¿Por qué el mundo entero depende de los chips de Taiwán?

El 7 de octubre de 2026, Samsung estimó que había ganado unos 80.200 millones de dólares en un solo trimestre, casi nueve veces más que un año antes. Si se confirma, será el mayor beneficio trimestral que haya reportado una empresa tecnológica. Esa misma semana, la taiwanesa TSMC también reportó ventas récord. La razón de las dos cifras es la misma: el mundo entero está comprando chips para inteligencia artificial, y no hay suficientes.

Ahora mira de dónde salen. TSMC, una sola empresa en una isla algo más pequeña que los Países Bajos, se llevó en 2025 el 69,9 % de todo lo que el mundo pagó por fabricar chips por encargo. Y cuando la industria contó, con datos de 2019, dónde estaba la capacidad para hacer los chips más avanzados, la respuesta fue tajante: 92 % en Taiwán, 8 % en Corea del Sur. En ningún otro lugar.

Tu celular y el servidor que responde cuando le hablas a una IA dependen de lo que pasa en unas pocas fábricas de Taiwán.

La pregunta es esta: ¿por qué casi todos los chips avanzados del mundo salen de una sola isla, y por qué nadie ha podido copiarla?

¿Qué es un chip, en realidad?

Un chip es una ciudad de interruptores. Cada interruptor, un transistor, deja pasar o no la corriente, y eso es un 1 o un 0. Un procesador moderno tiene miles de millones de ellos en un pedazo de silicio del tamaño de una uña.

Piensa en el interruptor de la luz de tu cuarto. Encendido o apagado: un dato. Ahora imagina tantos interruptores conectados entre sí que, prendiendo y apagando en el orden correcto, suman, comparan y deciden. Eso es todo lo que hace una computadora. En el artículo sobre si la IA es peligrosa conté que un modelo de lenguaje es una secuencia enorme de multiplicaciones y sumas. Este es el lugar donde ocurren.

Mientras más pequeños son los interruptores, más caben, más rápido van y menos energía gastan. Por eso, durante sesenta años, toda la industria ha hecho una sola cosa: encogerlos.

¿Cómo se dibuja algo tan pequeño?

Con luz. Los transistores no se ensamblan uno por uno: se imprimen, capa por capa, proyectando luz a través de una plantilla sobre una oblea de silicio cubierta con una resina sensible, como se revelaba antes una foto.

Si alguna vez estampaste una camiseta con plantilla y aerosol, ya conoces el principio. Y conoces el límite: no puedes pintar una línea más fina que el chorro de pintura. Con la luz pasa igual. Para dibujar detalles más pequeños necesitas una luz de longitud de onda más corta, un "chorro" más fino.

La luz que se usa hoy para los chips más avanzados se llama ultravioleta extrema, EUV por sus siglas en inglés, con una longitud de onda de 13,5 nanómetros, casi rayos X. Y fabricarla es, en mi opinión, una de las cosas más absurdamente difíciles que hace la humanidad. Según ASML, la empresa que construye estas máquinas, un láser dispara dos pulsos contra una gota de estaño en pleno vuelo, la vaporiza, y el estaño convertido en plasma emite esa luz. Lo hace hasta 50.000 veces por segundo.

No termina ahí. La luz EUV la absorbe todo, incluso el aire, así que todo su recorrido ocurre en alto vacío. Y como ningún vidrio la deja pasar, no hay lentes: se guía con espejos especiales.

Aquí aparece el primer dato sorprendente. ASML no es taiwanesa. Es neerlandesa, de Veldhoven, en los Países Bajos, el país donde vivo, y hoy es la única empresa del mundo que fabrica estas máquinas. Las nuevas de alta apertura cuestan unos 400 millones de dólares cada una.

Si las máquinas se venden, ¿por qué no se copia la fábrica?

Porque la máquina es solo el comienzo. Una fábrica de chips de punta cuesta más de 20.000 millones de dólares, y el dinero tampoco es lo más difícil.

Estados Unidos lo está intentando. TSMC ya comprometió 265.000 millones de dólares en Arizona para diez fábricas. Pero, según estimaciones de la industria, construir allá cuesta el doble y tarda el doble que en Taiwán, y la segunda fábrica de Arizona, la de chips de 3 nanómetros, recién empezará a producir en volumen en 2027.

Entonces, si tienes el dinero y puedes comprar las máquinas, ¿qué es lo que falta? Para responder hay que desmontar una palabra que aparece en cada anuncio de celular.

