¿Por qué un apagón se extiende en cascada? La física de la red

La noche del viernes 26 de septiembre de 2026 hubo cacerolazos en Guárico, en Maracaibo y en Puerto Cabello, en Venezuela, y Achaguas pasó más de tres horas a oscuras. El motivo era el mismo en los cuatro sitios: otra vez se había ido la luz. El 15 de septiembre las fallas habían tocado ocho estados a la vez, sin explicación oficial. Y el 20 de septiembre se supo que en Guri, la central que produce cerca del 60 % de la electricidad del país, la unidad 17 se había roto por dentro, arrastró a la unidad 15, y el sistema perdió más de 1.200 megavatios de golpe.
Venezuela no es un caso aislado, solo es el más largo. El 25 de febrero de 2025, a las 15:15, una línea de 500.000 voltios se abrió en el norte de Chile y en cuestión de minutos el 98,5 % del país estaba a oscuras: 19 millones de personas, siete horas. El 28 de abril de 2025, a las 12:33, España perdió 15.000 megavatios, el 60 % de lo que estaba generando, en cinco segundos. Más de 50 millones de personas sin luz en la península.
Tres países, tres detonantes distintos: una máquina rota, una línea que se abre, una subida de tensión. Y el mismo final. Eso es lo que me interesa.
La pregunta es esta: ¿por qué la falla de una sola máquina o de una sola línea puede apagar un país entero, y tan rápido?
¿Por qué la red eléctrica es una sola máquina?
Porque todos los generadores de un país giran sincronizados, al mismo ritmo exacto, y lo que sale de tu enchufe es ese ritmo compartido. En casi toda América ese ritmo es de 60 vueltas por segundo, 60 hercios; en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, 50.
Imagina una cuerda de saltar gigante que hacen girar cientos de personas a la vez, cada una desde su ciudad, mientras millones de niños saltan dentro. Mientras todos giren al mismo compás, la cuerda pasa limpia. Si un grupo se cansa y afloja, la cuerda pierde ritmo para todos, no solo para ese grupo. No existe "su tramo" de la cuerda. Es una sola.
Eso es lo primero que hay que entender de un apagón: no hay una central que alimenta tu barrio. Hay una máquina del tamaño de un país, con turbinas en Guri, en el Cauca o en el Biobío girando al unísono, y tú estás enchufado a la máquina entera. En el artículo sobre los embalses conté de dónde sale la energía. Hoy va de cómo se reparte, y de por qué el reparto puede romperse en segundos.
¿Qué mide la frecuencia y por qué es un termómetro del equilibrio?
La frecuencia mide si en este instante se está produciendo exactamente tanta electricidad como se consume. Si sobra generación, las máquinas se aceleran y la frecuencia sube. Si falta, se frenan y la frecuencia baja. Y "en este instante" no es una manera de hablar: la electricidad casi no se almacena, así que el equilibrio tiene que cumplirse cada fracción de segundo.
Piensa en una bicicleta con dinamo, de esas que encienden el farol al pedalear. Con un farol, pedaleas cómodo. Si alguien conecta tres faroles más sin avisarte, los pedales se ponen duros y, si no empujas más fuerte, la rueda se frena. La velocidad de esa rueda es la frecuencia de la red. Que cada bombilla del país esté a 60 hercios significa que, sumados todos los pedales y todos los faroles, la rueda gira a la velocidad correcta.
¿Y por qué no se cae la rueda al primer farol que se enchufa? Porque las turbinas pesan cientos de toneladas y, como cualquier cosa pesada que gira, no se frenan de golpe. A esa resistencia al cambio los ingenieros la llaman inercia, y es la reserva de segundos que tiene la red para reaccionar. Cuanta más masa girando, más despacio cae la frecuencia cuando falta generación. Es como la diferencia entre frenar una bicicleta y frenar un tren: el tren te da tiempo.
Ese tiempo es de segundos. No de minutos. Y ahí empieza el problema.
¿Qué hacen las protecciones cuando la frecuencia cae?
