¿Por qué se hunde Ciudad de México y no vuelve a subir?

Entre el 25 de octubre de 2025 y el 17 de enero de 2026, un satélite nuevo de la NASA y la agencia espacial de la India, el NISAR, pasó cada doce días sobre el Valle de México midiendo la altura del suelo con radar. El mapa que salió, publicado en abril, tiene manchas azul oscuro sobre el oriente de la ciudad. Cada mancha significa que el suelo bajó más de 2 centímetros en un mes.

En mayo, el Servicio de Geodesia Satelital de la UNAM puso los números por alcaldía y municipio, combinando GPS y radar: Ciudad Nezahualcóyotl baja 42 centímetros al año. Valle de Chalco, 31. Tláhuac, 27. Iztapalapa, 26. El Centro Histórico, unos 10. Y esta semana la noticia volvió a circular por toda la región con la palabra que más asusta: irreversible.

Si vives en la ciudad ya lo sabías, porque lo ves. El Ángel de la Independencia se inauguró en 1910 con nueve escalones desde la calle. Hoy tiene veintitrés. El monumento no subió: la ciudad bajó a su alrededor. La pregunta que me hacen, y que vale la pena responder despacio, es doble: ¿por qué se hunde Ciudad de México, y por qué, si dejáramos de sacar agua, no volvería a subir?

Empecemos por el suelo: la ciudad está construida sobre un lago

Ciudad de México está donde estuvo Tenochtitlan, y Tenochtitlan estaba en medio de un lago, el Texcoco. Los mexicas construyeron sobre islas y chinampas; los españoles, después de la conquista, pasaron tres siglos drenando el lago para que la ciudad dejara de inundarse. Lo lograron. Pero el fondo del lago se quedó ahí, debajo de todo.

Y el fondo de un lago no es tierra. Es una arcilla finísima que se fue depositando durante miles de años, partícula a partícula, con agua entre cada partícula. Los ingenieros de la UNAM que la han estudiado la describen con una cifra que a mí me pareció increíble la primera vez: en algunas capas hay hasta siete partes de agua por cada parte de sólido. No es suelo con agua. Es agua con un poco de suelo.

Piensa en una esponja de cocina empapada, de esas de espuma amarilla. Ponla sobre la mesa. Mientras esté llena de agua se sostiene, tiene forma, hasta puedes apoyar un vaso encima. Esa esponja es la arcilla del lago. Y la ciudad, con sus edificios, sus calles y sus veintidós millones de personas, es el vaso.

¿Qué pasa cuando le sacas el agua a la esponja?

Debajo de la arcilla hay otra cosa: un acuífero, capas de arena y grava llenas de agua limpia. De ahí sale más de la mitad del agua que bebe la ciudad, unos seis de cada diez litros. Y se le saca más del doble de lo que la lluvia le devuelve: la Comisión Nacional del Agua calcula un déficit de unos 282 millones de metros cúbicos al año.

Aquí está el mecanismo, y es física de primer año. Mientras el acuífero está lleno, el agua que hay dentro de la arcilla empuja hacia arriba con la misma fuerza con la que la ciudad empuja hacia abajo. Están en equilibrio, como el agua dentro de la esponja sosteniendo el vaso. Cuando bombeas el acuífero, baja la presión del agua debajo de la arcilla. El agua de la esponja empieza a escurrirse hacia abajo, hacia donde hay menos presión. Y la esponja, con el vaso encima, se aplasta.

Karl Terzaghi, el ingeniero que fundó la mecánica de suelos, le puso nombre a esto hace un siglo: consolidación. Es el proceso por el que un suelo blando expulsa el agua de sus poros y pierde volumen bajo una carga. No es que el suelo se caiga a un hueco. Es que el suelo se vuelve más pequeño. Cada centímetro que baja Nezahualcóyotl es un centímetro de agua que salió de la arcilla y no volverá a entrar.

Es muy lento, porque la arcilla es tan fina que el agua tarda décadas en atravesarla. Por eso el hundimiento se documentó por primera vez en 1925 y sigue hoy.

Y por eso el Gran Canal, construido en 1900 para sacar el agua sucia de la ciudad por gravedad, perdió su pendiente a mitad de siglo: la ciudad se hundió más rápido que el canal, y desde entonces el drenaje de la capital funciona con bombas. La ciudad tiene que gastar energía para que el agua salga cuesta arriba.

Y ahora el giro: la esponja no vuelve a hincharse

Aquí está la parte que va contra la intuición, y la que explica la palabra "irreversible".

Con una esponja de cocina, si la vuelves a mojar, recupera su forma. Con la arcilla del lago, no. Y la razón es cómo están acomodadas las partículas.

Piensa en un montón de naipes tirados de cualquier manera sobre una mesa, formando una estructura desordenada llena de huecos, como un castillo de naipes derrumbado a medias. Así está la arcilla del lago cuando se deposita: partículas planas apoyadas unas contra otras en ángulos, con agua en cada hueco. Cuando el peso las exprime, las partículas se acomodan planas, unas sobre otras, como una baraja bien apilada. Los huecos desaparecen. Y una baraja apilada no vuelve a ser un castillo por mucha agua que le eches.

