¿Cómo puede una ola subir 481 metros? El megatsunami de Alaska

Poco después de las cinco de la madrugada del 10 de agosto de 2025, una ladera entera se desprendió en Tracy Arm, un fiordo de Alaska a unos 80 kilómetros de Juneau. Cayeron al agua unos 64 millones de metros cúbicos de roca, un cubo de 400 metros de lado. El agua salió disparada contra la pared de enfrente y subió 481 metros por la montaña, según el Instituto Geofísico de la Universidad de Alaska. Solo 14 edificios en el mundo son más altos que eso.
Nadie murió. En verano pasan más de 20 embarcaciones al día por esos fiordos, algunas con miles de pasajeros, y había cruceros programados para esa misma mañana. Un barco de turismo con ocho pasajeros que navegaba cerca de allí sintió subir y bajar el agua entre metro y medio y tres metros. El fiordo siguió meciéndose durante días.
El estudio que reconstruyó el evento salió en Science en mayo, y esta semana dos de sus autores, los sismólogos Michael West y Ezgi Karasözen, explicaron con detalle algo que ya estaba en el estudio: la montaña avisó. Según ellos, con un sistema de vigilancia se habría podido dar una alerta un día antes.
Así que vale la pena preguntarlo con calma: ¿cómo puede una ola subir 481 metros por una montaña, y por qué una ola así no cruza el océano?
¿Qué es un tsunami y en qué se diferencia de una ola de playa?
Un tsunami es una ola que mueve toda la columna de agua, desde el fondo hasta la superficie. Una ola de playa, en cambio, la hace el viento y solo agita los primeros metros.
Piensa en una piscina. Si soplas sobre el agua, aparecen ondas pequeñas en la superficie; si te sumerges, abajo todo está quieto. Ahora imagina que levantas de golpe una parte del fondo. Toda el agua de encima sube con él, y esa joroba se va a los lados. Eso es un tsunami.
Lo que normalmente mueve el fondo es un terremoto bajo el mar. La roca se rompe a lo largo de una falla y una franja de lecho marino de decenas o cientos de kilómetros sube o baja de golpe. La ola que sale de ahí es baja en mar abierto, a veces de menos de un metro, pero larguísima: de cresta a cresta puede haber más de cien kilómetros.
Y es rapidísima. En aguas profundas, un tsunami viaja a una velocidad que solo depende de la profundidad. Hagamos la cuenta: con 4.000 metros de fondo sale a unos 700 kilómetros por hora, casi la velocidad de un avión.
El sismo de magnitud 8,2 frente a Chiapas, en septiembre de 2017, levantó en Puerto Chiapas olas de 1,76 metros según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). Parece poco, y para mí es la parte que más cuesta entender: detrás de ese metro y pico no viene una ola, viene un río de agua que no se acaba en segundos. En Puerto Chiapas, los mareógrafos registraron una cresta cada 25 minutos, según el Servicio Mareográfico Nacional de la UNAM.
¿Qué es un megatsunami?
Un megatsunami es una ola de altura extrema, de decenas o cientos de metros, y casi siempre nace de un deslizamiento: una montaña, un glaciar o el flanco de un volcán que cae al agua. No lo empuja el fondo. Lo empuja algo que llega desde arriba.
Vuelve a la piscina y deja caer un ladrillo. El chapuzón sube más alto que la onda que harías levantando el fondo con la mano, porque la energía entra concentrada en un solo punto y en un instante.
En Tracy Arm el ladrillo era enorme. Si esa roca pesa como el granito, son unos 170 millones de toneladas cayendo desde lo alto de una ladera. Las simulaciones del estudio dan una ola inicial de unos 100 metros que golpeó la orilla opuesta a más de 240 kilómetros por hora.
Hay que separar dos números. La altura de la ola es cuánto se levanta el agua sobre el mar. El run-up, o altura de remonte, es hasta dónde trepa el agua por tierra firme. Una ola de 100 metros que llega a esa velocidad contra una pared empinada no se detiene en la orilla: sigue subiendo, como el agua de un balde que lanzas contra una rampa. Los 481 metros se leen en la ladera: hasta ahí el agua arrancó los árboles y el suelo, y dejó la roca pelada.