Cortan. Primero cortan barrios, después cortan plantas enteras. Y lo hacen solas, sin que ningún operador tenga tiempo de decidir.
Cada línea, cada transformador y cada generador tiene relés, unos vigilantes automáticos que miden frecuencia, tensión y corriente, y que desconectan el equipo cuando el valor se sale del rango que puede aguantar. Son como el fusible de tu casa, pero con una regla de oro: su trabajo es salvar la máquina, no mantenerte la luz.
Cuando falta generación y la frecuencia empieza a caer, la primera defensa es apagar consumo a propósito: se llama deslastre de carga, y va por escalones. En Estados Unidos, por ejemplo, a 59,5 hercios se desconecta automáticamente un porcentaje de la demanda, a 59,3 otro, a 59,1 otro más. Es sacrificar barrios para que la rueda no se frene del todo. Si eso no basta y la frecuencia sigue bajando, los relés de los generadores los sacan de la red para que no se dañen. Y aquí la lógica se vuelve contra sí misma: cada generador que se va para protegerse deja un hueco más grande, la frecuencia cae más rápido, y el siguiente generador se va también.
Ese encadenamiento es lo que en los informes se llama cascada. Y la velocidad a la que ocurre es la que explica que un país se apague en el tiempo que tardas en leer esta frase.
¿Por qué un apagón nacional no es la red fallando?
Porque es la red protegiéndose. Este es, para mí, el giro que reordena todo: un apagón en cascada no es un fallo de las protecciones; es su éxito. Cada máquina que se salva empuja a la siguiente al abismo.
Mira los tres casos con esa lente.
En Chile, la línea Nueva Maitencillo – Nueva Pan de Azúcar, que llevaba unos 1.800 megavatios, se abrió durante unos trabajos no autorizados sobre las comunicaciones de sus protecciones. El país quedó partido en dos islas eléctricas. La isla del sur, sin poder frenar la caída de frecuencia, colapsó unos cinco segundos después de la separación. La del norte aguantó cuatro minutos. En el camino, unos 1.200 megavatios de generación se desconectaron antes de tiempo, según el informe del Coordinador Eléctrico Nacional, y aceleraron la cascada. Cada uno de esos relés hizo lo que estaba programado para hacer.
En España pasó al revés y terminó igual. No faltó generación: subió la tensión. Hubo dos tandas de oscilaciones media hora antes, y a las 12:33 una subida de tensión rápida hizo que plantas enteras se desconectaran para protegerse, 15.000 megavatios en cinco segundos. Francia cortó las interconexiones para que la cascada no cruzara los Pirineos. El informe final europeo, de marzo de 2026, lo llama un fallo multifactorial del control de tensión y lo califica de "técnicamente corregible".
En Venezuela, el gran apagón de marzo de 2019 empezó con un incendio de matorral bajo las líneas de 765.000 voltios que salen de Guri. Dos de las tres líneas se fueron; la tercera se sobrecargó y se fue también; las turbinas de Guri, de pronto sin carga, se embalaron, y sus protecciones las sacaron. Más de 80 horas sin luz en todo el país. Un incendio, una línea, dos máquinas, un país: la misma escalera que en Chile, con otro primer escalón.
Vuelve a la cuerda de saltar. Cuando un grupo afloja, los demás no pueden sostener la cuerda a la fuerza sin lastimarse los brazos. La sueltan. Y cada mano que suelta hace más pesada la cuerda para las que quedan.
¿Entonces por qué se apaga Venezuela cada semana y Colombia no?
La respuesta honesta es que la física de la cascada es la misma en todas partes, y lo que cambia es el margen. Un apagón es lo que pasa cuando el margen se acaba.
