¿Por qué cuesta tanto llegar a la órbita? Starship lo intenta

El 28 de septiembre de 2026, poco antes de las ocho de la mañana en Texas, despegó el cohete más grande que se ha construido. Starship, de SpaceX, voló por decimocuarta vez, y esta vez su nave llegó a la órbita, entre 262 y 275 kilómetros de altura. Soltó 26 satélites Starlink de la versión nueva, la V3, demasiado grandes para caber en un Falcon 9.

No fue un vuelo limpio. Uno de los 33 motores del propulsor se apagó pasado el primer minuto, y uno de los motores de vacío de la nave falló durante el ascenso. Los ingenieros primero decidieron no intentar la órbita, y luego, después de discutirlo en la sala de control, cambiaron de opinión. El vuelo, planeado para unas diez horas, se acortó: la nave salió de órbita a las dos horas y cayó al Pacífico, al norte de Hawái. Nadie la recogió.

Ayer escribí sobre los centros de datos que Google quiere poner en el espacio, y todo ese negocio colgaba de un número: que subir un kilo a órbita cueste menos de 200 dólares hacia mediados de la próxima década. Este cohete es la apuesta detrás de ese número. Para que se entienda la distancia: según un análisis de la NASA de 2018, subir un kilo en el transbordador espacial costaba unos 54.500 dólares, y en el Falcon 9 de SpaceX, a su precio publicado, unos 2.720.

Y aquí está lo que no cuadra. La órbita de Starship está a 270 kilómetros, menos de lo que hay por carretera entre Bogotá y Medellín. ¿Por qué cuesta tanto subir un kilo a una distancia que un bus recorre en medio día?

¿Llegar a la órbita es subir?

No. Llegar a la órbita es, sobre todo, ir de lado muy rápido. La altura es la parte fácil.

Isaac Newton lo explicó con un experimento mental que publicaron después de su muerte, en 1728. Imagina un cañón en la cima de una montaña altísima, disparando en horizontal. Con poca pólvora, la bala cae cerca. Con más, cae más lejos. Pero la Tierra es curva, así que si la bala va lo bastante rápido, el suelo se curva hacia abajo al mismo ritmo al que la bala cae. Sigue cayendo para siempre y nunca toca el suelo. Eso es una órbita: caer alrededor de la Tierra y fallar siempre. (Si quieres más de Newton y la gravedad, aquí está el episodio que le dedicamos.)

¿Qué tan rápido es "lo bastante"? A 270 kilómetros de altura, unos 7,7 kilómetros por segundo: casi 28.000 kilómetros por hora. Es cruzar de Bogotá a Medellín en menos de un minuto.

Hice la cuenta de la energía que necesita un kilo para quedar en esa órbita. Subirlo los 270 kilómetros cuesta unos 2,5 megajulios. Darle la velocidad cuesta unos 30. El 92 % de la energía se va en ir de lado, no en subir. Por eso los cohetes despegan en vertical solo para salir del aire espeso, y luego se van inclinando hasta volar casi en horizontal.

¿Por qué un cohete es casi todo combustible?

Porque el combustible tiene que cargar con su propio peso. Un cohete empuja lanzando gas hacia atrás, y ese gas sale de lo que lleva en los tanques. Cada kilo de combustible que quemas al final del viaje lo tuviste que subir, quemando más combustible, al principio.

Piénsalo como una caminata larga sin tiendas por el camino. Llevas comida para tres días. Pero la comida pesa, así que caminas más lento y te cansas más, y necesitas más comida, que también pesa. Si la caminata es el doble de larga, la mochila no pesa el doble: pesa mucho más que el doble.

En 1903, un maestro de escuela ruso escribió esa idea en una ecuación que hoy lleva su nombre, la ecuación de Tsiolkovsky. Dice que la velocidad que puede ganar un cohete depende de la velocidad con que expulsa el gas y del logaritmo de cuánto pesa lleno frente a cuánto pesa vacío. Traducido: para ganar velocidad de forma lineal, la masa de combustible crece de forma exponencial.

Hagamos la cuenta. Para llegar a órbita, contando lo que se pierde peleando con la gravedad y con el aire, hacen falta unos 9,4 kilómetros por segundo. Los motores Raptor de Starship expulsan el gas a entre 3,2 y 3,7 kilómetros por segundo. Con esos números, la ecuación dice que entre el 92 y el 95 % de lo que despega tiene que ser combustible. Los números reales andan por ahí: para subir unas 100 toneladas, Starship carga unas 5.250 toneladas de metano y oxígeno líquidos.

Por eso los cohetes van por etapas, una idea que el mismo Tsiolkovsky propuso en 1929: cuando un tanque se vacía, lo sueltas, como quien bota las botellas de agua vacías para no cargarlas el resto del camino.

¿Entonces lo caro es el combustible?

Esa es la conclusión obvia, y es falsa.

