¿Se puede encontrar sangre de dinosaurio? El fósil de Brasil

Un hueso fósil de la pata de un dinosaurio pequeño, con un corte que deja ver poros de tono óxido, sobre una mesa de laboratorio gris junto a una losa de caliza, un portaobjetos con una lámina de hueso, unas pinzas y un microscopio
Imagen generada con IA

En 2008, en una mina de yeso cerca de Santana do Cariri, en el estado brasileño de Ceará, apareció la pata trasera de un dinosaurio pequeño: unos 3 metros de largo, 34 kilos y alrededor de cuatro años de edad cuando murió, hace unos 115 millones de años. En 2016 el fósil viajó al Museu Nacional, en Río de Janeiro.

La noche del 2 de septiembre de 2018, ese museo se quemó. Tenía unos 20 millones de piezas y perdió cerca del 90 %. La pata estaba en otro edificio y se salvó. En 2020, Juliana Sayão, Alexander Kellner y su equipo la describieron como una especie nueva y la llamaron Aratasaurus museunacionali: en tupí, ara es «nacer» y atá, «fuego». El reptil nacido del fuego.

El 2 de noviembre de 2026, un equipo dirigido por Kliti Grice, especialista en geoquímica de la Universidad Curtin, en Australia, publicó en la revista PNAS lo que encontró dentro de esos huesos: estructuras microscópicas con forma de célula, metidas en los canales por donde corría la sangre, y en ellas, rastros químicos de heme, la pieza de la hemoglobina que lleva el hierro.

¿De verdad puede quedar sangre en un hueso de 115 millones de años?

¿Qué parte de la sangre se puede conservar?

No la sangre entera: lo que el equipo de Grice dice haber encontrado es una pieza química muy pequeña, el heme, y los moldes minerales de las células que la llevaban.

La sangre es roja por los glóbulos rojos, y los glóbulos rojos son rojos por la hemoglobina, la proteína que lleva el oxígeno. Imagina la hemoglobina como un camión con cuatro ganchos. Cada gancho es un heme: un anillo de carbono y nitrógeno con un átomo de hierro en el centro, y ese hierro es el que agarra la molécula de oxígeno. El camión es grande y frágil; los ganchos son pequeños y duros. La analogía cojea en algo: el camión no es pasivo, cambia de forma cuando agarra el primer oxígeno y eso facilita los siguientes.

Cuando un animal muere, el camión se desarma rápido. La proteína es una cadena larga de piezas, y las cadenas largas se cortan. El anillo del heme resiste mucho más.

¿Por qué dura más un anillo que una cadena?

Porque para destruir una cadena basta un corte, y un anillo pequeño y rígido tiene pocos puntos débiles.

Piensa en un collar de perlas y en un anillo. Al collar le cortas el hilo en un punto y ya no es un collar. El anillo puede pasar siglos en un cajón. El ADN es el collar más largo de todos: millones de piezas en fila, y la información está en el orden. Cada corte borra un poco.

En 2012, un equipo dirigido por Morten Allentoft midió ese desgaste en 158 huesos de moa, un ave gigante de Nueva Zelanda, fechados con carbono 14. Calcularon que, en unos 521 años, la mitad de los fragmentos de un tramo de 242 piezas ya está rota. A −5 °C, en el mejor de los casos, no quedaría ningún enlace en unos 6,8 millones de años, y el ADN dejaría de ser legible mucho antes, quizá hacia 1,5 millones. El ADN más antiguo recuperado hasta ahora tiene unos 2 millones de años y salió de sedimentos de Groenlandia. Este hueso tiene 115 millones.

Los anillos aguantan mucho más. En los años treinta, el químico alemán Alfred Treibs encontró en el petróleo y en rocas sedimentarias moléculas con forma de anillo muy parecidas a la clorofila y al heme. Fue una de las pruebas de que el petróleo viene de seres vivos, y fundó una disciplina, la geoquímica orgánica, que es justo la de Grice.

Así que la química dice que el heme puede durar. La pregunta difícil es otra: cómo saber que ese heme vino del dinosaurio.

¿Cómo se sabe que es heme del dinosaurio?

Con varias pruebas que apuntan al mismo sitio: la forma, los elementos y las moléculas, todos dentro de los canales del hueso.

Primero, el microscopio. El equipo vio estructuras ovaladas dentro de los canales vasculares, los túneles por los que pasaban los vasos sanguíneos, y no en la roca de alrededor. Ese detalle importa: si vinieran del suelo, lo normal sería encontrarlas también en la roca.

Segundo, el mapa de elementos. En esas estructuras hay hierro, carbono y nitrógeno juntos, que son los ingredientes del heme. Es como encontrar harina, huevo y azúcar en el mismo molde: no prueba que hubo un pastel, pero es lo que esperarías si lo hubo. Por sí solo vale poco, porque el hierro, el carbono y el nitrógeno abundan en muchos fósiles; lo que pesa es que coincidan con lo demás.

