¿Un centro de datos en el espacio? El problema es el calor

El 1 de octubre de 2026, a las 11:32 de la mañana hora de California, un Falcon 9 despegó de la base de Vandenberg con 130 cargas a bordo. Una de ellas era una caja del tamaño de una nevera, construida por Google con la empresa Planet, con cuatro chips de inteligencia artificial adentro. Son los primeros TPU, los procesadores que Google diseña para sus modelos, que trabajan fuera de la Tierra. El proyecto se llama Suncatcher, "atrapasoles", y Sundar Pichai lo anunció en noviembre de 2025 como un moonshot, una apuesta a largo plazo del tipo que la empresa hizo con los carros autónomos.
El satélite es modesto a propósito. Tiene paneles solares para alrededor de 1 kilovatio, lo que consume un horno microondas. Correrá Gemma, un modelo de lenguaje abierto de Google (pariente pequeño del Gemini que ya vimos hackeando empresas en un entorno de prueba), para responder preguntas sencillas desde órbita. Y hay un dato que me hizo parar: los chips solo pueden trabajar unos 15 minutos seguidos. Después tienen que apagarse y esperar a enfriarse, según contó Google a NPR el día del lanzamiento.
No es el primer intento. En noviembre de 2025 una empresa pequeña, Starcloud, puso en órbita un satélite de 60 kilos con un solo GPU Nvidia H100 y entrenó con él un modelo diminuto sobre las obras completas de Shakespeare. Google quiere ir más lejos: su documento técnico habla de racimos de 81 satélites en formación, dentro de un kilómetro de radio, conectados por láser.
Y la pregunta que me interesa no es si Google puede. Es otra: ¿por qué una máquina que en la Tierra trabaja día y noche solo aguanta 15 minutos encendida en el espacio? La respuesta cabe en una palabra que casi nadie asocia con el vacío: calor.
¿Para qué quiere Google poner chips en órbita?
Por energía y por agua. Según la Agencia Internacional de Energía, los centros de datos consumieron unos 415 teravatios-hora en 2024, cerca del 1,5 % de la electricidad del mundo, y la agencia proyecta que la cifra pase de 900 en 2030, empujada por la IA. Y eso ya se siente en Latinoamérica, donde la electricidad depende de que llueva.
En Chile, el Segundo Tribunal Ambiental anuló en parte, en febrero de 2024, el permiso de un centro de datos de Google en Cerrillos, Santiago, por dudas sobre su efecto en el acuífero; la empresa terminó rediseñándolo para enfriar con aire. En Querétaro, donde operaban más de quince centros de datos a finales de 2025, los vecinos se quejan de sus pozos y de sus apagones.
Ahí entra el Sol. Un panel solar en tierra pasa la mitad del día a oscuras y buena parte del resto bajo nubes. Un satélite en cierta órbita, la que los ingenieros llaman "amanecer-anochecer", va siempre por la línea donde la noche se encuentra con el día, y casi nunca entra en la sombra de la Tierra. El documento de Google calcula que un panel allí recibe hasta ocho veces más energía al año que uno en latitudes medias. Es como tener una ventana por la que nunca anochece.
La idea suena redonda: energía continua, cero agua, cero vecinos. ¿Dónde está el problema? Para verlo hay que entender cómo se enfría cualquier computador, incluido el que tienes en las manos.
¿Cómo se enfría un computador en la Tierra?
Un chip convierte casi toda la electricidad que recibe en calor. Un procesador de IA moderno disipa cientos de vatios en una pastilla de silicio de pocos centímetros cuadrados: es como concentrar el calor de una plancha en el área de una estampilla. Si ese calor no sale, el chip se destruye en segundos. Todo el diseño de un centro de datos gira alrededor de sacarlo.
El calor solo sabe viajar de tres maneras, y las tres las conoces de la cocina. La primera es la conducción: dejas una cuchara metálica en la sopa y el mango se calienta, porque el calor pasa de átomo a átomo por el metal. La segunda es la convección: soplas la sopa y se enfría, porque el aire que se mueve se lleva el calor consigo.
La tercera es la radiación: acercas la cara a una estufa encendida y sientes el calor sin tocar nada, porque viaja como luz, en este caso luz infrarroja que el ojo no ve.
