontes, las laderas y las colinas. Aprovechaban el río y las quebradas, y hasta fuentes saladas. Me gusta pensar que esas personas ya sabían, a su manera, cuáles laderas eran buenas para vivir y cuáles no.
Y detrás de lo que sabemos hoy hay geólogos y geólogas que llevan décadas caminando quebradas, tomando muestras y midiendo laderas: Gloria Elena Toro, Juliana Estrada, María Isabel Marín-Cerón, Diego Rendón, Michel Hermelin, Edier Aristizábal y muchos más. Gracias a ese trabajo, entendemos por qué una ladera aguanta y otra no, como en el metro de Bogotá, donde la geología terminó decidiendo la obra.
¿Vives en una ladera del Aburrá? ¿Sabes sobre qué está construida tu casa? Te leo en los comentarios.
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