Tercero, las moléculas. El equipo tomó pedacitos de hueso, los calentó y pasó lo que salía por un espectrómetro de masas, un aparato que separa las moléculas por su peso y las identifica casi como una huella digital. Encontraron heme B, el de la hemoglobina, y una versión alterada unas 90 veces más abundante, señal de que casi todo el heme se transformó durante la fosilización. El anillo también se desgasta; solo que mucho más despacio que el ADN. Otra técnica detectó la firma del anillo dentro de las propias estructuras. También apareció hidroxiprolina, un aminoácido típico del colágeno del hueso.

¿Y por qué sobrevivió? La Formación Romualdo, la capa de roca donde apareció, ya era famosa por sus peces, tortugas y pterosaurios muy bien conservados. El equipo propone una explicación: el animal quedó enterrado rápido sobre un tapete de microbios, con poco oxígeno, y las células se recubrieron de un mineral de manganeso, la hausmannita, que protegería de la oxidación. Es una hipótesis, no algo medido.

Hasta aquí, las pruebas encajan. Falta decir qué es, exactamente, lo que se encontró.

Restos de sangre, sí; Jurassic Park, no

Lo que hay en ese hueso no es sangre que se pueda revivir: son restos químicos y moldes de mineral. En las muestras se buscó ADN antiguo y no apareció. «El objetivo no es encontrar el ADN de Jurassic Park», dijo Grice.

Mauricio Barbi, investigador de la Universidad de Regina, en Canadá, que no participó en el estudio, lo resumió así: no se trata de células intactas ni de hemoglobina conservada, sino de restos químicos y estructuras mineralizadas que pueden guardar información sobre los tejidos originales. Una huella en el barro no es el pie, pero dice cuánto pesaba quien la dejó.

Según Grice, lo que sí pueden dar esos restos es fisiología: cómo se llevaba el oxígeno, cómo eran las células, quizá cómo funcionaba el metabolismo de un animal que vivió hace 115 millones de años.

¿Por qué hay expertos que dudan?

Porque la química convence más que las células. La Universidad Curtin presenta el estudio como la primera prueba química de moléculas derivadas de la hemoglobina dentro de esas células. Mary Schweitzer, profesora emérita de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, estudia restos blandos de dinosaurios desde los años noventa. Dice que no tiene problema con la presencia de heme y colágeno en el hueso, y que los autores merecen reconocimiento por usar varios métodos. Lo que no le convence es que sean glóbulos rojos.

Su argumento es de tamaño y forma. Las aves son dinosaurios, y sus glóbulos rojos, como los de los reptiles, conservan el núcleo, que los hace más grandes y les deja un abultamiento en el centro. Una de las estructuras del estudio mide unas 15 micras, y según Schweitzer eso es más pequeño que casi todos los glóbulos rojos de animales no mamíferos. Además, según ella, son cóncavas, sin el bulto del núcleo. Puede que se aplastaran o rompieran antes de mineralizarse, pero eso no está demostrado.

El propio artículo admite otra duda: no se puede descartar del todo que el heme venga de microbios, porque algunas bacterias también lo fabrican. Es el mismo problema que aparece cuando se busca veneno en restos de hace 200 años: distinguir lo que tenía el cuerpo de lo que le llegó después.

Hay antecedentes que piden cautela. En 1997, el equipo de Schweitzer reportó compuestos de heme en un Tyrannosaurus rex, pero en extractos de hueso entero, no dentro de estructuras concretas. En 2015, otro grupo describió estructuras parecidas a glóbulos rojos en fósiles de 75 millones de años. Y en 2019, un estudio en huesos de Centrosaurus encontró material orgánico reciente y comunidades de microbios recientes dentro del fósil.

Una afirmación así necesita más que una sola prueba para pasar de hallazgo a descubrimiento. Para mí, lo más sólido del estudio no es la foto de las células, sino que la forma, los elementos y las moléculas coinciden en el mismo canal del hueso. Que haya heme lo aceptan incluso los escépticos citados aquí; lo que sigue abierto es qué son esas estructuras y si todo vino del animal.

El hueso que volvió a Ceará

Grice quiere que otros museos presten sus fósiles para hacerles preguntas nuevas. Según la cadena australiana ABC, su equipo ya está probando si puede mineralizar sangre humana con tapetes de microbios de la bahía Shark, en Australia, para ver si se forma lo mismo que en el hueso.

Renan Bantim y Antônio Saraiva, de la Universidad Regional del Cariri, recogieron el fósil y lo cuidaron; según Grice, quienes enviaron los huesos no tenían idea de lo que había dentro. La pata ya no está en Río. Volvió al Museo de Paleontología Plácido Cidade Nuvens, en Santana do Cariri, a pocos kilómetros de la mina de yeso donde apareció.

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