¿Por qué estas olas gigantes no cruzan el océano?
Porque son cortas. Esa es la parte que no esperaba cuando empecé a leer sobre esto: las olas más altas de la Tierra son también las más locales.
La ola de un terremoto es una joroba de cien kilómetros de largo; lleva tanta agua que puede atravesar un océano entero perdiendo muy poca energía. La de un deslizamiento es un chapuzón concentrado en un punto. En cuanto tiene espacio, se abre en círculos y su energía se reparte en un borde cada vez más largo. Quiero decir: la misma ola que trepó 481 metros en Tracy Arm llegó a los barcos de los fiordos vecinos como un oleaje de pocos metros.
Por eso los récords están en los fiordos: valles estrechos y hondos que los glaciares excavaron y que después llenó el mar. Las paredes son casi verticales y el agua no tiene adónde irse. El récord absoluto sigue siendo de Alaska: en 1958, un terremoto de magnitud 7,8 hizo caer unos 30 millones de metros cúbicos de roca en la bahía de Lituya, menos de la mitad que en Tracy Arm, y el agua subió unos 524 metros. Tracy Arm es el segundo, y el más grande que no causó un terremoto.
Entonces, si no hubo sismo, ¿qué tiró la montaña?
El glaciar que sostenía la montaña
La tiró, en cierto modo, el hielo que se fue. El glaciar South Sawyer, al pie de la ladera, retrocedió unos 500 metros en la primavera de 2025, y entre el 2 y el 5 de agosto se retiró todavía más rápido. Detrás quedó una pared de roca empinada y sin apoyo.
Imagina una fila de libros en un estante, sostenidos por un sujetalibros de metal. Mientras está el sujetalibros, los libros aguantan inclinados. Quítalo y se van al piso. El glaciar era el sujetalibros de esa ladera. Dan Shugar, de la Universidad de Calgary y autor principal del estudio, usa para eso un término técnico que en español sería pérdida de contrafuerte: el momento en que la roca pierde el hielo que la apuntalaba.
A eso se sumaron días de lluvia. El agua se mete por las grietas de la roca y empuja desde dentro, como una cuña que separa las piezas. Según Shugar, probablemente fue una combinación de varios factores pequeños.
No es un caso aislado. En 2015, frente al glaciar Tyndall, también en Alaska, 180 millones de toneladas de roca cayeron al fiordo Taan y el agua subió 193 metros. En 2023, en el fiordo Dickson de Groenlandia, una avalancha de roca y hielo de 25 millones de metros cúbicos levantó un tsunami de 200 metros. Después, el agua quedó oscilando de lado a lado del fiordo, como en una bañera, durante nueve días, y los sismógrafos de todo el planeta lo registraron. Los tres casos tienen lo mismo: un glaciar que se retiraba. Leigh Stearns, glacióloga de la Universidad de Pensilvania, llama al calentamiento un «multiplicador de amenazas».
¿Se podía haber avisado?
Probablemente sí, al menos con horas de margen, y eso es lo que West y Karasözen explicaron esta semana. Al revisar hacia atrás los registros de estaciones lejanas, encontraron que la montaña llevaba días crujiendo.
Al principio eran señales pequeñas, equivalentes a sismos de magnitud 1 o 2, más o menos una por hora. En las seis horas finales llegaban cada 30 a 60 segundos. Dos horas antes del colapso, las señales se fundieron en una vibración continua: la roca ya estaba deslizándose sobre la superficie por la que iba a romperse. Es como el hielo de un lago que cruje antes de partirse, cada vez más seguido.
Lo que proponen es un semáforo. Amarillo cuando el glaciar retrocede rápido y llueve mucho; naranja cuando aparece el enjambre de pequeños temblores, para sacar los barcos del fiordo; rojo cuando el deslizamiento ya ocurrió, algo que los sismógrafos detectan en un par de minutos. Hoy no existe en Estados Unidos un sistema así para deslizamientos de esta escala, y el propio West reconoce que la red que vigila sismos y volcanes en Alaska no detectó este. Los autores también advierten que ningún sistema sería infalible: las alertas bajan el riesgo, no lo eliminan.