Margen es tener más generación disponible que demanda, de modo que perder una máquina no obligue a cortar. Es tener más de una línea entre la central y la ciudad, para que perder una no sobrecargue la otra: los ingenieros lo llaman criterio N menos 1, la red debe aguantar perder cualquier elemento sin apagarse. Es tener inercia, es decir, suficiente masa girando para que la frecuencia caiga despacio. Y es mantenimiento: la línea de Chile se abrió por trabajos mal hechos sobre sus protecciones; las líneas de Venezuela en 2019 tenían vegetación crecida debajo porque llevaban años sin desbroce; la unidad 17 de Guri, este mes, se rompió por dentro.
Con Venezuela hay que ser cuidadoso, y quiero serlo. Cerca del 60 % de su electricidad sale de una sola central, Guri, con 20 unidades instaladas en los años setenta y ochenta. Perder dos unidades y 1.200 megavatios de una vez, en un sistema que ya venía racionando entre cinco y diez horas diarias en varias regiones, es perder el margen que quedaba.
Pero de las fallas del 15 de septiembre no hay causa oficial, y no voy a inventarla. Lo que sí puedo decir es que en junio se firmó un plan para recuperar 1.000 megavatios en dos años y más de 5.000 en cuatro. Eso da la escala del agujero: no se tapa con un interruptor.
Y hay un debate abierto que no quiero esquivar: si las renovables, que no tienen turbinas pesadas girando, reducen la inercia y hacen las redes más frágiles. El informe europeo sobre España descarta que el apagón fuera solo culpa de las renovables y lo atribuye a un control de tensión insuficiente para una red que ya cambió. Mi opinión, marcada como tal: la inercia que se pierde se puede sustituir con electrónica y con baterías, pero eso hay que diseñarlo y pagarlo antes, no después del apagón. En el artículo sobre las tormentas solares pasaba igual: la red no cae por el fenómeno, cae por el margen que no se compró.
Qué puedes hacer tú, hoy
- Cuando se vaya la luz, mira el reloj. Si vuelve en segundos o minutos, fue un deslastre: la red te sacrificó para salvarse, y funcionó. Si tarda horas, algo grande se desconectó y hay que rearmar el sistema pieza por pieza.
- Distingue bajón de apagón. Las luces que parpadean o bajan de intensidad son un problema de tensión, no de frecuencia. Desenchufa nevera y equipos con motor: el bajón los daña más que el corte.
- Lee el informe, no el titular. Chile publicó 400 páginas sobre su apagón; Europa, un informe final un año después. Ahí está la escalera completa, escalón por escalón. Es el mismo consejo de cómo saber si una noticia de ciencia es falsa: la causa de un apagón nunca cabe en una frase.
- Pregunta por el margen, no por el culpable. La pregunta útil a cualquier empresa eléctrica o gobierno es cuántos megavatios de reserva hay hoy y cuántas líneas llegan a tu ciudad.
Las personas que sostienen la cuerda
En una sala de control eléctrico hay gente mirando una aguja de frecuencia las 24 horas. Cuando la aguja se mueve, tienen segundos, no minutos, y la mayoría de las decisiones ya las tomaron por ellos los relés. Su trabajo real empieza después: volver a encender un país a oscuras se llama arranque en negro, y consiste en levantar una central pequeña, usarla para energizar una línea, con esa línea arrancar una central más grande, y así, isla por isla, hasta volver a sincronizar todo a 60 hercios. Según el Coordinador, Chile tenía el 90 % de sus clientes con luz a la medianoche del mismo día. Eso lo hicieron personas.
Están también los ingenieros de la Universidad Central de Venezuela que en 2019 reconstruyeron la secuencia del apagón con la información que pudieron reunir, línea por línea, para que el país supiera qué había pasado. Y los técnicos que hoy mantienen en marcha turbinas de cuarenta años en Guri con lo que tienen a mano, mientras el plan de recuperación se firma en oficinas lejos de la casa de máquinas.
Y están los que salieron con una cacerola la noche del 26. No saben de relés ni de hercios, y no tienen por qué. Saben que la cuerda dejó de girar, y que alguien tiene que volver a agarrarla.
¿Cuánto duró el último apagón en tu ciudad, y te dijeron alguna vez por qué?
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