¿Los terremotos se contagian? Por qué 2026 no es un año anormal

El 24 de junio, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el centro de Venezuela con 39 segundos de diferencia; al 11 de agosto el balance oficial era de 6.301 muertos, el peor desastre sísmico del país en más de un siglo. El 10 de agosto, un sismo de 7,4 con epicentro a 103 kilómetros de profundidad bajo San José del Palmar, en el Chocó, dejó 331 muertos y más de 4.500 heridos en Colombia, según el balance del 25 de agosto. El 20 de agosto, uno de 7,2 según el Instituto Geofísico del Perú, que el USGS revisó a 6,7, sacudió Ayacucho.

Tres golpes en ocho semanas, en tres países vecinos. Los titulares hicieron lo que hacen los titulares: "oleada sísmica", "fase sísmica extraordinaria", y desde México, a nueve días del 19 de septiembre, "¿aumentan las chances de un mega sismo?".

Ya escribí sobre por qué tiembla tanto en Latinoamérica: las placas, la energía que se acumula durante décadas. Esta vez la pregunta es otra, y me la han hecho tres personas distintas esta semana: ¿un terremoto grande puede provocar otro a mil kilómetros? ¿Y es 2026 un año anormal, o solo lo parece?

Empecemos por la moneda: las rachas existen sin razón

Lanza una moneda cien veces y anota el resultado. En algún punto de esa lista vas a encontrar tres caras seguidas. Casi con seguridad: la probabilidad de que en cien lanzamientos no aparezca ni una racha de tres es diminuta. Y sin embargo, si te muestro solo el pedazo de la lista donde están las tres caras, tu cerebro dirá "esa moneda está cargada".

Ese es el sesgo que nos interesa, y confieso que a mí también me pasa. Los humanos venimos de fábrica con un detector de patrones que no sabe apagarse. Sirve para ver un jaguar entre las hojas; sirve fatal para leer una tabla de sismos. Ante tres eventos seguidos, buscamos la causa que los une, y si no la hay, la inventamos.

Los terremotos grandes son, para efectos prácticos, una moneda muy lenta. Según los registros del USGS desde 1900, el planeta produce unos 16 sismos de magnitud 7 o más al año: quince de magnitud 7 y uno de 8 o más. Unos años son 6, como 1989; otros son 23, como 2010. El USGS lo dice con estas palabras: "un aumento o disminución temporal de la sismicidad es parte de la fluctuación normal".

¿Cuántos "tres seguidos" caben en un año normal?

Hagamos la cuenta que casi nadie hace. Dieciséis sismos grandes al año son, en promedio, casi dos cada seis semanas. Si los sismos cayeran al azar a ese ritmo, como gotas de un grifo que gotea, la probabilidad de que una ventana cualquiera de seis semanas traiga tres o más es de alrededor del 28 %. Casi uno de cada tres periodos de seis semanas del planeta tiene "tres terremotos grandes". No es una señal. Es el ruido de fondo de la Tierra.

Piensa en las gotas del grifo. Caen a un ritmo constante en promedio, pero nunca exactamente cada cinco segundos: a veces tres casi juntas, luego un silencio largo. Nadie diría que las tres gotas juntas se "contagiaron". Los sismos grandes hacen lo mismo, con la diferencia de que cada gota mata gente, y por eso el silencio largo se nos olvida y las tres juntas se nos graban.

Sudamérica es más difícil de descartar, y no voy a hacer trampa. Aquí sí fue un año alto: tres sismos de magnitud 7 en dos meses en una sola región no es lo habitual. Pero tampoco es inédito. Un recuento publicado esta semana por Primicias, de Ecuador, sitúa a 2026 entre los doce años con más sismos de magnitud 7 en Sudamérica desde 1900: 1960 tuvo siete, 1987 tuvo cinco, 2010 tuvo cuatro. Doce años de 126 es, más o menos, uno de cada diez. Un año como este toca una vez por década.

Después la física: qué puede viajar mil kilómetros y qué no

Aquí es donde la estadística y la geología se dan la mano. Un terremoto sí afecta a sus vecinos: al romper una falla, redistribuye el esfuerzo en la roca de alrededor, como cuando quitas un ladrillo de una pila y los de al lado quedan cargando más. Eso explica las réplicas (Colombia lleva más de 325) y explica que a veces una falla vecina se rompa semanas después. Pero ese empujón se apaga rápido con la distancia: a más de 300 kilómetros, el cambio de esfuerzo que deja un sismo grande es menor que el que producen las mareas cada día.

¿Y a mil kilómetros? Ahí lo que llega no es el empujón, sino la onda: el temblor mismo, viajando por la corteza. Y las ondas de un sismo enorme sí pueden disparar sismos, pero pequeños, y solo en zonas que ya estaban al borde: tras el terremoto de Landers, en California, en 1992, hubo enjambres de sismos chicos hasta a 1.250 kilómetros, casi todos en zonas geotérmicas o volcánicas. Es como pasar en camión junto a un castillo de naipes: puede tumbar el que ya estaba a punto de caer, pero no construye uno nuevo.

Nadie ha documentado que un sismo de magnitud 7 dispare otro de magnitud 7 a mil kilómetros. El Servicio Geológico Colombiano lo resumió en agosto: la ciencia actual no cuenta con mecanismos probados que permitan afirmar que un terremoto desencadena otro a miles de kilómetros.