Un equipo dirigido por Estelle Chaussard publicó en 2021, en la revista Journal of Geophysical Research, el estudio más completo que hay: 115 años de mediciones de nivelación, 24 de radar y 14 de GPS. La conclusión está en el título: no hay esperanza de recuperar la elevación. Las arcillas exprimidas pueden quedar en un 30 % de su volumen original, y el proceso, según sus cálculos, seguirá unos 150 años más, con hasta 30 metros adicionales de descenso en la cuenca de Chalco.

Lo más incómodo del estudio, para mí, es esto: la velocidad del hundimiento se mantiene estable desde 1950, sin importar cuánta agua se saque cada año. La esponja ya está en pleno aplastamiento, y ese aplastamiento tiene su propio ritmo.

Eso reordena la conversación. Dejar de bombear no levanta la ciudad. Lo que hace es evitar que las capas que todavía están llenas de agua empiecen a aplastarse también. Es decir: no recupera lo perdido, protege lo que queda.

Y protege otra cosa que casi nadie menciona: los poros de esa arcilla eran el almacén de agua de la ciudad. Cada poro que se cierra es un litro que el subsuelo ya no podrá guardar nunca, ni en el año más lluvioso. La UNAM lo llama pérdida irreversible de porosidad. En mi opinión, el nombre justo es otro: la ciudad se está comiendo su propia cisterna.

¿Por qué es peor que se hunda desigual?

Si toda la ciudad bajara al mismo ritmo, el problema sería casi solo de tuberías y drenaje. El daño real viene de que una calle baja 42 centímetros al año y la de al lado, 10.

Vuelve a la esponja, pero ahora imagina que la mitad izquierda es de espuma y la mitad derecha es de madera. Aprietas con el vaso en el medio: un lado cede y el otro no, y el vaso se inclina y se raja. Eso es lo que pasa en los bordes del antiguo lago, donde la arcilla blanda del centro se encuentra con la roca dura de los cerros: Iztapalapa, Tláhuac, el oriente de la ciudad.

Ahí es donde se abren las grietas en las calles, donde las casas se parten y donde el Metro tiene que revisar sus columnas. La UNAM usa los mapas de radar precisamente para eso: ver dónde cambia bruscamente la velocidad de hundimiento, porque ahí es donde va a aparecer la fractura.

¿Qué no se sabe?

Varias cosas, y conviene decirlas. Las proyecciones de "150 años" y "30 metros" son extrapolaciones de un modelo; nadie puede medir el futuro de una arcilla, y las cifras cambian según la capa y el barrio. Tampoco está claro cuánto del hundimiento se debe al bombeo y cuánto al simple peso de una ciudad que sigue creciendo sobre el lago: los dos actúan a la vez. Y los mapas del NISAR son de una sola temporada seca; el propio equipo de JPL advierte que las zonas amarillas y rojas del mapa son ruido que irá desapareciendo cuando el satélite acumule más pasadas.

Lo que no se discute es la dirección: hacia abajo, y para siempre.

Qué puedes hacer tú, hoy

  • Si vives en Nezahualcóyotl, Chalco, Tláhuac o Iztapalapa, mira las paredes de tu casa una vez al año. Una grieta diagonal que crece es un hundimiento diferencial, no un defecto de pintura.
  • Captura lluvia. La ciudad tiene el programa Cosecha de Lluvia, con la meta de llegar a 100.000 hogares con sistemas instalados a fin de 2026. Cada litro que no sacas del acuífero es un poro que no se cierra.
  • Haz el experimento de la esponja con tus hijos: esponja mojada, vaso encima, luego exprimir. Y después intentar que recupere la forma. Explica más que cualquier mapa.
  • Cuando leas "la ciudad se hunde", pregunta dónde y a qué ritmo. El promedio no dice nada; la diferencia entre dos calles lo dice todo.

Las personas que miden lo que no se ve

El hundimiento de una ciudad no lo ve nadie a simple vista. Dos centímetros al mes es menos de un milímetro al día. Por eso las historias de gigantes aquí son las de quienes lo miden: Enrique Cabral Cano y su equipo del Instituto de Geofísica de la UNAM, que mantienen más de cien estaciones GPS en todo el país y llevan desde 1996 dibujando el mapa de dónde se parte el suelo; David Bekaert, que hizo el primer mapa de la ciudad con el NISAR desde el JPL; y Estelle Chaussard, que juntó 115 años de mediciones para decir en voz alta lo que muchos sospechaban.

Y también son las de quienes deciden con esos datos: los que instalan cisternas de lluvia en Iztapalapa, los que revisan columnas del Metro, los que cambian el trazo de una tubería porque el mapa dice que ahí va a abrirse una grieta. Escribí hace poco sobre por qué tiembla tanto en Latinoamérica y sobre Nemocón, la sal y la cordillera: el suelo nunca es el escenario quieto que creemos. Es un actor, y se mueve. Lo que cambia es si alguien lo está mirando.

¿Cuántos escalones tenía tu monumento favorito cuando lo inauguraron?

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1 comentarios

  • Olga

    Tu texto ilumina con claridad un tema que solemos mirar sin verdadera conciencia: el pulso lento y doloroso de una ciudad que se hunde bajo el peso de su propia historia y sed de agua. Has logrado transformar un fenómeno técnico en una reflexión sobre la fragilidad humana y urbana, donde la tierra misma parece recordarnos los límites de nuestro dominio.

    Gracias por escribir con rigor y sensibilidad. Que esta voz siga explorando los pliegues invisibles de nuestras ciudades y de nuestra relación con la naturaleza, porque necesitamos más miradas que unan ciencia y humanidad, como la tuya.

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