¿Por qué la lluvia de estrellas vuelve cada octubre? Las Oriónidas

Estelas finas de meteoros sobre montañas andinas al amanecer, con Orión en el cielo y un cuaderno de conteo junto a una linterna roja en primer plano
Imagen generada con IA

La noche del miércoles 21 al jueves 22 de octubre llega el máximo de las Oriónidas, la lluvia de estrellas de octubre. Con el cielo muy oscuro se esperan unos 20 meteoros por hora, según la Organización Internacional de Meteoros (IMO). Cada uno es un grano de polvo del cometa Halley que entra a la atmósfera a unos 66 kilómetros por segundo.

Hay un detalle que no cuadra. El Halley pasó cerca del Sol en 1986 y el 9 de diciembre de 2023 llegó a su punto más lejano, a unos 5.300 millones de kilómetros, más allá de la órbita de Neptuno. No volverá hasta 2061. Sin embargo, su polvo nos visita puntual cada octubre, año tras año, como si el cometa no se hubiera ido.

Así que vale la pena preguntarlo despacio: ¿por qué la lluvia de estrellas vuelve siempre en la misma fecha, si el cometa que la produce está al otro lado del sistema solar?

¿Qué es en realidad una estrella fugaz?

Una estrella fugaz no es una estrella ni es una piedra en llamas. Es un grano de polvo, más pequeño que una lenteja, que choca contra el aire a una velocidad tan grande que el aire mismo se pone a brillar. A ese grano, mientras viaja por el espacio, se le llama meteoroide; a la raya de luz que deja en el cielo, meteoro.

Los granos de las Oriónidas son diminutos. Las cámaras del observatorio canadiense CAMO registraron meteoroides de un milímetro, con una densidad de unos 300 kilos por metro cúbico, menos de la tercera parte que el agua. Un estudio de 2026 estima masas de entre 1 y 10 miligramos. Es polvo esponjoso, más parecido a una miga de pan seco que a un guijarro.

Lo que convierte esa miga en un espectáculo es la velocidad. Hagamos la cuenta. La energía de movimiento de un objeto crece con el cuadrado de su velocidad, y a 66 kilómetros por segundo cada kilo de polvo carga unas 520 veces más energía que un kilo de TNT. Un solo grano de un miligramo lleva la energía que gasta un bombillo de 100 vatios encendido durante 22 segundos.

Esa energía se suelta en una fracción de segundo, a unos 100 kilómetros de altura. El grano choca contra las moléculas de aire, se calienta, se evapora, y arranca electrones a los átomos que lo rodean. El aire queda ionizado: sus átomos perdieron electrones y, al recuperarlos, emiten luz. Es lo mismo que pasa dentro de un tubo de neón. Por eso la región que brilla es mucho más grande que el grano. Lo que ves no es la miga ardiendo, es una estela de aire encendido de kilómetros de largo.

Y nada de eso llega al suelo. La NASA estima que a la Tierra caen unas 44 toneladas de material del espacio cada día, y que casi todo se vaporiza en la atmósfera. Las Oriónidas no dejan meteoritos para coleccionar: son demasiado frágiles.

¿De dónde sale tanto polvo?

Sale del cometa, que es básicamente hielo sucio. En 1950, el astrónomo Fred Whipple propuso que el núcleo de un cometa es un bloque de hielos mezclados con polvo; la prensa lo bautizó «bola de nieve sucia». En 1986, la sonda europea Giotto pasó a menos de 600 kilómetros del Halley y le dio la razón: un núcleo de unos 16 por 8 kilómetros, con forma de maní y más oscuro que el carbón.

Cada vez que el Halley se acerca al Sol, el calor evapora parte de esos hielos. El gas sale disparado y arrastra el polvo que estaba atrapado en el hielo. Ese polvo ya no se separa del camino del cometa: queda dando vueltas al Sol en órbitas casi iguales a la suya.

Imagina un camión de arena con una fuga que recorre siempre la misma carretera. Cada viaje deja un hilo de arena sobre el asfalto. Después de cientos de viajes, toda la carretera tiene arena, aunque el camión esté lejos. La órbita del Halley es esa carretera, y el cometa lleva miles de años, decenas de vueltas, sembrándola de polvo.

Por qué la cita es siempre en octubre

Ahora el truco del calendario. La Tierra tarda un año en dar la vuelta al Sol, y nuestro calendario está hecho justo para eso: el 21 de octubre de cada año, la Tierra está casi en el mismo punto de su órbita. Si en ese punto la órbita de la Tierra cruza la carretera polvorienta del Halley, cada 21 de octubre atravesamos el polvo. La carretera es ancha, así que la cruzamos durante unas cinco semanas, del 2 de octubre al 7 de noviembre, y hacia el 21 pasamos por la parte más cargada. La fecha de una lluvia de estrellas es, en realidad, una dirección en el espacio.

Piensa en un cruce de caminos. Tú pasas por el mismo cruce todos los días a la misma hora. Si alguna vez se derramó arena justo en ese cruce, cada vez que pases vas a levantarla, aunque el camión haya pasado hace mucho. No necesitas ver el camión para saber que estuvo.

Con el Halley pasa algo más curioso todavía: su órbita se acerca a la de la Tierra en dos puntos. En octubre cruzamos el polvo que el cometa soltó camino al Sol, y vemos las Oriónidas. En mayo cruzamos el que soltó de regreso, y vemos otra lluvia, las Eta Acuáridas. El mismo cometa nos visita dos veces al año.