Y los tres de este año, además, ni siquiera se parecen. El de Venezuela fue somero, a 10 kilómetros, en fallas de deslizamiento horizontal entre la placa del Caribe y Suramérica, que se mueven unos 2 centímetros al año. El de Colombia ocurrió a 103 kilómetros de profundidad, dentro de la placa de Nazca que se hunde bajo el continente a 5 o 6 centímetros al año. Distintas placas, distinta profundidad, distinto tipo de rotura. Andrés Folguera, de la Universidad de Buenos Aires, lo dijo con la prudencia justa: "probablemente no están relacionados".

El giro: lo raro no es que pase, es que lo veas

Esto es lo que a mí me reordenó la cabeza cuando aprendí estadística en serio, y es la idea que me gustaría que te lleves.

Si antes de junio me hubieras preguntado "¿cuál es la probabilidad de que entre el 24 de junio y el 20 de agosto haya tres sismos de magnitud 7 en Venezuela, Colombia y Perú?", la respuesta habría sido: bajísima. Pero nadie hizo esa pregunta antes. La pregunta se hizo después, mirando los tres sismos, y eligiendo la ventana y los países justo para que los tres cupieran. Eso se llama, en mi oficio, buscar en todas partes: si dejas que los datos elijan la pregunta, siempre encontrarás una coincidencia asombrosa, porque hay millones de coincidencias posibles y solo hace falta que ocurra una.

México lo sabe mejor que nadie. Tres terremotos grandes un 19 de septiembre, en 1985, 2017 y 2022. Víctor Hugo Espíndola, del Servicio Sismológico Nacional, lo comparó con "sacarse la lotería tres veces". Y tiene razón en la cifra: la probabilidad de esa fecha exacta es minúscula. Pero la probabilidad de que alguna fecha del calendario acumule tres sismos grandes en cuarenta años, en un país que tiene uno de magnitud 7 cada dos años, no es minúscula en absoluto. Es el mismo truco de la moneda: te muestran el pedazo de la lista donde están las tres caras. Como dijo Ana Meda, de la Facultad de Ciencias de la UNAM, "los eventos poco probables ocurren".

Los terremotos no se contagian. Lo que se contagia es la atención. Después de Venezuela, cada sismo de la región sale en portada; el mismo sismo en un año tranquilo sería un párrafo. Y el catálogo mundial crece cada año, dice el USGS, "no porque haya más sismos, sino porque hay más instrumentos". Colombia sola registra unos 2.500 al mes con más de 224 estaciones. Vemos más, no tiembla más.

¿Qué no sabemos?

Bastante, y me parece justo decirlo, porque en mi opinión aquí es donde la divulgación suele hacer trampa. Que no exista un mecanismo probado de contagio a mil kilómetros no significa que esté probado que no existe; en ciencia esas dos cosas son distintas. Hay grupos que estudian si las ondas de un gran sismo pueden adelantar unos años la rotura de una falla lejana que ya estaba madura, y la evidencia es sugerente para sismos pequeños y nula, por ahora, para grandes. Folguera dijo que en las próximas semanas saldrán artículos discutiendo posibles conexiones entre Venezuela y Colombia; cuando salgan, este texto se actualizará.

Tampoco sé, ni sabe nadie, si a México le toca este 19 de septiembre. La estadística no dice "no va a pasar". Dice que la probabilidad de un sismo grande ese día es la misma que cualquier otro día del año, y que esa probabilidad, en México, nunca es cero.

Qué puedes hacer tú, hoy

  • Cuando leas "efecto dominó" o "fase sísmica extraordinaria", pregunta: ¿cuántos sismos de magnitud 7 lleva el año en el mundo? Si la cifra anda entre 10 y 20, es un año normal. Al 17 de agosto iban 11.
  • Cambia el miedo por preparación, que es lo único que sí reduce muertes: kit de emergencia, punto de encuentro, y saber si tu edificio cumple la norma sismorresistente. Lo desarrollé en el artículo sobre terremotos.
  • Haz el experimento de la moneda con tus hijos: cien lanzamientos en una hoja. Que encuentren la racha más larga. Explica más de estadística que cualquier clase.
  • Desconfía de cualquiera que "predijo" un sismo. Nadie puede. Ni el SGC, ni el USGS, ni una app.

La gente que cuenta, no la que asusta

En cada uno de los tres países hay un edificio donde alguien mira sismogramas a las tres de la mañana: el Servicio Geológico Colombiano en Bogotá, el Instituto Geofísico del Perú en Lima, Funvisis en Caracas. Su trabajo no es predecir, que es imposible, sino contar bien: dónde, a qué profundidad, de qué magnitud, cuántas réplicas. De ese conteo aburrido sale el único conocimiento útil que tenemos, y también la calma: saber que 11 sismos grandes al 17 de agosto es un año normal es algo que solo puedes afirmar si alguien lleva contando desde 1900.

Y están los que, en lugar de asustarse, revisan. Los ingenieros que después del sismo del Chocó inspeccionaron colegios y hospitales en Pereira, Cali y Medellín. Los que en Ayacucho subieron a los cerros para ver qué laderas quedaron flojas antes de las lluvias. Los que, en Venezuela, siguen contando desaparecidos dos meses después, porque una cifra bien contada también es una forma de respeto. De eso hablé cuando escribí sobre cómo saber si una noticia de ciencia es falsa: la diferencia entre el miedo y el conocimiento casi siempre es alguien que se tomó el trabajo de contar.

¿Cuál fue la última racha que viste en tu vida y que, mirándola de nuevo, era solo la moneda?

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