Un centro de datos en la Tierra usa las dos primeras a fondo. El calor sale del chip por conducción hacia una placa metálica, y de ahí lo recoge un flujo de aire o de agua por convección. Por eso los centros de datos tienen ventiladores enormes y torres de enfriamiento, y por eso gastan agua: evaporar agua es la manera más barata de lanzar calor a la atmósfera. El agua de Cerrillos y de Querétaro no se la beben los chips. Se la lleva el calor.
¿Qué le pasa al calor en el vacío?
En el espacio no hay aire. Sin aire no hay convección, y sin algo que toque al satélite tampoco hay conducción hacia afuera. De las tres formas de mover calor, al satélite le queda una sola: radiar.
Aquí viene lo que para mí es el corazón del asunto, y lo contraintuitivo. Pensamos que el espacio es frío. Lo es si hablas del fondo del cosmos, a casi 270 grados bajo cero. Pero en órbita baja casi no hay partículas que toquen al satélite, y sin ellas no hay nada que se lleve el calor. Eso lo convierte en un mal lugar para enfriar una máquina. El espacio no es una nevera. Es un termo.
Piensa en un termo de café. Tiene dos paredes, y entre ellas, vacío. Ese vacío es exactamente lo que impide que el calor se escape: no hay aire que lo conduzca ni que lo transporte. Lo único que atraviesa el vacío es la radiación, y para frenarla las paredes del termo son espejadas. Un satélite es un café caliente metido en el mejor termo que existe. Neil deGrasse Tyson lo dijo esta semana en una entrevista, con su estilo: "Hay una idea muy extendida de que el espacio es frío", y la pregunta que importa es "si generas calor, ¿cómo te deshaces de él?".
Y hay un agravante que Tyson también señaló: el satélite necesita mirar al Sol para tener energía, pero del lado que mira al Sol no puede radiar nada, porque recibe más de lo que emite. Enfriar y alimentar tiran en direcciones opuestas.
¿Cuánto radiador hace falta para enfriar un chip?
Mucho más del que cabe en una nevera. La física que lo gobierna se llama ley de Stefan-Boltzmann y dice algo sencillo: cada metro cuadrado de superficie emite una cantidad de calor que depende de su temperatura y de qué tan buena emisora sea esa superficie, y de nada más. A 20 °C, la temperatura a la que quieres los chips, un metro cuadrado de radiador ideal emite unos 420 vatios por cara. Es mi cálculo con la fórmula; la realidad es peor, porque ninguna superficie es ideal y porque la Tierra y el Sol devuelven parte del calor.
La Estación Espacial Internacional, que lleva más de 25 años resolviendo este problema, rechaza hasta 70 kilovatios con seis radiadores de amoniaco de 23 por 3,4 metros, unos 475 metros cuadrados en total: en la práctica, menos de 150 vatios por metro cuadrado.
Haz la cuenta con el satélite de Google. Un kilovatio de calor pide, en el mejor de los casos, dos metros y medio de radiador por una cara; con los números reales de la Estación, casi siete. Y un centro de datos de verdad no es de un kilovatio. Un análisis publicado en Satnews en marzo de 2026 estimaba que disipar un megavatio a 20 °C necesita unos 1.200 metros cuadrados de radiador, cuatro canchas de tenis, por cada megavatio. El proyecto Campo de Datos Lampa, en evaluación ambiental en Chile desde julio de 2026, es de 100 megavatios.
Hay un truco, y es el motivo por el que una estufa al rojo calienta más que una tibia: la ley de Stefan-Boltzmann va con la temperatura a la cuarta potencia, así que un radiador más caliente emite muchísimo más. A 60 °C el área necesaria baja un 40 % en el cálculo ideal. Pero el chip tiene que estar más caliente que el radiador para que el calor fluya hacia él, los chips no toleran mucho más de 100 °C, y entre el chip y el radiador el calor tiene que viajar por conducción, a través de tubos llamados heat pipes que Google menciona en su documento. Esa cadena tiene un límite de velocidad.
Ahora entiendes los 15 minutos. El chip calienta su entorno más rápido de lo que los radiadores lo vacían. Es una olla al fuego con un chorrito de agua fría entrando: la temperatura sube y sube, y antes de que hierva, apagas el fuego. Esperas. Vuelves a encender.
Lo que me parece notable es lo que no fue el problema. Todos los que piensan en electrónica en el espacio piensan primero en la radiación de partículas, los protones del Sol y los rayos cósmicos que voltean bits y dañan transistores.