¿Qué significa de verdad "3 nanómetros"?

Nada que puedas medir. Esa es la sorpresa: en un chip de "3 nanómetros" no hay nada que mida 3 nanómetros. El nombre es una etiqueta comercial para decir "esta generación es mejor que la anterior".

Según la hoja de ruta de la industria que publica el IEEE, en un nodo de "3 nanómetros" la distancia entre dos puertas de transistores vecinos es de unos 48 nanómetros, y la puerta de los transistores del proceso N3 de TSMC mide alrededor de 12. El nombre y la medida real se separaron hace más de una década, entre 2011 y 2014, y nunca volvieron a juntarse.

¿Por qué importa? Porque cambia la pregunta. Si la ventaja de Taiwán no es un número mágico de nanómetros, ni una máquina que se puede comprar en Holanda, entonces es otra cosa. Lo que el mundo no puede copiar de Taiwán no es una máquina. Es la práctica.

Imprimir una capa no sirve de nada si sale mal en una de cada diez obleas. Un chip lleva muchas capas alineadas entre sí con precisión de nanómetros, y basta una mota de polvo para arruinarlo. Lo difícil es que millones de chips salgan bien, día tras día. Eso se llama rendimiento, y no viene en un manual: lo acumulan miles de ingenieros y técnicos que llevan décadas ajustando miles de detalles. Es como la diferencia entre tener la misma cocina que un gran restaurante y cocinar como ellos cada noche, para mil personas, sin una sola falla.

¿Qué tan frágil es esta dependencia?

Bastante, y no hace falta especular para verlo. El 3 de abril de 2024, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió Hualien, en el este de Taiwán. TSMC evacuó sus líneas de producción y estimó pérdidas de unos 60 millones de dólares. El susto mostró lo que todos saben: Taiwán está sobre un borde de placas tectónicas, como buena parte de Latinoamérica.

A eso se suma la tensión política entre Taiwán y China, que no voy a analizar aquí porque no es mi campo. Basta con decir que es la razón por la que gobiernos de todo el mundo están pagando para tener fábricas en casa.

Lo que no se sabe es si eso alcanzará. Hasta donde sé, nadie tiene una buena estimación de cuántos años y cuántas personas formadas hacen falta para replicar en otro país lo que Taiwán construyó en casi cuatro décadas. Mi opinión es que el cuello de botella no será el dinero ni las máquinas, sino la gente.

Qué puedes hacer tú, hoy

  • No compres por nanómetros. Cuando un anuncio presuma "2 nm" o "3 nm", recuerda que es un nombre comercial. Compara pruebas de rendimiento y consumo de batería, no la etiqueta.
  • Entiende por qué suben los precios. Si la memoria o la tarjeta gráfica que querías se encareció este año, buena parte de la explicación está en el récord de Samsung: los centros de datos de IA están comprando todo. De su hambre de energía hablé en el artículo sobre el centro de datos en el espacio.
  • Si tienes hijos o estudiantes con curiosidad, muéstrales esta industria. Física de materiales, óptica, química y electrónica: la falta de técnicos formados es justo el cuello de botella.
  • Mira a Latinoamérica con atención. Intel anunció que su planta de ensamble y prueba en Costa Rica pasará a Vietnam y Malasia antes de que termine 2026. Las fábricas se van adonde está la práctica acumulada, y esa práctica también se puede construir aquí.

Las personas detrás de la isla

En 1987, Morris Chang tenía 55 años y una carrera larga en Texas Instruments, en Estados Unidos. Ese año fundó TSMC en Taiwán, junto con el gobierno de la isla y su instituto de investigación industrial, con una idea que entonces parecía rara: una empresa que no diseñara chips propios, sino que fabricara los de los demás. Hoy buena parte de los chips de inteligencia artificial del mundo pasan por esa decisión.

Pero la isla no es solo una persona. Son los técnicos que en Hualien volvieron a encender las líneas después del terremoto. Los ingenieros de Veldhoven que lograron que una gota de estaño brille como una estrella 50.000 veces por segundo. Y los miles de trabajadores costarricenses que durante años ensamblaron y probaron chips de Intel, y que saben de esto más de lo que cualquier etiqueta de nanómetros podrá decir.

¿Crees que un país de Latinoamérica podría construir esa práctica? ¿Cuál, y por dónde empezaría?

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