Queda la pregunta del principio. Si el camión de arena está ahora en el extremo más lejano de su ruta, ¿de qué viaje es la arena que levantamos este jueves?

El Halley que ves no salió de su último viaje

La respuesta es, para mí, la parte más bonita de esta historia: el polvo que vas a ver esta semana no salió del paso de 1986. La estela del Halley es una acumulación de miles de años, y cada grano lleva su propia edad.

Lo sabemos gracias a los años raros. En 2006, las Oriónidas dieron mucho más de lo normal, y los observadores de la IMO reunieron más de 12.000 registros. Los investigadores japoneses Mikiya Sato y Jun-ichi Watanabe rastrearon ese exceso hacia atrás con modelos de órbitas y encontraron su origen: polvo soltado por el Halley en los años 1266, 1198 y 911 antes de Cristo. En 1266 a. C. reinaba Ramsés II en Egipto. Hay granos que dieron decenas de vueltas al Sol antes de cruzarse con nosotros.

¿Por qué no se dispersaron en tanto tiempo? Por Júpiter. Esos granos dan una vuelta al Sol mientras Júpiter da exactamente seis. Es como empujar un columpio siempre en el mismo momento del vaivén: los tirones de Júpiter se repiten igual en cada vuelta y mantienen el grupo compacto, en lugar de desparramarlo. A esa sincronía se le llama resonancia, y puede conservar un grumo de polvo durante más de mil años.

En 2020, Justin Kinsman y David Asher usaron esos mismos modelos para buscar estallidos de Oriónidas en el pasado. Encontraron dos probables, en los años 417 y 585 de nuestra era, que caen en o cerca de fechas grabadas en inscripciones mayas del periodo clásico. El de 585 también aparece en los anales chinos. Los autores son prudentes: no afirman que los mayas registraran la lluvia, solo que el cielo de esas noches pudo haber sido extraordinario.

Así que cuando dicen que el Halley vuelve en 2061, me parece que es verdad a medias. El núcleo vuelve en 2061. El Halley, en forma de polvo, llega cada octubre.

Lo que todavía no se sabe

Nadie puede prometer cuántos meteoros vas a ver. Los 20 por hora son una tasa ideal, la que vería alguien con el radiante justo encima de la cabeza y un cielo sin una sola luz. Con la contaminación de una ciudad la cuenta real baja mucho. Además, la intensidad cambia de un año a otro según qué grumos de polvo cruce la Tierra, y predecir la cantidad es mucho más difícil que predecir la fecha.

Hay otro detalle que explica por qué estos meteoros son tan rápidos y por qué conviene verlos de madrugada. El Halley gira alrededor del Sol en sentido contrario a los planetas. Su polvo no nos alcanza por detrás: nos choca casi de frente. Es como la lluvia contra un carro en movimiento. El parabrisas delantero se moja mucho más que el vidrio trasero, y después de la medianoche tu lado del planeta es el parabrisas.

Para este año, eso se traduce en unas pocas reglas sencillas:

  • Mira después de la medianoche y hasta antes del amanecer. El radiante, el punto del cielo del que parecen salir todos los meteoros, está cerca de la estrella Betelgeuse, en Orión; sale antes de la medianoche y está alto de madrugada. La IMO dice que la lluvia se ve igual de bien desde ambos hemisferios.
  • Espera a que se oculte la Luna. El 21 estará iluminada en un 78 %. En Bogotá se pone pasadas las dos de la madrugada del jueves; un poco antes o después según donde vivas.
  • No mires al radiante. Los meteoros salen de ahí, pero las estelas más largas aparecen lejos de él. Acuéstate y mira una zona amplia del cielo.
  • Dale 20 minutos a tus ojos. Sin pantallas. La visión nocturna tarda en encenderse y un celular la borra en un segundo.
  • Si te lo pierdes, no pasa nada. La lluvia está activa hasta el 7 de noviembre, con menos meteoros.

Quienes cuentan estrellas fugaces

Me llama la atención que casi todo lo que sabemos de las Oriónidas no salió de grandes telescopios. Salió de gente que se sentó de noche a contar.

La IMO recibe todavía conteos a ojo de aficionados de todo el mundo. Fueron conteos así los que dejaron medido el estallido de 2006, el mismo que después se rastreó hasta la época de Ramsés. La Global Meteor Network empezó a finales de 2018 con seis cámaras en Nuevo México y ya pasaba de 1.200 al final de 2024. Son cámaras baratas, conectadas a computadores Raspberry Pi y con software abierto; cualquiera con paciencia puede montar una en su azotea. En Brasil, la red de aficionados BRAMON vigila el cielo con cámaras desde 2014, ha ayudado a descubrir más de 90 radiantes de lluvias nuevas y llegó a reunir videos de más de 86.000 meteoros.

Si te gusta mirar hacia arriba, aquí cerca hay otras historias del mismo cielo: el cometa 3I/ATLAS, que vino de otra estrella y no volverá nunca; por qué la Luna se pone roja en un eclipse; y lo que hace falta para que algo se quede en órbita en lugar de caer ardiendo, como estos granos.

Esta semana, la Tierra va a atravesar una carretera de polvo que lleva más de tres mil años construyéndose. ¿Vas a salir a ver pasar un pedazo del Halley?

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