Google bombardeó sus chips con protones en un laboratorio de la Universidad de California en Davis. La memoria empezó a mostrar irregularidades a una dosis de 2 kilorads, casi tres veces lo que el satélite debería recibir en cinco años, y no hubo fallos permanentes hasta 15 kilorads, el máximo que probaron. La radiación, el villano esperado, resultó manejable. El calor, el villano aburrido, es el muro.
¿Entonces es un fracaso anunciado?
No lo sé, y desconfío de quien diga que sí lo sabe. Lo que sí puedo separar es qué parte es física y qué parte es economía.
La física no prohíbe nada. Radiadores de cientos de metros cuadrados se pueden desplegar; la Estación lo hace. Lo que la física cobra es masa: cada metro cuadrado de radiador hay que lanzarlo, y hoy lanzar un kilo a órbita baja cuesta miles de dólares.
El propio documento de Google lo admite y apuesta a que el precio baje a unos 200 dólares por kilo hacia mediados de la década de 2030, con cohetes reutilizables como Starship. Solo con ese precio, dicen, la energía en órbita saldría comparable a la de un centro de datos en tierra. Tyson, en la misma entrevista, lo resumió así: no es algo que ingenieros listos no puedan resolver, pero "el número de desafíos, comparado con hacer que un centro de datos funcione aquí en la Tierra, es enorme".
Hay objeciones que no son de costo. La órbita amanecer-anochecer que Google quiere usar es, según Mojtaba Akhavan-Tafti, investigador de la Universidad de Michigan, la autopista más congestionada de la órbita baja, y miles de satélites de cómputo allí suben el riesgo de choques. Cada satélite que termina su vida se quema en la atmósfera: el registro de Jonathan McDowell, el astrónomo que lleva la contabilidad más completa de lo que sube y baja de órbita, contó más de 900 reentradas de satélites solo en 2024, y el efecto químico de esa lluvia de metal en la alta atmósfera apenas empieza a estudiarse. Y los paneles solares se degradan en el espacio entre 0,5 y 1 % al año, según lo medido en la Estación: la ventana que nunca anochece se va empañando.
Mi opinión, por lo que vale: el satélite de Google es un experimento honesto, y los 15 minutos son el resultado más valioso que ha dado hasta ahora, porque ponen un número al problema real. Si en 2027 los dos satélites prometidos vuelan y se hablan por láser, sabremos algo sobre redes. No sabremos todavía si alguien quiere pagar por canchas de tenis en órbita.
Qué puedes hacer tú, hoy
- Cuando leas "centro de datos en el espacio", pregunta por los radiadores, no por los chips. El tamaño del radiador es la cifra que delata si el proyecto es serio.
- Si tu computador portátil se apaga solo cuando lo usas sobre la cama, acabas de vivir el problema de Suncatcher en pequeño: le quitaste la convección.
- Cuando un centro de datos pida permisos en tu ciudad, el dato que importa es cuánto calor va a sacar y con qué. El agua que consume es, en el fondo, calor que se va por evaporación. Chile puso en vigencia criterios de evaluación ambiental específicos para centros de datos en febrero de 2026.
- La próxima vez que sirvas café de un termo, recuerda que tienes un pedacito de espacio en la mano.
Las personas que miden el calor
Detrás de una caja con cuatro chips hay gente que se pasó meses en cámaras de vacío. Jessica Bloom, Travis Beals, Maria Biggs y Thomas Fischbacher firman el documento técnico de Google con Blaise Agüera y Arcas; su mérito no es prometer, es haber publicado los números feos, los kilorads y los dólares por kilo, para que cualquiera los revise.
En Planet, los ingenieros que construyeron el satélite diseñaron tubos de calor para una máquina que nadie había puesto en órbita. En Starcloud, Philip Johnston y Adi Oltean, fundadores, hicieron que un GPU escribiera versos como Shakespeare a 28.000 kilómetros por hora. Y en Cerrillos y en Querétaro hay vecinos que, sin saber de Stefan-Boltzmann, hicieron la pregunta correcta: ¿a dónde se va el calor?
Esa es la pregunta que te dejo. Cuando algo que usas todos los días se calienta, ¿a dónde se va? Si tienes una buena respuesta, o una buena duda, cuéntamela.
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