¿Y La Palma? Lo que todavía no se sabe
Si vives en España o en la costa este de Estados Unidos, seguramente oíste hablar de La Palma. En 2001, dos investigadores, Steven Ward y Simon Day, calcularon qué pasaría si el flanco oeste del volcán Cumbre Vieja se desplomara de una vez al Atlántico: un bloque de hasta 500 kilómetros cúbicos y olas de 20 a 25 metros en Florida. La idea volvió con la erupción de 2021 y con una serie de Netflix.
Los modelos posteriores bajaron mucho esos números. Un estudio de 2020 con un escenario de 80 kilómetros cúbicos da olas de medio metro en Guadalupe y de unos dos metros en Lisboa. Uno de 2024 concluye que en América serían menores que las olas que levanta el viento. Y los depósitos del fondo del mar indican que los flancos de las Canarias se han caído por partes, en varias etapas, no de un solo golpe. Y encaja con lo que vimos arriba: una ola de deslizamiento pierde fuerza rápido al abrirse en mar abierto.
En mi opinión, el peligro de La Palma es real pero local, y muy improbable en una vida humana. Lo que sí es honesto decir es que nadie sabe todavía predecir cuándo falla una ladera. Bretwood Higman, un geólogo que lleva años mapeando estos riesgos en Alaska, no tenía Tracy Arm en su lista. Shugar calcula que en unos cinco años entenderemos mucho mejor cómo responde una montaña cuando pierde su glaciar.
Qué puedes hacer tú
Casi nadie va a estar frente a un megatsunami, pero las reglas de los tsunamis comunes salvan vidas, y en la costa del Pacífico mexicano, en el Caribe o en el golfo de Cádiz, que en 1755 recibió el tsunami del terremoto de Lisboa, vale la pena tenerlas claras:
- Si estás en la costa y un sismo no te deja estar de pie, o dura mucho, sube a un lugar alto sin esperar alerta. El sismo es la alerta.
- Si el mar se retira de golpe y deja la playa al descubierto, aléjate. Es el valle de la ola que viene.
- Un tsunami no es una sola ola. Pueden venir varias durante horas, y la primera no siempre es la mayor. No vuelvas hasta que lo digan las autoridades.
- Si visitas un fiordo o un lago glaciar, pregunta por los avisos locales y fíjate en los cierres de zona: hoy varias navieras ya evitan Tracy Arm.
Los que leen la montaña
En 1958, un geólogo del USGS llamado Don Miller recorrió la bahía de Lituya y midió hasta dónde habían desaparecido los árboles. Muchos colegas que no habían visto el lugar dudaron de sus mediciones. Howard Ulrich, que esa noche estaba anclado en la bahía con su hijo de siete años y sobrevivió montado en la ola, contó después que la ola inicial había sido «la parte más pequeña de todo».
Me gusta pensar que, casi setenta años después, el trabajo sigue siendo el mismo, con otras herramientas. Shugar, que también estudió el fiordo Taan, reunió a 18 coautores para reconstruir Tracy Arm. Karasözen y West leyeron los sismogramas hacia atrás hasta encontrar el crujido de la montaña. Y ahora intentan convertir lo que aprendieron en un aviso que llegue antes del próximo crucero.
Si te interesan los hielos que se van, aquí hay más: cómo una laguna glaciar amenaza a Huaraz, en Perú, y por qué tiembla tanto en Latinoamérica. Y para el fuego de abajo, la historia del volcán Puracé.
La próxima vez que veas una foto de un glaciar azul cayendo al mar, mira también la montaña de al lado. ¿Quién está escuchando lo que dice?
¿Te quedó una pregunta?
Pregúntame lo que quieras de ciencia, o propón un tema. Las mejores preguntas se vuelven entradas del blog.
¿Te gustó esta entrada? Apóyame con un café ☕