Volvamos a los 32,5 megajulios por kilo de antes. Son unos 9 kilovatios-hora, más o menos lo que gasta una nevera en una semana. Al precio de la electricidad de una casa, eso vale unos dos dólares. Ningún cohete es tan eficiente como un enchufe, claro. Pero el combustible real tampoco es caro: en 2019, Elon Musk calculó que llenar Starship cuesta unos 900.000 dólares. Repartidos entre 100 toneladas, salen a unos 9 dólares por kilo.

Dos dólares de energía, nueve de combustible, frente a los 2.720 que cobraba el Falcon 9 o los 54.500 que costaba el transbordador. Lo caro de ir al espacio nunca fue la energía. Lo caro era tirar el cohete.

Imagina que cada avión entre Bogotá y Medellín se fuera a la chatarra al aterrizar. El pasaje no costaría lo que cuesta la gasolina del vuelo: costaría un avión entero dividido entre los pasajeros. Eso es, casi siempre, lo que hizo la humanidad con los cohetes durante más de medio siglo. Se construían con una precisión de relojero, volaban unos minutos y terminaban en el mar o quemados en la atmósfera.

Por eso el número del 28 de septiembre que más importa no es la altura ni los satélites. Es cuántas veces podrá volar ese mismo cohete.

¿Por qué el transbordador era reutilizable y aun así carísimo?

Porque reutilizar no basta. Hay que reutilizar rápido y barato.

El transbordador espacial de la NASA volvía a la Tierra entero y aterrizaba como un avión. En teoría, era la solución. En la práctica, cada regreso desde la órbita lo sometía a temperaturas que derriten metales, y su escudo eran decenas de miles de losetas de cerámica, cada una hecha a la medida para un solo lugar del casco. Después de cada vuelo, los técnicos las inspeccionaban una por una y reemplazaban las dañadas, en un proceso que tomaba meses. Al final, cada kilo subido en el transbordador salió más caro que en muchos cohetes desechables de su época.

Starship tiene unas 18.000 losetas hexagonales, en su mayoría iguales, pensadas para cambiarse en serie y no a la medida. Su propulsor gigante ya se ha atrapado en el aire con los brazos de la torre de lanzamiento desde octubre de 2024, y uno de ellos volvió a volar en mayo de 2025. Pero la nave, la parte que llega a la órbita y vuelve ardiendo, no se ha recuperado nunca para volar otra vez. La del 28 de septiembre terminó en el Pacífico. Tres de los satélites llevaban cámaras precisamente para fotografiar su escudo térmico y saber cuánto aguantó.

Aquí la respuesta honesta es que no sabemos. Musk ha dicho que, con muchos vuelos, el costo podría bajar a unos 10 dólares por kilo; es una aspiración, no un dato. Google, más prudente, apuesta a 200 dólares hacia mediados de la década de 2030. Lo que separa esos números de los 2.720 de hoy no es física: es si la nave puede volver, revisarse en días y despegar otra vez. En mi opinión, este vuelo demostró que Starship puede llegar. Todavía no ha demostrado que puede volver para quedarse.

Qué puedes hacer tú, hoy

  • Juega con el cañón de Newton. La Universidad Estatal de Weber tiene un simulador gratuito: sube la velocidad hasta que la bala no vuelva a caer. Hazlo con tus hijos o sobrinos.
  • Cuando leas "lanzar un kilo cuesta X dólares", pregunta si el cohete se tiró o se reutilizó. Esa diferencia vale más que cualquier motor nuevo.
  • Mira el cielo al anochecer. Los satélites Starlink recién lanzados pasan en fila como un collar de luces; ahora sabes que van a casi 28.000 kilómetros por hora, cayendo sin parar.
  • Si alguien te dice que el espacio es caro por el combustible, cuéntale lo de la nevera.

Un maestro sordo, un cónsul peruano y una sala de control

Konstantin Tsiolkovsky perdió el oído a los nueve años por una escarlatina y no pudo seguir en la escuela. Aprendió solo, leyendo, y terminó de maestro en Kaluga, una ciudad de provincia rusa. Desde allí, en mayo de 1903, el mismo año en que los hermanos Wright volaron por primera vez, publicó la ecuación que todavía gobierna cada cohete que despega.

En Latinoamérica tenemos nuestro propio pionero, y también nuestra propia duda. El arequipeño Pedro Paulet aseguró haber probado en París, entre 1895 y 1897, un motor de combustible líquido. La única prueba es una carta suya, escrita cuando ya era cónsul del Perú en Róterdam y publicada en El Comercio de Lima en octubre de 1927, donde admite que sus experimentos se hicieron "sin testigos". Historiadores como Frederick Ordway concluyeron que no se puede demostrar; Wernher von Braun, en cambio, lo llamó pionero. Desde julio de 2021, su cara está en el billete de 100 soles. Creo que se puede admirar a Paulet y, al mismo tiempo, aceptar que no sabemos si su motor existió.

Y está la gente de la sala de control de Starbase, que con un motor muerto tuvo minutos para decidir si intentaba la órbita. Primero dijeron que no. Luego miraron los números otra vez y dijeron que sí.

¿Qué habrías decidido tú? Y si conoces a alguien que todavía cree que llegar al espacio es solo subir, mándale esto.

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1 comentarios

  • Olga

    Claro que sigo leyendo.

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